Nací en la ciudad de México el 21 de agosto de 1961, soy el segundo de cinco hijos (cuatro varones y mi hermana, la menor). Por diversas razones vivimos en diferentes ciudades del país. Por ello, desarrollé la capacidad de adaptarme a climas y situaciones, aunque me afectó en hacer vínculos estables.
En casa somos fanáticos del fútbol (tanto soccer como americano), del atletismo y en general de los deportes.
Desde pequeño crecí en una familia muy involucrada en espacios de Iglesia. Nací en una familia ya orientada a vivir el Vaticano II y fui creciendo desde los 9 años en El Altillo (Capilla de los Misioneros) en un vínculo con los Misioneros del Espíritu Santo. Hasta que entré en la Congregación a los 21 años. Me encontraba estudiando Derecho en la universidad.
¿Desde cuándo conoces a los Misioneros del Espíritu Santo, cuándo y por qué quisiste ser uno de ellos?
Los comencé a conocer a los 9 años, estuve en diversos grupos de la Capilla de Altillo. Desde FEF (familia educadora en la Fe, movimiento que mis padres ayudaron a fundar); CUVIC (centro universitario de vida cristiana), MJC (movimiento de juventudes cristianas), Apostolado de la Cruz juvenil, y participé en equipos de misiones con los misioneros del Guadalupe (en tres años, de la edad de 12 a 15 fui de misiones a zonas de montaña con indígenas, lo cual marcó mi experiencia de Dios).
¿Dónde estabas y qué hacías el año pasado por estas fechas?
Trabajaba en Panamá, era párroco y superior de comunidad. Lo fui durante el tiempo que duró el Proyecto. Acabábamos de tener la Asamblea parroquial.
¿Qué es lo que más te ha sorprendido de la Parroquia de Guadalupe de Madrid y de la ciudad de Madrid?
Me ha llamado la atención de la parroquia su perfil de comunidad acogedora, que busca brindar acogida a todos(as) y ayudar a que tengan una experiencia de Dios y fraterna. También que existe un proceso pastoral que privilegia la experiencia de comunidad, con una liturgia elástica (no acartonada).
Madrid es una ciudad hermosa, viviendo una transición de su dinámica vial, de sus espacios públicos. Digna capital de España.
¿Qué esperas de tu nuevo destino?
Hacerme hermano, vivirme compartiendo, aprendiendo mucho de los españoles y feligreses. De mi comunidad de Misioneros irme integrando y haciendo equipo.
Creo que el estar en este nuevo contexto cultural es una gran oportunidad de crecer y compartir, de recuperar raíces culturales que he tenido dormidas y por otro lado redescubrir a Dios en los españoles y su cultura.
Y ahora una ronda rápida:
¿Estudias o trabajas?
Trabajo…
Si pudieses elegir cualquiera ¿Cuál sería tu profesión ideal?
Estoy donde quiero estar y muy satisfecho. Soy feliz en mi vocación como religioso.
¿Qué pequeño placer de la vida te hace más feliz?
Leer y pasear por el campo, dejarme afectar por la naturaleza. Estar conmigo mismo en serenidad y silencio.
¿Qué persona (famosa o no) te inspira mucho?
Jesucristo…
¿Qué superpoder elegirías tener?
La compasión…
¿Un libro que recomendarías a todo el mundo?
Sinceramente la Biblia, de otro talante Los Miserables de Víctor Hugo.
¿Tienes peli favorita?
La Misión y el Gladiador.
¿Una canción a la que estés bastante enganchado últimamente?
Ninguna en especial…
¿Un álbum de música que te haya marcado?
Quizá los 10 años de éxitos de Celine Dion.
¿El Padre, el Hijo o el Espíritu Santo?
Los tres, cada uno en su peculiaridad.
¿Tu personaje y tu versículo favorito de la Biblia?
Gal 2, 19-21.
¿Qué situación/conflicto/problema del mundo te duele especialmente?
Son dos: La manipulación de la Posverdad y la degradación tan grande de los Derechos Humanos (trata de personas y Ecología principalmente).
