Guadalupanas por el mundo. Soco en Walla Walla

Esta vez volamos a la costa oeste de los Estados Unidos para encontrar a Soco Ibañez de la comunidad Djembé de la PJV.

¡Hola a todxs, guadalupanxs!

Soy Soco, de la comu Djembé, y os escribo desde una pequeña ciudad de Estados Unidos que se llama Walla Walla (el nombre significa ‘muchas aguas’) en el Washington de la costa oeste, a unas cuatro horas de Seattle. Estoy trabajando como profe auxiliar de español en Whitman College, una institución de lo que aquí se conoce como Artes Liberales. Puse un pie por primera vez en este lugar a finales de agosto del año pasado y la idea es regresar a Madrid, una vez terminado el curso académico. Desde que llegué he podido comprobar que, en esta área del país, la gente es sorprendentemente amable y, aunque no te conozca, te saluda y sonríe por la calle y se desvive por echarte una mano si te ve en un apuro, así que el sentimiento de cercanía y comunidad es bastante fuerte. La verdad es que a mí me parece una suerte, porque antes de venir no sabía cómo sería este lugar, y tenía experiencia previa en pueblos-ciudades de la América profunda que no habían sido tan agradables. Pero todo resultó ser como reza la coletilla que le añaden al nombre de la ciudad, que dice algo así como “una ciudad tan agradable que le pusieron el mismo nombre dos veces”.

La experiencia en conjunto está siendo muy rica para mí en muchísimos sentidos, pues uno de mis intereses es el estudio de la interculturalidad y este campus tiene estudiantes que provienen de lugares muy variopintos, tanto de distintas zonas de Estados Unidos como de fuera. De hecho, estoy apuntando en un diario todas las cosas interesantes, conversaciones mantenidas con otras personas sobre el tema y detalles que me parecen relevantes al respecto. No sé si en algún momento esas notas me servirán de algo, pero de momento tienen cierto interés para mí, al menos. También está siendo cuanto menos curioso comparar las ideas que tenemos cuando vemos la realidad de este país desde fuera, con las que surgen sobre el terreno, teniendo en cuenta la extensión, variedad y cantidad de cosas que permanecen veladas de cara al exterior. La suerte que tengo es que, al estar en un contexto académico universitario, he tenido miles de conversaciones sesudas sobre el tema (de esas que te dejan el cerebro del revés de tanto exprimirlo) y, excepto algunas salvedades, suelo encontrarme con mentes abiertas (ya sean de mis estudiantes, los profesores del departamento o mis compañeras auxiliares de otros países europeos), y salimos todos enriquecidos de ese tipo de intercambios.

El primer semestre se me pasó volando entre llegar, adaptarme, dar clases, montar eventos con la Casa Hispana y hacer excursiones. ¡Vaya locura! Cuando me avisó mi jefe a finales de agosto del nivel de actividad que había en este campus pensaba que estaba exagerando, pero poco después pude comprobar la realidad de sus palabras. Sin embargo, a pesar de que todo el mundo tiene unos horarios muy apretados, la vida es tranquila y apacible, y la gente saca tiempo para hacer lo que le gusta y tener un poco de paz. Siempre pensé que un campus universitario en medio de la nada (y cuando digo en medio de la nada es literal, porque aquí te mueves tres millas y todo lo que hay son campos de trigo, viñedos y otros cultivos de grano), sería aburrido a más no poder. Sin embargo, no caí en que con la cantidad de dinero que pagan los estudiantes por estar aquí y la competencia brutal que existe entre universidades, los colleges organizan una cantidad ingente de eventos para mantener a los estudiantes contentos, entretenidos y felices porque su dinero se ha invertido de manera satisfactoria -no olvidemos que, aunque en el campus se preocupen mucho por no quedarse en su propia burbuja, por colaborar con la comunidad menos favorecida de Walla Walla y por cuidar el componente humano de estudiantes, profesores y personal, la rentabilidad que le sacan al capital invertido manda, porque en algo se tiene que demostrar que están amortizando el gasto-.

