Editorial

A punto de comenzar el Adviento, metidos ya de lleno en plena actividad, queremos tener presente y hacer realidad en nuestra vida el lema que nos hemos fijado para este curso: Escucha, Ora, Transforma.

¡Escucha!

A Dios, al hermano, al compañero, al que tenemos cerca, al que nos necesita, al que espera algo de nosotros… Pero escucha sincera; con los oídos y con el corazón, con verdad. Dejando nuestro egoísmo en silencio. Permitiendo que la realidad nos hable. Dejando hablar al otro, a nuestro entorno, a las cosas que nos rodean. Silencio fértil, creativo. ¿Cómo, si no, vamos a escuchar lo que el Padre quiere de nosotros?

¡Ora!

Hagamos que el silencio nos abra a la escucha de Dios. Dejemos que Él nos acompañe en nuestro caminar. La oración se hace alimento indispensable para avanzar por la vida sin caer en el desánimo o la desesperanza, sintiendo que nunca estamos solos. Orar es dejarse amar por Dios, hacerle un hueco diario en nuestra vida, abrirnos a su iniciativa transformadora, dejarle actuar en nosotros.

¡Transforma!

La experiencia del amor de Dios es un camino de transformación, porque no hay fuerza mayor en el mundo capaz de transformar la realidad que el amor verdadero. El amor verdadero genera más amor. Si además sumamos nuestro esfuerzo y ponemos manos a la obra… podemos cambiarlo todo. ¡Ora et labora!

Hay una reflexión de Teresa de Calcuta que resume bien este proceso:

“El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio”.

¡Feliz Adviento!

ECO (Equipo de Comunicación)

Conoce a Rafa Vera MSpS

¿Dónde naciste y cómo fue tu infancia?

Nací en Madrid en el hospital de la Milagrosa, barrio de Chamberí, un 11 de diciembre de 1957, en el siglo pasado. Por tanto soy sagitario.

Mi infancia creo yo fue como la de cualquier niño de mi edad. Feliz. Centrada en los estudios, los deportes y la familia. Para mí el deporte siempre fue algo muy importante y que ocupaba mucho de mi tiempo. Todo el tiempo que estuve en el Colegio siempre estuve en algún equipo. Futbol, voleibol, atletismo. Aunque lo que siempre me ha gustado más es el futbol. Al final llegué a jugar en el Chamartín, filial del Real Madrid, y en una ocasión participé en un Torneo en Versalles representando a España en la selección española infantil. Como fuimos muchos en casa (seis hermanos) nunca tuvimos problemas en jugar entre nosotros y divertirnos juntos.

¿Desde cuándo conoces a los Misioneros del Espíritu Santo, cuándo y por qué quisiste ser uno de ellos?

Conocí a los Misioneros del Espíritu Santo a través de unos Ejercicios Espirituales que todos los años se realizaban en el Colegio (San Agustín, al lado del Bernabéu). En esta ocasión los impartió el P. Raúl Antillón de los Misioneros y fueron algunos de mis mejores amigos que luego, a su vez, me invitaron a formar grupo con ellos en la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe (el sombrero mexicano como era conocida por fuera).

Nuestro grupo de Parroquia se llamaba Fénix. Además de pertenecer a un grupo en el cual semanalmente nos reuníamos para formación y crecimiento, participé en muchos otros grupos y servicios. Especialmente desarrollé toda mi vena artística como cantante, compositor y tocador de guitarra. Hay varios cantos compuestos por mí que se cantan en los coros de la Parroquia. Participé en varios coros en los años que pertenecí a la pastoral juvenil. Tocaba y cantaba en las Misas. Pertenecí al coro Tierra Nueva. Participé en certámenes de coros a nivel de Madrid. En la Parroquia, junto con otros y de la mano del P. Pancho, preparamos varias óperas rock que presentamos en el antiguo teatro de la Parroquia (Jesucristo Superstar… Un nuevo sitio disponed). O en el templo parroquial con motivo de Pentecostés (Fuente de gozo del libro de los Hechos de los Apóstoles). Fue para mí un tiempo hermoso, lleno de amigos y de realización personal.