¿Dónde te resulta muy fácil encontrarte con Dios?
En tres grupos de personas: el pobre, el joven y el enfermo.
Por tercer año consecutivo, nuestro párroco Fernando nos pidió poner música al lema decidido por el Consejo Pastoral en el mes de junio. El lema era: “Escucha. Ora. Transforma”. Además, Fernando nos indicó varias categorías adicionales que habían inspirado el lema: “pueblo sacerdotal, procesos y santidad y compromiso de solidaridad”.
Con estos datos me puse a trabajar. Lo primero que hice fue enfrentarme al lema sin ideas preconcebidas: Escucha. Ora. Transforma… Tres palabras. La primera idea vino rápidamente: el compás de la canción debía tener estructura ternaria, en este caso 12/8. Después, sentí que el lema nos exhortaba, nos empujaba. La tonalidad mayor era la mejor opción.
Empecé a probar acordes sobre las tres palabras, dos acordes por palabra. Los mismos en las dos primeras, pero al llegar a “Transforma” me pedía cambiar, transformar. Por eso ahí cambié los acordes. En la estrofa también introduje una modulación para reforzar ese aspecto de transformación. Por otro lado, el “tempo” debía ser solemne, ni rápido, ni lento, para que pudiera cantarse a coro y por toda la asamblea. Lo importante era que el estribillo fuera sencillo y que contuviera el lema, pensando que no siempre se cantará con estrofa.
Y finalmente, la letra de la estrofa desarrolla las categorías adicionales indicadas por el Consejo. Aquí puedo decir que fue el Espíritu Santo el que inspiró la letra tras varios días en los que por mí mismo era incapaz de juntar palabras.
Una vez compuesta la canción, grabé los instrumentos y la voz solista en el estudio. Para la grabación de los coros de la canción, convoqué a los componentes de coros de la parroquia que los grabaron en el salón de coro durante una tarde. Tras los retoques finales, la canción estaba lista para presentarla en la Eucaristía de inicio de curso, y para ser publicada en la web de la parroquia, donde ya la habéis podido oír desde hace un tiempo.
En esta ocasión nos desplazamos al frío norte de Europa, de la mano de Inés, David y Román.
Mi casa noruega
Somos Inés, David y nuestro hijo Román de 2 años recién cumplidos. Somos de la comunidad Tabish, y llegamos a Stavanger (Noruega) hace 2 meses y pico.
Recuerdo la cara de David cuando, algún día de finales del pasado mayo, vino hacia mí con unos papeles en los que su empresa daba una pequeña introducción para nuevos expatriados. No se me podrá olvidar ese gesto suyo, con los ojos brillando de impaciencia e ilusión, y la boca apretada, deseando compartir la noticia conmigo. Por fin, después de unos cuantos meses de espera e incertidumbre, estaba confirmado, nos íbamos a vivir fuera.
Concretamente a Stavanger, la cuarta ciudad de Noruega en cuanto a población (con 130.000 habitantes aproximadamente), al suroeste del país.
David llevaba ya tiempo con el come-come de irnos fuera, pero a mí siempre me había producido cierto rechazo… No sé, supongo que el miedo a salir de tu zona de confort. Y tiene gracia, porque ha sido ahora, ya teniendo a Román, cuando me he animado a emprender esta aventura. Digo que tiene gracia porque parece que con niños todo es más complicado, y en parte sí, en términos logísticos sobre todo, pero por otra parte, a raíz de ser mamá, he descubierto en mí una fuerza y una confianza de la que no era consciente.
Recuerdo también que desde que David me planteó seriamente la posibilidad de irnos, e hicimos ese pequeño “proceso de discernimiento”, hubo un momento en el que me dije a mí misma algo así como: “Bueno, igual no tengo que darle tantas vueltas. Después de todo, donde estén David y Román, estará mi casa.” Y así nos animamos a comenzar el proceso.