En cualquier caso, yo he aprovechado para asistir a la mayor cantidad posible de charlas, eventos culturales y otros actos divulgativos y académicos que han tenido lugar hasta el momento (aunque he bajado un poco el pistón desde que empezó el segundo semestre), y la verdad es que he aprendido y sigo aprendiendo mucho sobre diferentes campos, escuchando nuevas voces y aprovechando la oportunidad de cuestionarme mil cosas sobre mí misma y mi estilo de vida. Preparar nuestros propios eventos con la Casa Hispana también ha sido interesante en ese sentido, para evitar caer en la estereotipación fácil del mundo hispano e intentar conseguir un entendimiento cultural más profundo y fundamentado que inspire curiosidad y deseo de aprender más.

En los días de fiesta y puentes, he aprovechado para viajar y conocer más lugares, como el Cañón del Infierno, el lago Wallowa, Las Vegas, el Gran Cañón y el Cañón del Antílope, y he de decir que la naturaleza en este país gana por goleada a cualquier construcción artificial solo por la inmensidad que abarca (las distancias son enormes y los paisajes parecen prolongarse hasta el infinito). Pensaba haber viajado más; de hecho, en las dos últimas semanas de marzo, durante las vacaciones de Spring Break, iba a haber llegado a pisar Hawaii, mi sueño desde que era una niña, pero ya no va a poder ser desde que los casos por coronavirus empezaron a aumentar con rapidez. La situación ha llevado al profesorado a mover la docencia a plataformas online, así que durante estas semanas estaré preparando sesiones de conversación en español para mis estudiantes, que se conectarán desde sus casas una vez terminen las vacaciones (casi no hay estudiantes en el campus a día de hoy porque se les ha animado a volver a sus lugares de origen y quedarse allí hasta que la situación remita). Ver esta crisis mundial desde aquí está siendo duro, sobre todo por lo que me llega desde casa y porque se me parten el corazón y el cerebro intentando estar al tanto de ambos lugares (sobre todo con la diferencia horaria), pero confío en que la mejor parte del ser humano está saliendo a la superficie y que vamos a mejorar en nuestra capacidad de estar alerta a las necesidades de nuestros hermanos y hermanas para acompañarles en la distancia lo mejor que podemos y sabemos.

Os mando un abrazo muy fuerte,

Soco Ibañez.

Carta a Madrid

Guadalupanos por el mundo

Alguien muy querido y que ahora colabora con la Nunciatura Apostólica y Embajada de la Santa Sede en México.

Carta a MadridGonzalo aplaudiendo en una celebración eucarística.

El tiempo es la medida del movimiento.

Nuestra vida es movimiento y por eso se realiza en el tiempo.

Un año, trescientos sesenta y cinco días, tantos amaneceres y atardeceres. 12 lunas llenas y miles de estrellas que aparecen y desaparecen en el firmamento.

Personas y acontecimientos.

Presencias y reminiscencias.

Recuerdos y encuentros.

Memoria y cotidianidad.

Me ofrecen un momento para repasar calendarios. Pasan ante mí rostros, con nombre, y eventos. Veranos e inviernos. Madrid y México. Hermanos, amigos y familia.

Ayer:

Génesis, CPM, Misa de niños, de 11 y de 1pm. Betania, Acogida, Búsqueda, Santa María, Árbol…. Alianza de Amor, VISACEN, Consejo de Pastoral, de Representantes. Pastoral de Adultos, Formación básica, Momentos fuertes…

Fiestas: Guadalupe, Navidad, Pascua, Pentecostés… Verano… Equipos de liturgia (niños, 11, 1pm)… Coros con todo y Mariachi y Mary Chrismas….

Sacristía, Celia y Pepe…

El hall: Patruscka…

El ascensor (aquí elevador)…

Bares y cañas…. ….

Escenas, personas, encuentros y desencuentros….

Aceptaciones y rechazos….

Radiografías y cenas…

Misioneros y seglares…. Arciprestazgo…

Mi cuarto, la capilla, la sala de tv, el comedor, la cocina (Solalinde, Lorenciana, Gaudencia), la sala de juntas: Alfonso, Fernando, Giancarlo, Vicente, Oziel, Manolo… Las Ventas y la Maestranza…

Aquí y ahora:

Gonzalo saludando en un jardín.