Raúl fue mi inspiración a la hora de decidirme por esta vocación religiosa y sacerdotal que hoy vivo. Lo veía como un hombre apasionado y enamorado de Dios y de su vocación. Quería ser como él. Cada día me iba integrando en más y más actividades en la Parroquia hasta que Raúl me invitó a dar un salto de calidad que, después de pensarlo, acepté de buen grado: pasar de tener y realizar muchas actividades a entregar la vida entera.

¿Dónde estabas y qué hacías el año pasado por estas fechas?

El año pasado pertenecía a la comunidad de la Parroquia de la Santa Cruz en el Pedregal, ciudad de México (México) y mi labor pastoral se centraba sobre todo en los niños. La catequesis. Las catequistas. Los colegios.

Aunque has mantenido el contacto con la Parroquia y con tu ciudad. ¿Qué cambios has notado y te han sorprendido desde tu última estancia en Madrid?

Partí hacia México en el año 1999. Y ahora que regreso noto cómo ha crecido el número de personas agnósticas o ateas. Hay menos número de personas en las misas y, en general, en la pastoral. Aunque todos los que asisten y participan lo hacen con el mismo ímpetu y pasión que antaño.

Y ahora una ronda rápida:

¿Estudias o trabajas?

Sigo estudiando porque sigo leyendo. Sobre todo de aquellas cosas que me gustan o necesito en la pastoral. Pero sobre todo trabajo en aquellas áreas que Dios y la comunidad me encomiendan.

Si pudieses elegir cualquiera ¿Cuál sería tu profesión ideal?

Creo que estoy en mi profesión ideal: dedicarme a los demás. Acompañarlos. A los 17 años tuve la oportunidad de dedicarme al fútbol de manera profesional pero nunca creí que eso pudiera llenar toda mi vida.

¿Qué pequeño placer de la vida te hace más feliz?

Me gusta ver pelis, series. Leer. Tomar algo y comer con los amigos. Tener tiempo para estar conmigo mismo y con Dios.

¿Qué persona (famosa o no) te inspira mucho?

De joven el P. Raúl. Ahora Jesús.

¿Qué superpoder elegirías tener?

La curación. El poder curar a cualquiera con el contacto de mis manos y mi presencia.

¿Un libro que recomendarías a todo el mundo?

Hay muchos. La Biblia por supuesto. El caballero de la armadura oxidada. Jonás y el escándalo de la ternura de Dios.

¿Tienes peli favorita?

Avatar. Me encanta por la ficción y la enseñanza. Como si fuera la razón y la imaginación. Cosas necesarias para equilibrar y vivir bien la vida. Realidad y esperanza.

¿Una canción a la que estés bastante enganchado últimamente?

Me gustan las canciones de Glenda porque me ayudan a sosegarme y  pacificarme ante el ruido y las prisas que lo envuelven todo.

¿Un álbum de música que te haya marcado?

«En Tránsito» de Joan Manuel Serrat y la canción «Esos locos bajitos». Y de la Oreja de Van Gogh en su álbum «A las 5 en el Astoria» la canción «Jueves».

¿El Padre, el Hijo o el Espíritu Santo?

El Espíritu Santo. Porque es quien hace posible que hoy pueda acceder a Jesús y a los hermanos de manera nueva y creativa.

¿Tu personaje y tu versículo favorito de la Biblia?

Jonás me cae muy bien. Y del texto Rm 8,38-39.

¿Qué situación/conflicto/problema del mundo te duele especialmente?

Actualmente me llama mucho la atención lo agotada que está la democracia y partidos políticos en los países y cómo las personas se van decantando por opciones cada vez más radicales.

¿Dónde te resulta muy fácil encontrarte con Dios?

En la música y los cantos. En las películas. En su Palabra. En la Eucaristía.

¿Lo más top que has aprendido de Jesús?

Que más allá de mis meteduras de pata y errores siempre está ahí para mí.

¿Qué es lo que más te gusta de Guada?

La libertad, el estilo.

¿Cuántas veces has ido a misa en las últimas 4 semanas?

No las he contado pero normalmente celebro cada día.

¿Canción favorita de misa?

Nada nos separará del amor de Dios.

Conoce a Marco Antonio Fájer MSpS

¿Dónde naciste y cómo fue tu infancia?

Nací en la ciudad de México el 21 de agosto de 1961, soy el segundo de cinco hijos (cuatro varones y mi hermana, la menor). Por diversas razones vivimos en diferentes ciudades del país. Por ello, desarrollé la capacidad de adaptarme a climas y situaciones, aunque me afectó en hacer vínculos estables.