Como digo fueron varios meses, desde que David empezó a mover el tema en su empresa hasta que nos dieron la confirmación, y en ese tiempo intentaba no pensar mucho donde me estaba metiendo, sino vivir mi día a día lo más presente posible, pero reconozco que en muchos momentos me invadían las dudas sobre la decisión que habíamos tomado…
Finalmente, después un mes de agosto de bastantes gestiones, de vaciar nuestra casa de Madrid, despedir a nuestras familias y amigos, y yo pedir una excedencia en el trabajo, cogimos dos aviones y llegamos aquí, el 1 de septiembre.
Han pasado casi tres meses, y me parece que fue hace muchísimo más… Después del primer mes en el apartamento temporal, encontramos una casa que nos gustó mucho, al lado del puerto y cerca también de la oficina de David, y nos decidimos a alquilarla. Tuvieron que pasar un par de semanas más hasta que llegó nuestra mudanza de España. Esto fue curioso, porque cuando llegaron nuestras cosas tuve una sensación de alegría, pero también de extrañeza, porque en el fondo me di cuenta de que no necesitaba todas esas cosas tanto como pensaba.
Es raro lo de estar fuera. Durante el primer mes aquí miraba muchísimo el whatsapp, llamaba a la gente casi a diario… como para seguir conectada lo más posible a todos aquellos que aprecio y quiero, y después ha llegado un momento como que siento que tengo que tomar contacto con la realidad en la que ahora me encuentro, crear otros vínculos, ir tejiendo nuevas relaciones con la gente que me rodea; en nuestro nuevo barrio, en la nueva escuela de Román, con los otros expatriados que vamos poco a poco conociendo aquí…
Supongo que las relaciones con nuestros amigos de España y nuestras familias se irán “recolocando”, por decirlo de alguna forma… y esto por una parte me da pena, porque siento que ya no estoy allí, viviendo las cosas con la gente de primera mano, pero por otra creo que es una gran suerte, el tener gente allí que nos quiere y nos echa de menos, y a la vez ir creando una nueva red aquí, con gente y experiencias que nos enriquecen.
La vida aquí en Noruega es bastante tranquila y familiar. La gente no sale más tarde de las 4 del trabajo por lo general, por lo que tienen tiempo para dedicarles a sus hijos, a su casa… Esto es casi lo que más nos atrajo para decidirnos a venir, porque en Madrid a menudo teníamos la sensación de estar siempre liados, con planes y gente a la que ver, y que descuidábamos bastante el tiempo para cada uno de los dos, para la pareja, y para estar juntos los tres.
Y creo que también, al decidir venirnos, había un deseo por mi parte de abandonarme un poco a lo que la vida me quisiera traer, y dejar de controlar tanto todo… De dejarme hacer por Dios, e ir descubriendo poco a poco en qué puedo ser feliz aquí, en qué puedo ser útil a otros, cómo puedo colaborar a construir su reino en la tierra…
Siento que somos muy afortunados, y que el estar aquí es una experiencia que nos va a aportar muchas cosas y nos va a hacer crecer como personas y como familia.
También pienso a menudo desde que hemos llegado, desde que me he convertido en extranjera en otro país, en todos nuestros hermanos que emigran, pero por otros motivos bastante diferentes, porque huyen de la guerra, la pobreza o la persecución… Hermanos y hermanas que se ven forzados a abandonar sus hogares, sin saber si algún día volverán a esa tierra que les vio crecer, que se dejan la vida muchas veces en el mar, en un viaje con final incierto para ellos y ellas…
Le doy las gracias a Dios por la inmensa suerte que tengo, por el gran privilegio de no haber vivido en mi país de origen la guerra, y de haber podido decidir libremente el irnos a vivir a otro lugar, sabiendo que hay una familia, unos amigos y una comunidad cristiana que nos recibirán con los brazos abiertos cada vez que vayamos a Madrid.
En 1940 el joven suizo, de origen protestante, Roger Schütz se establece en el pequeño pueblo de Taizé, situado en lo alto de una colina de la Borgoña francesa. Su intención es formar una comunidad de hermanos donde compartir la oración y la vida en común. Al poco tiempo se le unen algunos amigos, hasta cinco, con los que inicia esta «parábola de comunión». La reducida iglesia románica de la aldea acogería sus primeras oraciones.