La Santa Cruz, la Pastoral infantil, Misa de niños con la dinámica de Rafa Vera, la Misa de 11, no con la Misa Rociera, sino con el coro de hace 20 años, cuando fui Párroco. Atascos de hora y media….

Encuentro con aquellos que bauticé, les di la primera comunión, los casé, y volví a bautizar y a darles la primera comunión y a casar, pero ahora hijos.
Mi familia, mis hermanas y cuñadas, los hermanos ya partieron, mis 17 sobrinos y ya no sé cuántos sobrinos nietos, reunidos hace un año en las Playas de Puerto Escondido, en el Pacífico para celebrar la familia.

Comidas y cenas con los que hace 51 años conocí, y con los que en 51 años he conocido. Cada día un abrazo y un beso.
Tener que levantarme a las 5 de la mañana para ir a clase de italiano, y después colaborar en la Nunciatura Apostólica y Embajada de la Santa Sede en México, para conectar a la Iglesia de México con el papa Francisco y sus colaboradores.
Recordar, vivir, amar y ser amado, recibir cariño a puños.

Ayer levantaba una caña para brindar por la vida; hoy levanto un Tequila para decir a todos:

¡Gracias y Felicidades! Madrid es México y México es Madrid… y mi corazón son todos.

Un beso doble como allá.

Gonzalo Mispi

 

Gonzalo celebrando.

25 años

Guadalupanos por el mundo

Volvemos a Panamá para esta importante cita. Los 25 años como misionero de nuestro querido Alfonso.

25 años

Hace no mucho, compartí en la parroquia de Guadalupe de Madrid, una entrañable racha de celebraciones de bodas de plata. Qué será vivir eso, me preguntaba, e, intuitivamente, la idea que lanzaba es que, después de 25 años, la aventura casi no ha hecho más que empezar. Sí: más canas, más tripa y, seguramente, más problemas y decepciones, pero felices, acompañados y queridos. Agradecimiento por lo vivido y porque la vida compartida fue sacando lo mejor de cada cual. Con una sabiduría de vida que sabe afrontar vientos y mareas y distinguir lo realmente importante. Sabiendo que los fracasos y fallos fueron suplidos o superados desde el amor y la fe. Con una mirada esperanzada en el futuro.

Todo llega, y ahora me toca a mí celebrar 25 años de profesión religiosa. Lo hago así, discretamente, simplemente compartiendo contigo estas líneas con algunas de las cosas que se han removido por dentro…

Quizá haya alguien que se acordará: en la parroquia Santa Teresa de Jesús, en Tres Cantos, un 12 de septiembre de 1992, día en que en algunos lugares se celebra la fiesta del Dulce Nombre de María.

En España, 1992 fue el año de la Exposición Universal de Sevilla, del AVE, del tratado de Maastricht, del hundimiento del petrolero Mar Egeo, de los 500 años de la llegada de Colón a América y de los JJOO de Barcelona. Seguían los atentados de ETA, comenzaba a cuajar el movimiento 0,7 y también la crisis económica que duró esa vez, dicen, hasta 1996. El consumo de heroína mataba y provocaba estragos en las familias. Ya entonces hablábamos de los 8 millones de pobres en España.

En la Congregación de los Misioneros del Espíritu Santo vivíamos la reciente creación de las Provincias, con grandes aspiraciones… También las comunidades de España soñábamos fundar otra comunidad más…

En medio de estos acontecimientos, vivimos con sencillez la profesión religiosa. Éramos dos novicios Misioneros del Espíritu Santo celebrando la llamada de Jesús y nuestra respuesta. Al mes, fue la pascua de Roberto Mejía, tan querido.

En esa época no teníamos ordenadores, ni móviles, ni cámaras digitales… Las fotos, después de tanto tiempo, a saber dónde habrán quedado… así que no tengo a mano material para ilustrar aquel evento.

