Testimonio desde Kenia

Guadalupanos por el mundo

En esta parada encontramos a Asanta y Teresa en Kenia colaborando con la ONG Kubuka (Más por ellos).

Testimonio desde Kenia

La idea de hacer un “corte” surgió hace algo más de un año. Mi vida en Madrid se encontraba por aquel entonces en un punto de clara inflexión… decidí entonces rescatar otros sueños que había tenido en años anteriores, deseos, opciones que no había tomado en su momento y que ahora parecía el momento idóneo para escucharlas. Una en concreto tomó más fuerza. Decidí entonces proponérselo a mi pareja para hacerlo juntos, lo hablamos entre nosotros, con familiares y algunos/as amigos/as, y empezamos a darle forma a la idea.

Estuvimos hablando con todas las personas que conocíamos en este ámbito. Algunas pudieron orientarnos, otras no… todas nos escucharon. Y poco a poco fuimos acotando, definiendo más lo que queríamos, en aquello que podíamos realmente aportar, conociendo y escuchando las necesidades del otro y ajustando entre ambos expectativas y realidades.

Finalmente, nos decantamos por la ONG KUBUKA. Es una entidad joven que impulsa proyectos de emprendimiento social, educación y desarrollo comunitario en los países de Zambia y Kenia, y a éste último nos dirigimos nosotros.

África se abrió paso así en nuestro horizonte, esta sería para mí la primera sorpresa del viaje. Es difícil no sobrecogerse ante África, la perspectiva de adentrarme en una realidad tan distinta a lo conocido hasta el momento, tan grande y diversa y a la vez consciente de tantas situaciones de dolor y sufrimiento, me generaba cierta congoja.

Hoy puedo decir que esta y otras cuantas barreras se han ido destruyendo poco a poco en este tiempo… Solemos decir que “Dios sorprende” y que, a veces, basta con dejarle un poco de espacio para ello. Yo entonces quería dejarle campar a sus anchas pero ya sabemos que el espacio es exterior e interior, así que hice lo que pude y Él se aprovechó de todo ello.

Hemos estado expuestos a situaciones de extrema pobreza, de desamparo, de abandono infantil y de mucha vulnerabilidad social. Nuestros ojos se fueron acostumbrando a una realidad que conmueve sin remedio, que enamora con el contacto y que entristece en muchos otros momentos… Nos hemos sumergido casi a diario en Kibera, un slum de África donde viven más de un millón de personas en situación de gran precariedad laboral, de vivienda, educativa, de salud y económica. Son necesidades de hoy en día que, al verse afectadas todas y al mismo tiempo, genera una gran desprotección entre la comunidad. Una comunidad que me gustaría que conocierais a través de estas líneas.

Puesto que la introducción está hecha y la puesta en contexto también, lo que realmente merece la pena contar es la esencia de lo que hemos vivido, y una de las esencias más importantes que rescato es el ser y sentirse comunidad en Kibera. Al estar el territorio estructurado en chabolas, con calles sin asfaltar, peatonales y estrechas, las personas que viven a tu lado, enfrente, al otro lado, detrás, se convierten en verdaderos vecinos, personas con las que compartir tu día a día, con los que hay un contacto diario, con los que intercambiar confidencias, pasar el rato y apoyarse en las dificultades.

El equipo del colegio de la ONG en Kibera, por ejemplo, no son sólo compañeros/as de trabajo, son amigos/as y además vecinos/as. Lo que hace que, habiéndose desarraigado de su lugar de origen (mayoritariamente rural) encuentren allí una nueva familia, una nueva Comunidad en la que apoyarse, con la que caminar, con la que soñar y construir un barrio más digno, con mejores condiciones de vida. Vivir allí tiene para ellos un nuevo sentido porque no están solos, caminan con otros.

Esto sucede allí en multitud de ocasiones: cuando alguien muere, recaudan dinero para poder trasladar el cuerpo a la zona a la cual pertenece la persona, y cuando alguien necesita de una operación, reúne a los vecinos para ver si entre todos pueden hacer frente a la costosa situación. No tienen mucho pero con la generosidad de todos/as, se hace posible enfrentar grandes desafíos.

Es curioso cómo los lugares en los que nacemos van conformando de alguna manera el tipo de relaciones que forjamos con nuestro entorno más cercano. En muchos lugares de África, no sólo en Kenia, es tradición (especialmente en las zonas rurales) construir las casas de forma circular para poder compartir el espacio común. Este modelo de convivencia es el que inspiró la construcción del centro de acogida en la zona rural donde he podido realizar un trabajo mano a mano con el equipo de profesionales kenianos que, con mucha novedad y cariño, tienen que hacer frente a un proyecto maravilloso que no está exento de algunos retos.

La zona rural me ha permitido retirarme de la bulliciosa Nairobi, estar en contacto con la naturaleza, jugar con los niños, trabajar con los mayores y aprender de las maravillas que hace la imaginación cuando no cuentas con materiales u otros instrumentos al alcance. He visto convertidos en cabeza de muñecos los huesos del fibroso mango que comían diariamente cuando éstos saltaban en caída libre hasta el suelo. He visto transformar los bricks de distintos tamaños en coches, autobuses y hasta un “señor tractor”, jugar a las cocinitas con el barro del suelo, explorar el territorio, y hemos cantado y bailado los hits del momento.

En el baile y en el canto los kenianos son expertos. Cada vez que reciben a alguien nuevo o celebran algún acontecimiento, los/as niños/as y jóvenes te reciben cantando y bailando canciones tradicionales en “kiswajili” que te hacen empezar el encuentro con una gran energía.

Cuando pienso en ellos y me voy deteniendo en cada una de las personas con las que conviví, me aparece su sonrisa. Una sonrisa de acogida, de amistad, de agradecimiento, que es mutuo, porque se nos ha permitido compartir nuestro tiempo, conocernos en nuestras diferencias, aceptarnos con cariño,  respetarnos y disfrutar juntos del trabajo, los juegos, la música y la amistad.

Kenia seguirá ahí, con su naturaleza formidable, su costa maravillosa, sus parques naturales y animales fascinantes, con sus habitantes que construyen el país con sus contrastes, con sus grandes contradicciones, con sus luchas sociales, su diversidad y con una fuerte creencia en su país.

Es una comunidad de fe, que vive con una gran esperanza en cada persona, en cada proyecto y en la vida. Así que estoy inmensamente agradecida porque me hayan abierto la puerta de su casa durante estos meses y haber podido abrazarlo tan de cerca.

Gracias al Equipo de Comunicación por la invitación a escribir estas palabras y a mis hermanos/as de Guadalupe por poder compartir con vosotros/as esta rica experiencia.

Asante Sana, Teresa Olleros