Testimonio desde Kenia

Guadalupanos por el mundo

En esta parada encontramos a Asanta y Teresa en Kenia colaborando con la ONG Kubuka (Más por ellos).

Testimonio desde Kenia

La idea de hacer un “corte” surgió hace algo más de un año. Mi vida en Madrid se encontraba por aquel entonces en un punto de clara inflexión… decidí entonces rescatar otros sueños que había tenido en años anteriores, deseos, opciones que no había tomado en su momento y que ahora parecía el momento idóneo para escucharlas. Una en concreto tomó más fuerza. Decidí entonces proponérselo a mi pareja para hacerlo juntos, lo hablamos entre nosotros, con familiares y algunos/as amigos/as, y empezamos a darle forma a la idea.

Estuvimos hablando con todas las personas que conocíamos en este ámbito. Algunas pudieron orientarnos, otras no… todas nos escucharon. Y poco a poco fuimos acotando, definiendo más lo que queríamos, en aquello que podíamos realmente aportar, conociendo y escuchando las necesidades del otro y ajustando entre ambos expectativas y realidades.

Finalmente, nos decantamos por la ONG KUBUKA. Es una entidad joven que impulsa proyectos de emprendimiento social, educación y desarrollo comunitario en los países de Zambia y Kenia, y a éste último nos dirigimos nosotros.

África se abrió paso así en nuestro horizonte, esta sería para mí la primera sorpresa del viaje. Es difícil no sobrecogerse ante África, la perspectiva de adentrarme en una realidad tan distinta a lo conocido hasta el momento, tan grande y diversa y a la vez consciente de tantas situaciones de dolor y sufrimiento, me generaba cierta congoja.

Hoy puedo decir que esta y otras cuantas barreras se han ido destruyendo poco a poco en este tiempo… Solemos decir que “Dios sorprende” y que, a veces, basta con dejarle un poco de espacio para ello. Yo entonces quería dejarle campar a sus anchas pero ya sabemos que el espacio es exterior e interior, así que hice lo que pude y Él se aprovechó de todo ello.

Hemos estado expuestos a situaciones de extrema pobreza, de desamparo, de abandono infantil y de mucha vulnerabilidad social. Nuestros ojos se fueron acostumbrando a una realidad que conmueve sin remedio, que enamora con el contacto y que entristece en muchos otros momentos… Nos hemos sumergido casi a diario en Kibera, un slum de África donde viven más de un millón de personas en situación de gran precariedad laboral, de vivienda, educativa, de salud y económica. Son necesidades de hoy en día que, al verse afectadas todas y al mismo tiempo, genera una gran desprotección entre la comunidad. Una comunidad que me gustaría que conocierais a través de estas líneas.

Puesto que la introducción está hecha y la puesta en contexto también, lo que realmente merece la pena contar es la esencia de lo que hemos vivido, y una de las esencias más importantes que rescato es el ser y sentirse comunidad en Kibera. Al estar el territorio estructurado en chabolas, con calles sin asfaltar, peatonales y estrechas, las personas que viven a tu lado, enfrente, al otro lado, detrás, se convierten en verdaderos vecinos, personas con las que compartir tu día a día, con los que hay un contacto diario, con los que intercambiar confidencias, pasar el rato y apoyarse en las dificultades.

El equipo del colegio de la ONG en Kibera, por ejemplo, no son sólo compañeros/as de trabajo, son amigos/as y además vecinos/as. Lo que hace que, habiéndose desarraigado de su lugar de origen (mayoritariamente rural) encuentren allí una nueva familia, una nueva Comunidad en la que apoyarse, con la que caminar, con la que soñar y construir un barrio más digno, con mejores condiciones de vida. Vivir allí tiene para ellos un nuevo sentido porque no están solos, caminan con otros.