En casa somos fanáticos del fútbol (tanto soccer como americano), del atletismo y en general de los deportes.

Desde pequeño crecí en una familia muy involucrada en espacios de Iglesia. Nací en una familia ya orientada a vivir el Vaticano II y fui creciendo desde los 9 años en El Altillo (Capilla de los Misioneros) en un vínculo con los Misioneros del Espíritu Santo. Hasta que entré en la Congregación a los 21 años. Me encontraba estudiando Derecho en la universidad.

¿Desde cuándo conoces a los Misioneros del Espíritu Santo, cuándo y por qué quisiste ser uno de ellos?

Los comencé a conocer a los 9 años, estuve en diversos grupos de la Capilla de Altillo. Desde FEF (familia educadora en la Fe, movimiento que mis padres ayudaron a fundar); CUVIC (centro universitario de vida cristiana), MJC (movimiento de juventudes cristianas), Apostolado de la Cruz juvenil, y participé en equipos de misiones con los misioneros del Guadalupe (en tres años, de la edad de 12 a 15 fui de misiones a zonas de montaña con indígenas, lo cual marcó mi experiencia de Dios).

¿Dónde estabas y qué hacías el año pasado por estas fechas?

Trabajaba en Panamá, era párroco y superior de comunidad. Lo fui durante el tiempo que duró el Proyecto. Acabábamos de tener la Asamblea parroquial.

¿Qué es lo que más te ha sorprendido de la Parroquia de Guadalupe de Madrid y de la ciudad de Madrid?

Me ha llamado la atención de la parroquia su perfil de comunidad acogedora, que busca brindar acogida a todos(as) y ayudar a que tengan una experiencia de Dios y fraterna. También que existe un proceso pastoral que privilegia la experiencia de comunidad, con una liturgia elástica (no acartonada).

Madrid es una ciudad hermosa, viviendo una transición de su dinámica vial, de sus espacios públicos. Digna capital de España.

¿Qué esperas de tu nuevo destino?

Hacerme hermano, vivirme compartiendo, aprendiendo mucho de los españoles y feligreses. De mi comunidad de Misioneros irme integrando y haciendo equipo.

Creo que el estar en este nuevo contexto cultural es una gran oportunidad de crecer y compartir, de recuperar raíces culturales que he tenido dormidas y por otro lado redescubrir a Dios en los españoles y su cultura.

Y ahora una ronda rápida:

¿Estudias o trabajas?

Trabajo…

Si pudieses elegir cualquiera ¿Cuál sería tu profesión ideal?

Estoy donde quiero estar y muy satisfecho. Soy feliz en mi vocación como religioso.

¿Qué pequeño placer de la vida te hace más feliz?

Leer y pasear por el campo, dejarme afectar por la naturaleza. Estar conmigo mismo en serenidad y silencio.

¿Qué persona (famosa o no) te inspira mucho?

Jesucristo…

¿Qué superpoder elegirías tener?

La compasión…

¿Un libro que recomendarías a todo el mundo?

Sinceramente la Biblia, de otro talante Los Miserables de Víctor Hugo.

¿Tienes peli favorita?

La Misión y el Gladiador.

¿Una canción a la que estés bastante enganchado últimamente?

Ninguna en especial…

¿Un álbum de música que te haya marcado?

Quizá los 10 años de éxitos de Celine Dion.

¿El Padre, el Hijo o el Espíritu Santo?

Los tres, cada uno en su peculiaridad.

¿Tu personaje y tu versículo favorito de la Biblia?

Gal 2, 19-21.

¿Qué situación/conflicto/problema del mundo te duele especialmente?

Son dos: La manipulación de la Posverdad y la degradación tan grande de los Derechos Humanos (trata de personas y Ecología principalmente).

¿Dónde te resulta muy fácil encontrarte con Dios?

En tres grupos de personas: el pobre, el joven y el enfermo.

¿Lo más top que has aprendido de Jesús?

No juzgar para acoger.

¿Qué es lo que más te gusta de Guada?

Su capacidad de acoger a todos.

Un lema hecho canción

Por tercer año consecutivo, nuestro párroco Fernando nos pidió poner música al lema decidido por el Consejo Pastoral en el mes de junio. El lema era: “Escucha. Ora. Transforma”. Además, Fernando nos indicó varias categorías adicionales que habían inspirado el lema: “pueblo sacerdotal, procesos y santidad y compromiso de solidaridad”.