A los pocos días, tuve unos días de vacaciones y pude ir de excursión, mochila al hombro, con gente muy querida a la sierra de Gredos. Al cabo de los años, vuelvo la mirada atrás y descubro que lo que aconteció fue programático: tuve que dejar al grupo para hacer una travesía de un día, para coger el bus y llegar a tiempo a la comunidad. Desde el Circo de Gredos hasta la plataforma de Guisando, para, finalmente, llegar andando a Arenas de San Pedro. Llegué. Con una fuerte insolación. Hecho un guiñapo. Superando la adversidad y la debilidad del momento. Eso sí, sabiendo a dónde llegar. No me perdí, no.

De manera que así comencé estos 25 años que han supuesto dejar, partir, continuar con esfuerzo, a veces sintiéndome un guiñapo, con rumbo, a veces incierto, sí, y aprender a dar la vida. Confiando llegar al destino. Siguiendo las huellas del que “pasó por el mundo haciendo el bien” (Hch 10, 38), el “que me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 20) y me invita siempre a “salir a las encrucijadas de los caminos invitando a la fiesta del Reino” (cf. Mt 22,9) en una dinámica, no a mi manera, sino a la de Él (Is 55, 8-9). Honestamente, creo que así es como he madurado y sacado lo mejor de mí. También, al repasar este tiempo, uno cae en la cuenta de lo que ha desperdiciado de tiempo, de cómo me he dejado vencer con dinámicas egoístas, lamentado todo el bien que debí hacer y no supe o no quise…

En las encrucijadas de los caminos me he encontrado con gente estupenda: en Tres Cantos, en Zaragoza, en Madrid, en Comalcalco y, ahora, en Panamá. Hermanos de comunidad, amistades, acompañantes, pastorales, trabajando juntos, compromisos, gente haciendo mucho más bien que yo… Estoy muy agradecido. Me han hecho crecer, me han escuchado, me han animado, me han confrontado. Me han hecho ver lo bueno que es Dios. Gracias de corazón.

Durante estos años, mi familia también ha vivido intensamente: ha crecido, ha sufrido, mira con ilusión hacia adelante. Mi madre, mi padre (+), mis hermanas y sus esposos e hijos son también un regalo. Ahora quedan a distancia….

Durante estos 25 años no ha habido ningún español más que haya respondido a la llamada a ser Misionero del Espíritu Santo… y solo queda una comunidad en Madrid. Como Congregación, nos prestamos a vivir con sentido la minoridad y el envejecimiento, en búsqueda de replantear las estructuras y con poca perspectiva de crecimiento y de vocaciones… Ni acá, ni allá, ni acullá.

Buscando, decimos, “resignificarnos”, vivir con esperanza, desde Dios, optando decididamente por el cuidado de las personas y de la Creación… Es posible que en esta travesía también sufra insolaciones y quede derretido, pero confío en que juntos llegaremos a donde nuestro buen Dios quiera llevarnos.

Tras 25 años, me encuentro uniéndome a un modesto proyecto parroquial, habiendo dejado gente querida, atravesando mares, con una mochila cargada de experiencia, madurez y sabiduría, para conocer, escuchar y proponer con humildad…

Ahora, en 2017, hablamos en Panamá de la corrupción, de los “papeles”, de las inundaciones, de la tremenda desigualdad en la que vivimos, de la devastación ecológica, pero también de su hermosura y de la buena gente que la habita. Hablamos de la JMJ 2019, de los atascos infernales de cada día, del pésimo sistema de salud, de las pensiones que no dan para vivir, de la discriminación, pero también de las fiestas, los desfiles y de la novedad que aporta el Evangelio como fuerza para vivir.

El regalo que recibo hoy y que te comparto es este poema de M. Benedetti, que expresa muy bien mi gran “tentación” y mi gran “invitación”, acompañado por la música de J. S. Bach: “Jesús, mi alegría” BWV 227 https://www.youtube.com/watch?v=a4SKrGYMp7A (el reggae panameño y el vallenato no me acaban de cautivar):

“No te salves”

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo
pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.

 

Mi casa noruega

Guadalupanos por el mundo

En esta ocasión nos desplazamos al frío norte de Europa, de la mano de Inés, David y Román.