Aunque no estaba en la idea inicial, desde muy al comienzo, la comunidad tuvo la intuición de que su vocación era la de la acogida. Al principio son aquellos que huyen de la guerra cruzando la línea de demarcación francesa, y después los jóvenes, que de manera natural y espontánea se acercan hasta allí.
Este es el origen de la Comunidad ecuménica de Taizé, hoy en día formada por un centenar de hermanos, católicos y de diferentes orígenes protestantes, procedentes de más de treinta naciones.
En la actualidad acoge, durante todo el año, a miles de jóvenes de todo el mundo que durante una semana suben hasta la colina a orar y compartir sus experiencias, para luego regresar a sus parroquias, comunidades y grupos para ser «fermento de comunión» allí donde les ha tocado vivir.
El papa Juan Pablo II en su visita a Taizé en 1986, pronunció unas palabras muy descriptivas:
«Se pasa por Taizé como se pasa junto a una fuente. El viajero se detiene, bebe y continúa su camino. Los hermanos de la comunidad, ya lo sabéis, no quieren reteneros. Ellos quieren, en la oración y el silencio, permitiros beber el agua viva prometida por Cristo, conocer su alegría, discernir su presencia, responder a su llamada; después volver a partir para testimoniar su amor y servir a vuestros hermanos en vuestras parroquias, vuestras ciudades y vuestros pueblos, vuestras escuelas, vuestras universidades, y en todos vuestros lugares de trabajo«.
En 1978 los hermanos son invitados a animar en París un encuentro durante cinco días en los que orar y compartir junto a los jóvenes de la ciudad. Este es el origen de los Encuentros Europeos, «la peregrinación de confianza a través de la tierra», que durante 40 años se han celebrado, al finalizar el año, en las principales ciudades de Europa: París, Barcelona, Roma, Londres, Colonia, Praga, Wroclaw, Budapest, Viena, Varsovia, Berlín, Lisboa…
El arzobispo de Madrid, Cardenal Carlos Osoro, nada más ser designado, invitó a los hermanos a animar un encuentro en Madrid. Él ya había sido el impulsor del Encuentro de Valencia en 2015, cuando fue obispo de esa diócesis.
Acoger un Encuentro Europeo supone abrir la ciudad, nuestras parroquias, comunidades y familias a los miles de peregrinos que participarán. Los jóvenes que asisten no forman un movimiento, sino que tratan de avanzar juntos a través de los caminos de la confianza: la confianza entre las personas, entre los cristianos de las diferentes tradiciones, la confianza en Dios… y profundizar en aspectos como la oración, la fe y el compromiso social. Para llegar a Madrid tendrán que atravesar fronteras geográficas y también humanas. Vienen a encontrarse con otros, no para recrearse en el pesimismo, sino para vislumbrar juntos signos de esperanza.
El Encuentro se desarrollará entre los días 28 de diciembre y 1 de enero. El programa transcurrirá por las mañanas en los centenares de iglesias de acogida de la ciudad con una oración, a las 8.30 h., seguida de los grupos de reflexión y encuentros con personas comprometidas. Después los participantes se desplazarán a la Catedral y varias iglesias del centro de Madrid para la oración a las 13.00 h. y los talleres sobre compromiso social, fe y vida interior, arte… a las 15.00 h. Y finalizar la jornada en los pabellones de IFEMA con la oración de las 19.30 h.
Para aquellos que hemos vivido algunos Encuentros Europeos y dejado de ser jóvenes esperando el de Madrid, la ilusión y alegría de que por fin se celebre en nuestra ciudad es inmensa. Y que nuestra parroquia de Guadalupe pueda ser una de las que acojan parte del programa aún más.
Ya se ha conseguido que más de 70 participantes sean alojados por familias de nuestra parroquia, aunque por qué no soñar y pensar en que sean 100, 150 ó 200.