Esto sucede allí en multitud de ocasiones: cuando alguien muere, recaudan dinero para poder trasladar el cuerpo a la zona a la cual pertenece la persona, y cuando alguien necesita de una operación, reúne a los vecinos para ver si entre todos pueden hacer frente a la costosa situación. No tienen mucho pero con la generosidad de todos/as, se hace posible enfrentar grandes desafíos.

Es curioso cómo los lugares en los que nacemos van conformando de alguna manera el tipo de relaciones que forjamos con nuestro entorno más cercano. En muchos lugares de África, no sólo en Kenia, es tradición (especialmente en las zonas rurales) construir las casas de forma circular para poder compartir el espacio común. Este modelo de convivencia es el que inspiró la construcción del centro de acogida en la zona rural donde he podido realizar un trabajo mano a mano con el equipo de profesionales kenianos que, con mucha novedad y cariño, tienen que hacer frente a un proyecto maravilloso que no está exento de algunos retos.

La zona rural me ha permitido retirarme de la bulliciosa Nairobi, estar en contacto con la naturaleza, jugar con los niños, trabajar con los mayores y aprender de las maravillas que hace la imaginación cuando no cuentas con materiales u otros instrumentos al alcance. He visto convertidos en cabeza de muñecos los huesos del fibroso mango que comían diariamente cuando éstos saltaban en caída libre hasta el suelo. He visto transformar los bricks de distintos tamaños en coches, autobuses y hasta un “señor tractor”, jugar a las cocinitas con el barro del suelo, explorar el territorio, y hemos cantado y bailado los hits del momento.

En el baile y en el canto los kenianos son expertos. Cada vez que reciben a alguien nuevo o celebran algún acontecimiento, los/as niños/as y jóvenes te reciben cantando y bailando canciones tradicionales en “kiswajili” que te hacen empezar el encuentro con una gran energía.

Cuando pienso en ellos y me voy deteniendo en cada una de las personas con las que conviví, me aparece su sonrisa. Una sonrisa de acogida, de amistad, de agradecimiento, que es mutuo, porque se nos ha permitido compartir nuestro tiempo, conocernos en nuestras diferencias, aceptarnos con cariño,  respetarnos y disfrutar juntos del trabajo, los juegos, la música y la amistad.

Kenia seguirá ahí, con su naturaleza formidable, su costa maravillosa, sus parques naturales y animales fascinantes, con sus habitantes que construyen el país con sus contrastes, con sus grandes contradicciones, con sus luchas sociales, su diversidad y con una fuerte creencia en su país.

Es una comunidad de fe, que vive con una gran esperanza en cada persona, en cada proyecto y en la vida. Así que estoy inmensamente agradecida porque me hayan abierto la puerta de su casa durante estos meses y haber podido abrazarlo tan de cerca.

Gracias al Equipo de Comunicación por la invitación a escribir estas palabras y a mis hermanos/as de Guadalupe por poder compartir con vosotros/as esta rica experiencia.

Asante Sana, Teresa Olleros

De las antípodas a los Grandes Lagos

Guadalupanos por el mundo

Viajamos hasta Canadá. Donde nos encontramos con MariCarmen, Guillermo y Victoria, quienes viven en Toronto después de su paso por Australia.

De las antípodas a los Grandes Lagos

Hola a todos los guadalupanos.

Somos MariCarmen, Guillermo y Victoria y os escribimos desde Toronto, donde vivimos desde hace unos nueve meses.

Cuando llegas a un nuevo país, realmente valoras una serie de cosas en las que no caes en la cuenta de otra manera. Es un poco como empezar de cero. Te enfrentas a un montón de incomodidades e incertidumbres que te hacen sentir vulnerable. Cualquier ayuda, en cualquier sentido, se recibe como una auténtica bendición.

Nuestra historia nómada comenzó hace casi 5 años cuando una oportunidad del trabajo de Guillermo nos llevo a Melbourne, Australia. Lo que al principio fue casi una imposición, acabo siendo una de las mejores experiencias de nuestras vidas.