Mi casa noruega

Somos Inés, David y nuestro hijo Román de 2 años recién cumplidos. Somos de la comunidad Tabish, y llegamos a Stavanger (Noruega) hace 2 meses  y pico.

Recuerdo la cara de David cuando, algún día de finales del pasado mayo, vino hacia mí con unos papeles en los que su empresa daba una pequeña introducción para nuevos expatriados. No se me podrá olvidar ese gesto suyo, con los ojos brillando de impaciencia e ilusión, y la boca apretada, deseando compartir la noticia conmigo. Por fin, después de unos cuantos meses de espera e incertidumbre, estaba confirmado, nos íbamos a vivir fuera.

Concretamente a Stavanger, la cuarta ciudad de Noruega en cuanto a población (con 130.000 habitantes aproximadamente), al suroeste del país.

David llevaba ya tiempo con el come-come de irnos fuera, pero a mí siempre me había producido cierto rechazo… No sé, supongo que el miedo a salir de tu zona de confort. Y tiene gracia, porque ha sido ahora, ya teniendo a Román, cuando me he animado a emprender esta aventura. Digo que tiene gracia porque parece que con niños todo es más complicado, y en parte sí, en términos logísticos sobre todo, pero por otra parte, a raíz de ser mamá, he descubierto en mí una fuerza y una confianza de la que no era consciente.

Recuerdo también que desde que David me planteó seriamente la posibilidad de irnos, e hicimos ese pequeño “proceso de discernimiento”, hubo un momento en el que me dije a mí misma algo así como: “Bueno, igual no tengo que darle tantas vueltas. Después de todo, donde estén David y Román, estará mi casa.” Y así nos animamos a comenzar el proceso.

Como digo fueron varios meses, desde que David empezó a mover el tema en su empresa hasta que nos dieron la confirmación, y en ese tiempo intentaba no pensar mucho donde me estaba metiendo, sino vivir mi día a día lo más presente posible, pero reconozco que en muchos momentos me invadían las dudas sobre la decisión que habíamos tomado…

Finalmente, después un mes de agosto de bastantes gestiones, de vaciar nuestra casa de Madrid, despedir a nuestras familias y amigos, y yo pedir una excedencia en el trabajo, cogimos dos aviones y llegamos aquí, el 1 de septiembre.

Han pasado casi tres meses, y me parece que fue hace muchísimo más…  Después del primer mes en el apartamento temporal, encontramos una casa que nos gustó mucho, al lado del puerto y cerca también de la oficina de David, y nos decidimos a alquilarla. Tuvieron que pasar un par de semanas más hasta que llegó nuestra mudanza de España. Esto fue curioso, porque cuando llegaron nuestras cosas tuve una sensación de alegría, pero también de extrañeza, porque en el fondo me di cuenta de que no necesitaba todas esas cosas tanto como pensaba.

Es raro lo de estar fuera. Durante el primer mes aquí miraba muchísimo el whatsapp, llamaba a la gente casi a diario… como para seguir conectada lo más posible a todos aquellos que aprecio y quiero, y después ha llegado un momento como que siento que tengo que tomar contacto con la realidad en la que ahora me encuentro, crear otros vínculos, ir tejiendo nuevas relaciones con la gente que me rodea; en nuestro nuevo barrio, en la nueva escuela de Román, con los otros expatriados que vamos poco a poco conociendo aquí…

Supongo que las relaciones con nuestros amigos de España y nuestras familias se irán “recolocando”, por decirlo de alguna forma… y esto por una parte me da pena, porque siento que ya no estoy allí, viviendo las cosas con la gente de primera mano, pero por otra creo que es una gran suerte, el tener gente allí que nos quiere y nos echa de menos, y a la vez ir creando una nueva red aquí, con gente y experiencias que nos enriquecen.

La vida aquí en Noruega es bastante tranquila y familiar. La gente no sale más tarde de las 4 del trabajo por lo general, por lo que tienen tiempo para dedicarles a sus hijos, a su casa… Esto es casi lo que más nos atrajo para decidirnos a venir, porque en Madrid a menudo teníamos la sensación de estar siempre liados, con planes y gente a la que ver, y que descuidábamos bastante el tiempo para cada uno de los dos, para la pareja, y para estar juntos los tres.