¡Acoger en nuestras casas a algunos jóvenes es la manera más bonita de participar en el Encuentro! Un espacio de 2m2 es suficiente para que coloquen su esterilla y saco de dormir. Ofrecer el desayuno cada mañana y compartir con ellos la comida del día 1 de enero es todo lo que se necesita.
En Guadalupe hemos formado un equipo de preparación que se ocupará de organizar toda la logística antes y durante el Encuentro y especialmente el día de la llegada. Si quieres colaborar con él, ponte en contacto con nosotros.
Por supuesto, todo el programa del Encuentro está abierto para los habitantes de Madrid sin necesidad de inscripción y sin límite de edad.
Para saber más sobre Taizé: https://www.taize.fr/es
Y no olvidéis que todos los lunes a las 20:30h y de martes a sábado a las 09:30h y a las 13:30h tenemos oración con los hermanos y voluntarios en el Centro de Preparación, Plaza San Juan de la Cruz 2B.
La Comunidad Desvelados nació en 1989/90 de personas de la Pastoral Juvenil que, junto a sus novios/as, formábamos las cuatro parejas que arrancamos este camino. En ese curso nos fuimos casando y al siguiente se nos unió una quinta pareja. La Comunidad ha estado casi invariable en sus componentes salvo un miembro de una pareja que se separó y la más cercana incorporación (2012) de otro matrimonio. En la actualidad Desvelados lo componemos 10 miembros y 1 “emérito” al que vemos poquito pero con quien nos sentimos muy unidos.
Nuestro nombre completo es “Desvelados del Espíritu Santo”. En su versión corta, “Desvelados” no es un nombre con el caché de la mayoría de las comunidades guadalupanas, pero su versión completa es con la que nos bautizó nuestro querido MSpS Roberto Mejía, que descansa en la Luz de Dios. “Desvelados” nos lo asignó por el hecho de que nuestras reuniones se alargaban hasta altas horas de la noche. La segunda parte es un deseo/reto para que nuestros desvelos profundos estén iluminados por el Espíritu Santo y den frutos evangélicos. A veces hemos planteado la posibilidad de cambiar el nombre; al no haber habido unanimidad, ahí lo hemos dejado.
Nos reunimos cada 3 semanas más o menos. Al no ser muchos, casi siempre la asistencia a las reuniones es completa. Propiciamos que así sea y cuando hay que hacer algún reajuste de calendario todos arrimamos el hombro para cuadrar fecha.
Convencidos de la línea directriz de nuestra Parroquia de Guadalupe, nos centramos, con mayor o menor éxito, en los ejes fundamentales para todas las comunidades de la Pastoral de Adultos: Compartir Fe, Vida y Compromiso.
Para nosotros la Comunidad es fundamental para mantener viva la Fe, lo que no es fácil en una sociedad individualista en la que el ritmo y las relaciones, en general superficiales, no facilitan el desarrollo de una espiritualidad centrada en Jesús. Al final, la experiencia de Dios es algo íntimo y que se da (o no se da) en cada uno de forma personal e intransferible, pero las oraciones comunitarias, reflexiones de temas, compartir (y disentir) puntos de vista… nos son de gran ayuda para que cale esa experiencia. Aunque flojeamos, intentamos que las reuniones siempre empiecen o acaben con una oración bien preparada y ambientada.
Hemos compartido juntos toda una vida, con los anhelos y preocupaciones que ello conlleva. Han sido momentos riquísimos, junto a nuestros hijos, de convivencias en casas rurales, salidas al campo, a comer en Hollywood… Cuando nos revisamos como comunidad vemos que nos queda mucho por andar, pues no se trata sólo de compartir ocio juntos, sino de suscitar y facilitar la apertura de cada uno a los demás, abriendo el corazón sobre preocupaciones, anhelos, ilusiones…; se trata de sentirse acogido/a, nunca juzgado/a. Pero sin duda, la comunidad nos da la oportunidad de generar lazos profundos y fraternales en torno a Jesús, que es quien nos convoca; lazos que no se desarrollan de igual modo en otros grupos humanos donde quizás se favorece menos la profundidad en la relación.