Australia es un país impresionante en muchos sentidos: para empezar es una especie de mundo paralelo en el que gente con origen muy distinto vive en armonía. Resulta sorprendente el respeto con el que la gente se trata, desde luego algo para aprender. La naturaleza también es impresionante y ciertamente hemos podido disfrutar de auténticos paraísos. Los animales más exóticos campan por las praderas sin ningún miramiento.

A los pocos meses de aterrizar, el proyecto para el que fuimos se canceló, por lo que nos pedían volver a España. En esta ocasión decidimos dar prioridad al trabajo que había encontrado MariCamen, y nos quedamos.

Para nosotros, la familia que comenzamos cuando nos casamos es, entre otras cosas, un espacio dinámico que se va adaptando en función de las necesidades de los que la formamos, donde nadie es más importante que otro. Sin prioridades, pero con cabeza. Aunque parece trivial, lamentablemente no lo es.

Entre viaje y viaje, nació nuestra hija Victoria. Nuestra atención giró irreversiblemente hacia ella. Fue un auténtico regalo. Australiana no, española, aun sin haber pisado España. Con pelo oscuro y ojos castaños, siempre muy abiertos queriendo aprenderlo todo.

En mayo de 2017 nos despedimos de Australia con mucha pena, pero con la ilusión de afrontar un nuevo reto, asentarnos en Canadá. Hicimos una parada técnica de un par de semanas en España, en la que Fernando Artigas bautizo a Victoria en Guadalupe. La verdad es que después de tanto tiempo fuera de España, ir a Guadalupe es como volver a casa.

Canadá tiene muchas similitudes con Australia. También es un país multicultural, con muchísimas nacionalidades, idiomas y religiones. Como dicen aquí, todo el mundo tiene acento.

Al llegar, volvimos a poner todos los niveles a cero, al ser nuevo todo. Nuevos trabajos, nueva guardería, nuevas ciudades, nuevos parques naturales, nueva fauna. También el termómetro se puso a cero, bueno, en los días de calor. Hemos pasado el invierno mas frío de nuestras vidas, conviviendo con la nieve durante meses y temperaturas que no pensábamos que se podían alcanzar.

Pero se fue el invierno y llegó la primavera, y con ella un sinfín de novedades, de las cuales, muchas de ellas, ni siquiera somos conscientes aún…

¡¡Un fuerte abrazo a todos!!

Donde el Espíritu sopla

Guadalupanos por el mundo

En esta ocasión acompañamos a Pilar Arizmendi hasta Mozambique, desde donde comparte con nosotros su vida allí.

Donde el Espíritu sopla

Todo empezó por un mail del colegio profesional del que formo parte, de esos que suelen ir directamente a la carpeta de eliminados; ofrecían un curso de cooperación con posibilidad de una experiencia en terreno de seis meses. Estaba impartido por una ONG que desarrolla su actividad en el ámbito de ingeniería y tecnología en países del Sur, sobre todo en la lucha por los derechos humanos al acceso al agua y al saneamiento.

Tras un empujón de mi comunidad guadalupana, de mis amigos, de mis compañeros de trabajo, algún que otro “estás loca” y algún que otro trago difícil de asimilar hice caso a esa inquietud que no me dejaba tranquila en casa. Lo primero fue realizar el curso. Aún me resuenan palabras como: derechos humanos, empoderamiento, mujer, igualdad de oportunidades, sostenibilidad, interculturalidad. Estos días me abrieron los ojos a una realidad que no conocía y me llamaron a vivir esa teoría en terreno. Nunca había tenido una experiencia muy larga en estas partes del mundo y mi vida asentada en Madrid poco daba para imaginarlo, pero después de terminado el curso, aquí que me vine: ¡a Mozambique!