Y creo que también, al decidir venirnos, había un deseo por mi parte de abandonarme un poco a lo que la vida me quisiera traer, y dejar de controlar tanto todo… De dejarme hacer por Dios, e ir descubriendo poco a poco en qué puedo ser feliz aquí, en qué puedo ser útil a otros, cómo puedo colaborar a construir su reino en la tierra…

Siento que somos muy afortunados, y que el estar aquí es una experiencia que nos va a aportar muchas cosas y nos va a hacer crecer como personas y como familia.

También pienso a menudo desde que hemos llegado, desde que me he convertido en extranjera en otro país,  en todos nuestros hermanos que emigran, pero por otros motivos bastante diferentes, porque huyen de la guerra, la pobreza o la persecución… Hermanos y hermanas que se ven forzados a abandonar sus hogares, sin saber si algún día volverán a esa tierra que les vio crecer, que se dejan la vida muchas veces en el mar, en un viaje con final incierto para ellos y ellas…

Le doy las gracias a Dios por la inmensa suerte que tengo, por el gran privilegio de no haber vivido en mi país de origen la guerra, y de haber podido decidir libremente el irnos a vivir a otro lugar, sabiendo que hay una familia, unos amigos y una comunidad cristiana que nos recibirán con los brazos abiertos cada vez que vayamos a Madrid.

Testimonio desde Kenia

Guadalupanos por el mundo

En esta parada encontramos a Asanta y Teresa en Kenia colaborando con la ONG Kubuka (Más por ellos).

Testimonio desde Kenia

La idea de hacer un “corte” surgió hace algo más de un año. Mi vida en Madrid se encontraba por aquel entonces en un punto de clara inflexión… decidí entonces rescatar otros sueños que había tenido en años anteriores, deseos, opciones que no había tomado en su momento y que ahora parecía el momento idóneo para escucharlas. Una en concreto tomó más fuerza. Decidí entonces proponérselo a mi pareja para hacerlo juntos, lo hablamos entre nosotros, con familiares y algunos/as amigos/as, y empezamos a darle forma a la idea.

Estuvimos hablando con todas las personas que conocíamos en este ámbito. Algunas pudieron orientarnos, otras no… todas nos escucharon. Y poco a poco fuimos acotando, definiendo más lo que queríamos, en aquello que podíamos realmente aportar, conociendo y escuchando las necesidades del otro y ajustando entre ambos expectativas y realidades.

Finalmente, nos decantamos por la ONG KUBUKA. Es una entidad joven que impulsa proyectos de emprendimiento social, educación y desarrollo comunitario en los países de Zambia y Kenia, y a éste último nos dirigimos nosotros.

África se abrió paso así en nuestro horizonte, esta sería para mí la primera sorpresa del viaje. Es difícil no sobrecogerse ante África, la perspectiva de adentrarme en una realidad tan distinta a lo conocido hasta el momento, tan grande y diversa y a la vez consciente de tantas situaciones de dolor y sufrimiento, me generaba cierta congoja.

Hoy puedo decir que esta y otras cuantas barreras se han ido destruyendo poco a poco en este tiempo… Solemos decir que “Dios sorprende” y que, a veces, basta con dejarle un poco de espacio para ello. Yo entonces quería dejarle campar a sus anchas pero ya sabemos que el espacio es exterior e interior, así que hice lo que pude y Él se aprovechó de todo ello.

Hemos estado expuestos a situaciones de extrema pobreza, de desamparo, de abandono infantil y de mucha vulnerabilidad social. Nuestros ojos se fueron acostumbrando a una realidad que conmueve sin remedio, que enamora con el contacto y que entristece en muchos otros momentos… Nos hemos sumergido casi a diario en Kibera, un slum de África donde viven más de un millón de personas en situación de gran precariedad laboral, de vivienda, educativa, de salud y económica. Son necesidades de hoy en día que, al verse afectadas todas y al mismo tiempo, genera una gran desprotección entre la comunidad. Una comunidad que me gustaría que conocierais a través de estas líneas.