El tercer eje fundamental es el de compartir el compromiso. Nuestros comienzos como comunidad fueron flojitos. Casi todos empezamos a tener hijos pronto y la vida no nos daba para más; algunos los tuvieron un poco más tarde y en esos años de “libertad” estuvieron muy activos en diversos frentes sociales, con algo de frustración por no verse más acompañados. Pero cuando los hijos se fueron haciendo más grandes, empezamos a sentir la necesidad de devolver parte de lo que recibíamos y la palabra corresponsabilidad fue calando en nosotros. Desde ahí a la actualidad, hemos colaborado y/o estamos participando, unos u otros, en diversas áreas y servicios: Acogida, Liturgia, Bautismal, Infantil, Formación Básica, Dignidad y Solidaridad, Consejo Pastoral, ECO… Nuestra implicación en todos estos servicios nos ha permitido una apertura a nuestros hermanos de parroquia cada vez mayor, que revierte a su vez de manera positiva en nosotros.
En el curso 2015/16 nos empezamos a plantear seriamente el tema de las migraciones. Impactados por lo que veíamos en los medios, nos preguntamos qué podíamos hacer al respecto como Comunidad. Desde entonces hasta ahora podemos resumir que en Noviembre 2016 se nos dio a conocer el proyecto Hospitalidad, nacido de la Compañía de Jesús en Madrid ante la crisis de refugiados. Ya había en marcha un proyecto concreto de acogida por gente de un pueblo de la sierra de Madrid. Decidimos elaborar el nuestro propio, siguiendo el mismo esquema, y en Enero de 2017 lo presentamos a Pueblos Unidos, la coordinadora de los jesuitas para este asunto. Un pilar fundamental fue el de poder contar con soporte económico y de dedicación de otras personas de Guadalupe y de fuera de la parroquia, más allá del ámbito de Desvelados. Otro apoyo fundamental fue recibir la cesión de uso de una vivienda vacía por parte de una congregación religiosa (Mercedarias de Berritz).
Con esto, llegamos a Abril de 2017; tras diversas reuniones con Pueblos Unidos en las que se acuerda la viabilidad del proyecto y su concreción en la familia propuesta, ésta recibe su acogida en la vivienda y su entrada en el Proyecto. Se trata de una familia de origen palestino, procedente de Jordania, que llevaba ya casi dos años en España y se le agotaba la posibilidad de recibir más ayudas; compuesta por una madre separada y cinco hijos de edades comprendidas actualmente entre 11 y 22 años.
El proyecto se gestiona a través de la Asociación Acoge, Ayuda e Integra (A2I) creada en Enero de 2017 y, en lo relativo a la parte económica, se nutre de las aportaciones de sus socios y colaboradores, no sólo de Desvelados sino también de otras personas. La Asociación cubre los gastos de la vivienda: comunidad, agua, luz y gas y asigna una aportación mensual a la cabeza de familia para su manutención. Si la parte económica tiene su importancia, mucho más la tiene el acompañamiento humano. Éste, junto al apoyo técnico de Pueblos Unidos, ha permitido lograr en este año y medio, el empadronamiento, tarjetas sanitarias, escolarización de los tres menores de edad y la apertura de vías laborales con buena perspectiva futura para los dos mayores. Una dedicación importante de varios de nosotros es el refuerzo escolar mediante ayuda semanal en su casa. Todos los miembros de la familia gozan de estatuto de Refugiados desde hace unos meses. Esto nos hace ver con esperanza el futuro para esta familia. Es un granito de arena en la inmensidad, pero por algo se empieza.
Sentimos que la Comunidad no es un lugar en el que se satisfacen todas las necesidades individuales de cada uno de sus miembros. Por eso, cada cual también desarrolla sus inquietudes con charlas (Jesús Histórico, por ejemplo), cursos (meditación, yoga…), etc. Pero sí es un espacio común de fraternidad y esperanza por vivir nuestra fe y transformar un poquito nuestra realidad.
Comunidad Desvelados
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