Ya aterrizada en Maputo me recogió un compañero de la ONG que me llevó a la Vila que es mi casa hasta ahora, Manhiça. Esta se encuentra a 80 km de la capital, en el sur de Mozambique, y tiene cerca de 60.000 habitantes. Lo primero que me llamó la atención al llegar fue ver la publicidad de una empresa de telecomunicaciones allá donde mirara: en las casas, en los puentes, en las tiendas, en los bares. Después, la cantidad de gente, gente por todos lados: caminando por los arcenes, cruzando la carretera, mujeres con fardos enormes en la cabeza o con niños atados a la espalda, chicos vendiendo crédito para internet, niños vendiendo refrescos, cacahuetes o anacardos. También me sorprendió su forma de ser: muy tranquilos, sonrientes, acogedores.

Nada más llegar, mis nuevos compañeros me dieron la bienvenida, me acompañaron a por mi tarjeta de móvil y a mi casa, sencilla, con agua corriente, luz, ¡hasta nevera y fogón eléctrico! Allí conocí a mi compañera de piso, de ONG y de aventuras durante este tiempo: otra voluntaria española que ya llevaba aquí algunos meses.

Al día siguiente empezó mi nuevo trabajo. Desde la sede de la ONG en España ya me habían orientado sobre lo que serían estos meses: haría un informe, apoyaría técnicamente al equipo local en lo que hiciera falta, acompañaría las actividades del proyecto que estaba a punto de terminar y del nuevo que aún no había comenzado. En dos aspectos me insistieron mucho: vocación de servicio y paciencia. Con esto en mente, llegué a la sede del sector de aguas de Manhiça, donde compartíamos una mesa de 1,5 metros de diámetro para trabajar 7 personas (literalmente, codo con codo). Y en nada comenzaron las preguntas sobre Word, Excel, Google maps… cosas que nosotros damos por hecho, pero que para ellos supone un mundo.

El primer mes pasó lento, descubriendo poco a poco (más como turista) la gente, la cultura y las tradiciones, el ocio, la música, la comida… Sin embargo, a partir del segundo mes ya había entrado en una rutina que me fue abriendo los ojos a lo que antes me pasaba desapercibido. Quiero compartir con vosotros tres aspectos para resumir algunos aprendizajes que ya son parte de mí.

El primero, el saludo. En Mozambique, todo encuentro comienza por un bom dia, boa tarde o boa noite. Después se puede estar, por lo menos, diez minutos simplemente preguntando qué tal está, cómo fue el fin de semana, comentar el tiempo y, finalmente, desear un buen trabajo para el día. Oye, se vive de verdad el día con gran alegría. Da igual que sea tu vecino, la vendedora del mercado, la dependienta de una tienda o tu compañero de trabajo. Entonces entiendes porqué tiene tanto negocio la compañía de telecomunicaciones. Son gente que disfruta de compartir, de saber de la familia, de la vida, de acompañar y de acoger. Además, les encanta transmitir a los visitantes su tradición: darte a probar algún fruto de la tierra (como la maphilua), enseñarte alguna palabra en shangana, la lengua local, como por ejemplo kanimambo (“gracias”) o que lleves una capulana contigo (las telas tradicionales estampadas que llevan las mujeres a modo de falda, para llevar a sus bebés o cubrirse del sol).

El segundo, un día en el campo. Saliendo de la Vila se adentra uno en el Distrito de Manhiça, foco del proyecto de la ONG. Su población es rural y dispersa y la economía está basada en la agricultura de subsistencia. El huerto familiar, donde se siembra maíz, plátano, cacahuete, piña, batata, mandioca, es la machamba. En medio, casi siempre, se encuentra una mujer con una azada trabajando la tierra, a veces llevando consigo su bebé colocado con una capulana en la espalda. No dejo de admirar su fortaleza. Las familias viven en casas de ladrillos o cañas, con techo de chapas de metal o caña. Según nos alejamos de la carretera principal deja de haber energía, agua corriente o sanitarios, y en su lugar hay fuentes con bombas manuales o pozos familiares y letrinas tradicionales o simplemente, arbustos. Las escuelas no tienen los sanitarios adecuados para los niños, en alguna el punto de agua más cercano se encuentra a kilómetros y a veces las infraestructuras se hacen escasas y las sombras de los árboles se convierten en aulas. Estas visitas al campo me ayudan a volver a lo pequeño y a dar sentido al trabajo realizado en la oficina cada día, descubriendo la importancia de contar con ellos para que el proyecto sea sostenible, cosas que los compañeros locales dan por hecho y a nosotros nos parece un mundo.