Puesto que la introducción está hecha y la puesta en contexto también, lo que realmente merece la pena contar es la esencia de lo que hemos vivido, y una de las esencias más importantes que rescato es el ser y sentirse comunidad en Kibera. Al estar el territorio estructurado en chabolas, con calles sin asfaltar, peatonales y estrechas, las personas que viven a tu lado, enfrente, al otro lado, detrás, se convierten en verdaderos vecinos, personas con las que compartir tu día a día, con los que hay un contacto diario, con los que intercambiar confidencias, pasar el rato y apoyarse en las dificultades.

El equipo del colegio de la ONG en Kibera, por ejemplo, no son sólo compañeros/as de trabajo, son amigos/as y además vecinos/as. Lo que hace que, habiéndose desarraigado de su lugar de origen (mayoritariamente rural) encuentren allí una nueva familia, una nueva Comunidad en la que apoyarse, con la que caminar, con la que soñar y construir un barrio más digno, con mejores condiciones de vida. Vivir allí tiene para ellos un nuevo sentido porque no están solos, caminan con otros.

Esto sucede allí en multitud de ocasiones: cuando alguien muere, recaudan dinero para poder trasladar el cuerpo a la zona a la cual pertenece la persona, y cuando alguien necesita de una operación, reúne a los vecinos para ver si entre todos pueden hacer frente a la costosa situación. No tienen mucho pero con la generosidad de todos/as, se hace posible enfrentar grandes desafíos.

Es curioso cómo los lugares en los que nacemos van conformando de alguna manera el tipo de relaciones que forjamos con nuestro entorno más cercano. En muchos lugares de África, no sólo en Kenia, es tradición (especialmente en las zonas rurales) construir las casas de forma circular para poder compartir el espacio común. Este modelo de convivencia es el que inspiró la construcción del centro de acogida en la zona rural donde he podido realizar un trabajo mano a mano con el equipo de profesionales kenianos que, con mucha novedad y cariño, tienen que hacer frente a un proyecto maravilloso que no está exento de algunos retos.

La zona rural me ha permitido retirarme de la bulliciosa Nairobi, estar en contacto con la naturaleza, jugar con los niños, trabajar con los mayores y aprender de las maravillas que hace la imaginación cuando no cuentas con materiales u otros instrumentos al alcance. He visto convertidos en cabeza de muñecos los huesos del fibroso mango que comían diariamente cuando éstos saltaban en caída libre hasta el suelo. He visto transformar los bricks de distintos tamaños en coches, autobuses y hasta un “señor tractor”, jugar a las cocinitas con el barro del suelo, explorar el territorio, y hemos cantado y bailado los hits del momento.

En el baile y en el canto los kenianos son expertos. Cada vez que reciben a alguien nuevo o celebran algún acontecimiento, los/as niños/as y jóvenes te reciben cantando y bailando canciones tradicionales en “kiswajili” que te hacen empezar el encuentro con una gran energía.

Cuando pienso en ellos y me voy deteniendo en cada una de las personas con las que conviví, me aparece su sonrisa. Una sonrisa de acogida, de amistad, de agradecimiento, que es mutuo, porque se nos ha permitido compartir nuestro tiempo, conocernos en nuestras diferencias, aceptarnos con cariño,  respetarnos y disfrutar juntos del trabajo, los juegos, la música y la amistad.

Kenia seguirá ahí, con su naturaleza formidable, su costa maravillosa, sus parques naturales y animales fascinantes, con sus habitantes que construyen el país con sus contrastes, con sus grandes contradicciones, con sus luchas sociales, su diversidad y con una fuerte creencia en su país.

Es una comunidad de fe, que vive con una gran esperanza en cada persona, en cada proyecto y en la vida. Así que estoy inmensamente agradecida porque me hayan abierto la puerta de su casa durante estos meses y haber podido abrazarlo tan de cerca.

Gracias al Equipo de Comunicación por la invitación a escribir estas palabras y a mis hermanos/as de Guadalupe por poder compartir con vosotros/as esta rica experiencia.

Asante Sana, Teresa Olleros