Gonzalo, Manolo: ¡Gracias a los dos!

Este año el clima ha sido atípico. La lluvia y la ausencia de calor nos han evitado una primavera de alergias y nos han regalado un paisaje de colores variados donde habitualmente, estaría amarillo y seco. El agua lo transforma todo: unas veces de forma visible a través de grandes aguaceros; en otras ocasiones, discretamente, calando el suelo y acercando el alimento a cada planta para que surja.

En Guadalupe, hemos aprendido a convivir misioneros y laicos porque compartimos una misma vocación, la de servir a los demás, la de hacernos agua para que otros crezcan, ampliando año tras año el alcance de nuestro círculo.

Con la llegada de Gonzalo y, luego de Manolo, hemos renovado la cantidad y, sobre todo, la calidad de nuestro ser líquidos; pasa siempre: las personas que se cruzan en nuestro camino dejan huella, nos tocan el corazón y aportan nutrientes a nuestro personal depósito.

Ahora que la distancia física se hará inevitable, seguiremos compartiendo el mismo manantial, Jesús de Nazaret y su peculiar sentido de estar en el mundo. Que sigáis fluyendo al servicio de los demás.

¡Gracias a los dos!