El tercero, el parto. Lo típico que vas a casa de una amiga a tomar algo y te encuentras una mujer de parto en medio de la calle. Tal cual nos ocurrió una noche cualquiera en una calle cualquiera. Una joven de unos 20 años esperaba su tercer hijo y se encaminaba al hospital acompañada por algunas mujeres de su familia. Las ayudamos a trasladarla como pudimos, pero cada poco tiempo se paraba en mitad de la calle por el dolor. Corrimos para pedir ayuda al hospital, pero nadie se movió para asistirla. Lo que en España parecería impensable y se pararía el mundo por acercarla, allí es algo habitual. Y en mitad de la noche, sobre una capulana, alumbrada por un móvil, presenciamos el milagro de la vida. Dio a luz a una menina, ambas sanas y perfectas. Con poca prisa llegó la enfermera para cortar el cordón y llevárselas al hospital. No sabría cómo explicar las emociones que sentí, entre rabia por tener que nacer en esas condiciones y alegría por ver la vida en estado puro. Esta experiencia fue para mí la Navidad. Jesús naciendo de nuevo en Manhiça.

Pilar con una familia de Mozambique

Para terminar, quiero contaros una anécdota que me ocurrió casi al llegar y que me abrió completamente la mente. Me preguntó una compañera de trabajo qué cuál era mi iglesia. Y, claro, yo contesté que Nuestra Señora de Guadalupe. Ella se echó a reír. “Aquí hay muchas iglesias: la católica, la adventista, la metodista, presbiteriana, baptista, la universal, testigos de Jehová…” Mmmm, sí, soy de la iglesia católica. “Entonces tú rezas. Como yo”.

Y aquí sigo, unos meses más, compartiendo saludos, tés, naturaleza, vida, aprendiendo mucho, pero, sobre todo, muy muy agradecida al Espíritu por haber soplado hacia aquí.

 

Pilar Arizmendi.

25 años

Guadalupanos por el mundo

Volvemos a Panamá para esta importante cita. Los 25 años como misionero de nuestro querido Alfonso.

25 años

Hace no mucho, compartí en la parroquia de Guadalupe de Madrid, una entrañable racha de celebraciones de bodas de plata. Qué será vivir eso, me preguntaba, e, intuitivamente, la idea que lanzaba es que, después de 25 años, la aventura casi no ha hecho más que empezar. Sí: más canas, más tripa y, seguramente, más problemas y decepciones, pero felices, acompañados y queridos. Agradecimiento por lo vivido y porque la vida compartida fue sacando lo mejor de cada cual. Con una sabiduría de vida que sabe afrontar vientos y mareas y distinguir lo realmente importante. Sabiendo que los fracasos y fallos fueron suplidos o superados desde el amor y la fe. Con una mirada esperanzada en el futuro.

Todo llega, y ahora me toca a mí celebrar 25 años de profesión religiosa. Lo hago así, discretamente, simplemente compartiendo contigo estas líneas con algunas de las cosas que se han removido por dentro…

Quizá haya alguien que se acordará: en la parroquia Santa Teresa de Jesús, en Tres Cantos, un 12 de septiembre de 1992, día en que en algunos lugares se celebra la fiesta del Dulce Nombre de María.

