Guadalupanas por el mundo. Soco en Walla Walla

Esta vez volamos a la costa oeste de los Estados Unidos para encontrar a Soco Ibañez de la comunidad Djembé de la PJV.

¡Hola a todxs, guadalupanxs!

Soy Soco, de la comu Djembé, y os escribo desde una pequeña ciudad de Estados Unidos que se llama Walla Walla (el nombre significa ‘muchas aguas’) en el Washington de la costa oeste, a unas cuatro horas de Seattle. Estoy trabajando como profe auxiliar de español en Whitman College, una institución de lo que aquí se conoce como Artes Liberales. Puse un pie por primera vez en este lugar a finales de agosto del año pasado y la idea es regresar a Madrid, una vez terminado el curso académico. Desde que llegué he podido comprobar que, en esta área del país, la gente es sorprendentemente amable y, aunque no te conozca, te saluda y sonríe por la calle y se desvive por echarte una mano si te ve en un apuro, así que el sentimiento de cercanía y comunidad es bastante fuerte. La verdad es que a mí me parece una suerte, porque antes de venir no sabía cómo sería este lugar, y tenía experiencia previa en pueblos-ciudades de la América profunda que no habían sido tan agradables. Pero todo resultó ser como reza la coletilla que le añaden al nombre de la ciudad, que dice algo así como “una ciudad tan agradable que le pusieron el mismo nombre dos veces”.

La experiencia en conjunto está siendo muy rica para mí en muchísimos sentidos, pues uno de mis intereses es el estudio de la interculturalidad y este campus tiene estudiantes que provienen de lugares muy variopintos, tanto de distintas zonas de Estados Unidos como de fuera. De hecho, estoy apuntando en un diario todas las cosas interesantes, conversaciones mantenidas con otras personas sobre el tema y detalles que me parecen relevantes al respecto. No sé si en algún momento esas notas me servirán de algo, pero de momento tienen cierto interés para mí, al menos. También está siendo cuanto menos curioso comparar las ideas que tenemos cuando vemos la realidad de este país desde fuera, con las que surgen sobre el terreno, teniendo en cuenta la extensión, variedad y cantidad de cosas que permanecen veladas de cara al exterior. La suerte que tengo es que, al estar en un contexto académico universitario, he tenido miles de conversaciones sesudas sobre el tema (de esas que te dejan el cerebro del revés de tanto exprimirlo) y, excepto algunas salvedades, suelo encontrarme con mentes abiertas (ya sean de mis estudiantes, los profesores del departamento o mis compañeras auxiliares de otros países europeos), y salimos todos enriquecidos de ese tipo de intercambios.

El primer semestre se me pasó volando entre llegar, adaptarme, dar clases, montar eventos con la Casa Hispana y hacer excursiones. ¡Vaya locura! Cuando me avisó mi jefe a finales de agosto del nivel de actividad que había en este campus pensaba que estaba exagerando, pero poco después pude comprobar la realidad de sus palabras. Sin embargo, a pesar de que todo el mundo tiene unos horarios muy apretados, la vida es tranquila y apacible, y la gente saca tiempo para hacer lo que le gusta y tener un poco de paz. Siempre pensé que un campus universitario en medio de la nada (y cuando digo en medio de la nada es literal, porque aquí te mueves tres millas y todo lo que hay son campos de trigo, viñedos y otros cultivos de grano), sería aburrido a más no poder. Sin embargo, no caí en que con la cantidad de dinero que pagan los estudiantes por estar aquí y la competencia brutal que existe entre universidades, los colleges organizan una cantidad ingente de eventos para mantener a los estudiantes contentos, entretenidos y felices porque su dinero se ha invertido de manera satisfactoria -no olvidemos que, aunque en el campus se preocupen mucho por no quedarse en su propia burbuja, por colaborar con la comunidad menos favorecida de Walla Walla y por cuidar el componente humano de estudiantes, profesores y personal, la rentabilidad que le sacan al capital invertido manda, porque en algo se tiene que demostrar que están amortizando el gasto-.

En cualquier caso, yo he aprovechado para asistir a la mayor cantidad posible de charlas, eventos culturales y otros actos divulgativos y académicos que han tenido lugar hasta el momento (aunque he bajado un poco el pistón desde que empezó el segundo semestre), y la verdad es que he aprendido y sigo aprendiendo mucho sobre diferentes campos, escuchando nuevas voces y aprovechando la oportunidad de cuestionarme mil cosas sobre mí misma y mi estilo de vida. Preparar nuestros propios eventos con la Casa Hispana también ha sido interesante en ese sentido, para evitar caer en la estereotipación fácil del mundo hispano e intentar conseguir un entendimiento cultural más profundo y fundamentado que inspire curiosidad y deseo de aprender más.

En los días de fiesta y puentes, he aprovechado para viajar y conocer más lugares, como el Cañón del Infierno, el lago Wallowa, Las Vegas, el Gran Cañón y el Cañón del Antílope, y he de decir que la naturaleza en este país gana por goleada a cualquier construcción artificial solo por la inmensidad que abarca (las distancias son enormes y los paisajes parecen prolongarse hasta el infinito). Pensaba haber viajado más; de hecho, en las dos últimas semanas de marzo, durante las vacaciones de Spring Break, iba a haber llegado a pisar Hawaii, mi sueño desde que era una niña, pero ya no va a poder ser desde que los casos por coronavirus empezaron a aumentar con rapidez. La situación ha llevado al profesorado a mover la docencia a plataformas online, así que durante estas semanas estaré preparando sesiones de conversación en español para mis estudiantes, que se conectarán desde sus casas una vez terminen las vacaciones (casi no hay estudiantes en el campus a día de hoy porque se les ha animado a volver a sus lugares de origen y quedarse allí hasta que la situación remita). Ver esta crisis mundial desde aquí está siendo duro, sobre todo por lo que me llega desde casa y porque se me parten el corazón y el cerebro intentando estar al tanto de ambos lugares (sobre todo con la diferencia horaria), pero confío en que la mejor parte del ser humano está saliendo a la superficie y que vamos a mejorar en nuestra capacidad de estar alerta a las necesidades de nuestros hermanos y hermanas para acompañarles en la distancia lo mejor que podemos y sabemos.

Os mando un abrazo muy fuerte,

Soco Ibañez.