En España, 1992 fue el año de la Exposición Universal de Sevilla, del AVE, del tratado de Maastricht, del hundimiento del petrolero Mar Egeo, de los 500 años de la llegada de Colón a América y de los JJOO de Barcelona. Seguían los atentados de ETA, comenzaba a cuajar el movimiento 0,7 y también la crisis económica que duró esa vez, dicen, hasta 1996. El consumo de heroína mataba y provocaba estragos en las familias. Ya entonces hablábamos de los 8 millones de pobres en España.

En la Congregación de los Misioneros del Espíritu Santo vivíamos la reciente creación de las Provincias, con grandes aspiraciones… También las comunidades de España soñábamos fundar otra comunidad más…

En medio de estos acontecimientos, vivimos con sencillez la profesión religiosa. Éramos dos novicios Misioneros del Espíritu Santo celebrando la llamada de Jesús y nuestra respuesta. Al mes, fue la pascua de Roberto Mejía, tan querido.

En esa época no teníamos ordenadores, ni móviles, ni cámaras digitales… Las fotos, después de tanto tiempo, a saber dónde habrán quedado… así que no tengo a mano material para ilustrar aquel evento.

A los pocos días, tuve unos días de vacaciones y pude ir de excursión, mochila al hombro, con gente muy querida a la sierra de Gredos. Al cabo de los años, vuelvo la mirada atrás y descubro que lo que aconteció fue programático: tuve que dejar al grupo para hacer una travesía de un día, para coger el bus y llegar a tiempo a la comunidad. Desde el Circo de Gredos hasta la plataforma de Guisando, para, finalmente, llegar andando a Arenas de San Pedro. Llegué. Con una fuerte insolación. Hecho un guiñapo. Superando la adversidad y la debilidad del momento. Eso sí, sabiendo a dónde llegar. No me perdí, no.

De manera que así comencé estos 25 años que han supuesto dejar, partir, continuar con esfuerzo, a veces sintiéndome un guiñapo, con rumbo, a veces incierto, sí, y aprender a dar la vida. Confiando llegar al destino. Siguiendo las huellas del que “pasó por el mundo haciendo el bien” (Hch 10, 38), el “que me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 20) y me invita siempre a “salir a las encrucijadas de los caminos invitando a la fiesta del Reino” (cf. Mt 22,9) en una dinámica, no a mi manera, sino a la de Él (Is 55, 8-9). Honestamente, creo que así es como he madurado y sacado lo mejor de mí. También, al repasar este tiempo, uno cae en la cuenta de lo que ha desperdiciado de tiempo, de cómo me he dejado vencer con dinámicas egoístas, lamentado todo el bien que debí hacer y no supe o no quise…

En las encrucijadas de los caminos me he encontrado con gente estupenda: en Tres Cantos, en Zaragoza, en Madrid, en Comalcalco y, ahora, en Panamá. Hermanos de comunidad, amistades, acompañantes, pastorales, trabajando juntos, compromisos, gente haciendo mucho más bien que yo… Estoy muy agradecido. Me han hecho crecer, me han escuchado, me han animado, me han confrontado. Me han hecho ver lo bueno que es Dios. Gracias de corazón.

Durante estos años, mi familia también ha vivido intensamente: ha crecido, ha sufrido, mira con ilusión hacia adelante. Mi madre, mi padre (+), mis hermanas y sus esposos e hijos son también un regalo. Ahora quedan a distancia….

Durante estos 25 años no ha habido ningún español más que haya respondido a la llamada a ser Misionero del Espíritu Santo… y solo queda una comunidad en Madrid. Como Congregación, nos prestamos a vivir con sentido la minoridad y el envejecimiento, en búsqueda de replantear las estructuras y con poca perspectiva de crecimiento y de vocaciones… Ni acá, ni allá, ni acullá.

Buscando, decimos, “resignificarnos”, vivir con esperanza, desde Dios, optando decididamente por el cuidado de las personas y de la Creación… Es posible que en esta travesía también sufra insolaciones y quede derretido, pero confío en que juntos llegaremos a donde nuestro buen Dios quiera llevarnos.

Tras 25 años, me encuentro uniéndome a un modesto proyecto parroquial, habiendo dejado gente querida, atravesando mares, con una mochila cargada de experiencia, madurez y sabiduría, para conocer, escuchar y proponer con humildad…

Ahora, en 2017, hablamos en Panamá de la corrupción, de los “papeles”, de las inundaciones, de la tremenda desigualdad en la que vivimos, de la devastación ecológica, pero también de su hermosura y de la buena gente que la habita. Hablamos de la JMJ 2019, de los atascos infernales de cada día, del pésimo sistema de salud, de las pensiones que no dan para vivir, de la discriminación, pero también de las fiestas, los desfiles y de la novedad que aporta el Evangelio como fuerza para vivir.

El regalo que recibo hoy y que te comparto es este poema de M. Benedetti, que expresa muy bien mi gran “tentación” y mi gran “invitación”, acompañado por la música de J. S. Bach: “Jesús, mi alegría” BWV 227 https://www.youtube.com/watch?v=a4SKrGYMp7A (el reggae panameño y el vallenato no me acaban de cautivar):

“No te salves”

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo
pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.

 

Migrante, extranjera

Guadalupanos por el mundo

Hoy nuestra ruta nos lleva hasta Londres. Allí trabaja como enfermera Marta Mojarrieta. Aprovechando la Semana Santa viajó a Ceuta para compartir esos días con los albergados en el CETI.

Migrante, extranjera

Desde el principio, buscamos palabras que nos definan: yo soy baja, joven, habladora, inquieta. Con esto ya tenéis una mínima imagen de mí. Ahora puedo dar un paso más y decir: soy española, enfermera, heterosexual, cristiana. ¿Qué tal ahora? Ahora sí que os hacéis una idea de cómo soy. Estas nuevas palabras las he ido encontrando por el camino, fueron menos obvias, pero ahora me identifico con ellas, me las he apropiado.

Hace casi tres años, adopté nuevas palabras que también me identifican: migrante, extranjera.

Los migrantes nos entendemos porque existe una historia que no se puede contar, una historia que todos nosotros tenemos en común. Es la historia de un viaje, no el que hacemos al salir de casa, si no el que comienza cuando llegas a tu destino. Para mí este recorrido ha significado muchos sufrimientos e incomprensiones, y mucho crecimiento también.

Estás intentando mimetizarte para encajar en ese nuevo ambiente, y luego resulta que vuelves a España, a ver a tu familia y amigos, a tu lugar de siempre, y tampoco encajas. Cambias hábitos, de pronto te molesta que la gente hable alto, o que no te sonrían por todo. Luego vuelves, y te recuerdan que siempre serás “el español”. Porque el problema es que cuando vas a España ellos hablan demasiado alto, y cuando vuelves tú eres el que está gritando cuando habla.

De pronto las palabras que me identificaban se difuminan y ya solo soy extranjera, extraña en todos lados. Nos convertimos en personas que relativizan todo lo que viven y desarrollan un desenfadado desapego por lo material y las relaciones. Otro mecanismo de adaptación. Y funciona: consigues generar una valla que te protege.

Es en este momento de mi recorrido como migrante cuando conozco Elín.

Elín es una asociación que acoge, acompaña y orienta a los migrantes que, huyendo de sus lugares de origen, llegan a España. Tienen presencia en Ceuta, Sevilla, Jaén y Madrid. También organizan encuentros personales para favorecer la integración, la convivencia y las relaciones interculturales.

Coincidiendo con la Semana Santa de este año, Elín promovió uno de estos encuentros entre albergados en el CETI de Ceuta y voluntarios, permitiéndonos vivir la Pascua desde la mirada de los perseguidos por intentar mejorar sus condiciones de vida.

Al tomar contacto con el grupo, mi cuerpo parece percibir que voy a toparme con una realidad distinta, y reacciona levantando todas las vallas protectoras creadas durante este tiempo como extranjera. Es así como comienzo a relacionarme.

Pero no es tarea fácil: el jueves santo es el día del amor fraterno y Jesús nos invita a amar sin medida, incondicionalmente. Nos lavamos las manos los unos a los otros, compartimos ratos de abrazos, de risas, bailes, de historias increíbles. Nos miramos y nos tratamos de tú a tú, de igual a igual. Aquí ya no hay extranjeros ni migrantes, somos todos hermanos compartiendo un momento, comenzando una amistad. La alegría, la fuerza y la esperanza de estos chicos que cruzaron hace un mes la valla de Ceuta persiguiendo sus sueños me pone los pelos de punta. Se pueden apreciar en sus cuerpos las heridas que el camino les ha dejado.

A su lado, me siento frágil y superflua: el camino que ellos han recorrido y las dificultades que han tenido que sobrepasar son mucho mayores que las mías, y sin embargo su confianza, su facilidad para creer en la bondad de las personas es increíble. Mientras yo me he construido barreras para protegerme por tener que adaptarme en el extranjero, ellos se arman con su mejor sonrisa para crear lazos y abrirse a las personas nuevas, de ahí sacan su fuerza y perseverancia.

Por la noche hacemos un recorrido por la carretera y observamos desde arriba de la montaña la valla que tantos han saltado y que tantos otros han intentado saltar. Ahí arriba solo se escucha el viento que sisea y los ladridos de los perros, que nos cortan el aliento; todos tenemos el corazón en un puño. Es el momento del huerto de los olivos, pero en vez de velar el sufrimiento del Jesús de hace 20 siglos, leemos el testimonio de un migrante en el 2012. Frente a nosotros, la experiencia de odio y horror de estas personas que hemos conocido hoy. Terminamos rezando un Padre Nuestro tomados de las manos. Rezarlo en este lugar cobra un nuevo sentido.

¿De quién es la culpa? Miguel dice creer que el mal no existe, sino la ausencia de bien. Dice que la clave para que el mundo avance es la humildad. Es la que nutrirá la empatía y nos hará sentirnos más cerca del otro.

El viernes santo hacemos un vía crucis que nos lleva al CETI y acabamos en la playa del Tarajal, donde el mar se ha tragado tanta gente, en alguna ocasión por la crueldad de los encargados de mantener esa valla gigantesca entre el Norte y el Sur. En el camino vamos hablando, y los chicos nos cuentan con más detalle sus historias. Es espeluznante lo palpable que se hace la violencia, la violación de los derechos humanos, cuando alguien que lo ha sufrido te lo cuenta de una manera tan clara.

El sábado cruzamos la frontera y anduvimos el camino hasta el bosque en silencio. Este bosque es donde se esconden los migrantes, como fugitivos, de la policía marroquí. Si les encuentran, les roban el dinero, el pasaporte, los teléfonos móviles y les maltratan buscando que el miedo les haga abandonar. En estos bosques no tienen atención médica, ni forma de comunicación. Nosotros nos situamos en lo alto de este monte, sin poder bajar a tenderles una mano porque estamos rodeados de policía secreta.

Aquí reflexionamos sobre qué nos llevamos de estos días y cuál es el siguiente paso en nuestra vida.

Cuando en tu viaje encuentras personas que han dejado atrás las vallas y están al otro lado tal y como son, compartes lo que eres sin más; sus ojos te desarman, y te das cuenta de que al final estas palabras que buscamos para definirnos no son más que etiquetas que ponemos y nos ponemos. Puede que nos hagan sentirnos seguros, puede que nos ayuden a identificarnos y a identificar a los otros, pero después de todo, solo nos separan de la verdad: que todos somos iguales.

Marta Mojarrieta.