Con estos datos me puse a trabajar. Lo primero que hice fue enfrentarme al lema sin ideas preconcebidas: Escucha. Ora. Transforma… Tres palabras. La primera idea vino rápidamente: el compás de la canción debía tener estructura ternaria, en este caso 12/8. Después, sentí que el lema nos exhortaba, nos empujaba. La tonalidad mayor era la mejor opción.

Empecé a probar acordes sobre las tres palabras, dos acordes por palabra. Los mismos en las dos primeras, pero al llegar a “Transforma” me pedía cambiar, transformar. Por eso ahí cambié los acordes. En la estrofa también introduje una modulación para reforzar ese aspecto de transformación. Por otro lado, el “tempo” debía ser solemne, ni rápido, ni lento, para que pudiera cantarse a coro y por toda la asamblea. Lo importante era que el estribillo fuera sencillo y que contuviera el lema, pensando que no siempre se cantará con estrofa.

Y finalmente, la letra de la estrofa desarrolla las categorías adicionales indicadas por el Consejo. Aquí puedo decir que fue el Espíritu Santo el que inspiró la letra tras varios días en los que por mí mismo era incapaz de juntar palabras.

Una vez compuesta la canción, grabé los instrumentos y la voz solista en el estudio. Para la grabación de los coros de la canción, convoqué a los componentes de coros de la parroquia que los grabaron en el salón de coro durante una tarde. Tras los retoques finales, la canción estaba lista para presentarla en la Eucaristía de inicio de curso, y para ser publicada en la web de la parroquia, donde ya la habéis podido oír desde hace un tiempo.

Espero que la hagáis vuestra y la disfrutéis.

Mi casa noruega

Guadalupanos por el mundo

En esta ocasión nos desplazamos al frío norte de Europa, de la mano de Inés, David y Román.

Mi casa noruega

Somos Inés, David y nuestro hijo Román de 2 años recién cumplidos. Somos de la comunidad Tabish, y llegamos a Stavanger (Noruega) hace 2 meses  y pico.

Recuerdo la cara de David cuando, algún día de finales del pasado mayo, vino hacia mí con unos papeles en los que su empresa daba una pequeña introducción para nuevos expatriados. No se me podrá olvidar ese gesto suyo, con los ojos brillando de impaciencia e ilusión, y la boca apretada, deseando compartir la noticia conmigo. Por fin, después de unos cuantos meses de espera e incertidumbre, estaba confirmado, nos íbamos a vivir fuera.

Concretamente a Stavanger, la cuarta ciudad de Noruega en cuanto a población (con 130.000 habitantes aproximadamente), al suroeste del país.

David llevaba ya tiempo con el come-come de irnos fuera, pero a mí siempre me había producido cierto rechazo… No sé, supongo que el miedo a salir de tu zona de confort. Y tiene gracia, porque ha sido ahora, ya teniendo a Román, cuando me he animado a emprender esta aventura. Digo que tiene gracia porque parece que con niños todo es más complicado, y en parte sí, en términos logísticos sobre todo, pero por otra parte, a raíz de ser mamá, he descubierto en mí una fuerza y una confianza de la que no era consciente.

Recuerdo también que desde que David me planteó seriamente la posibilidad de irnos, e hicimos ese pequeño “proceso de discernimiento”, hubo un momento en el que me dije a mí misma algo así como: “Bueno, igual no tengo que darle tantas vueltas. Después de todo, donde estén David y Román, estará mi casa.” Y así nos animamos a comenzar el proceso.

Como digo fueron varios meses, desde que David empezó a mover el tema en su empresa hasta que nos dieron la confirmación, y en ese tiempo intentaba no pensar mucho donde me estaba metiendo, sino vivir mi día a día lo más presente posible, pero reconozco que en muchos momentos me invadían las dudas sobre la decisión que habíamos tomado…

Finalmente, después un mes de agosto de bastantes gestiones, de vaciar nuestra casa de Madrid, despedir a nuestras familias y amigos, y yo pedir una excedencia en el trabajo, cogimos dos aviones y llegamos aquí, el 1 de septiembre.

Han pasado casi tres meses, y me parece que fue hace muchísimo más…  Después del primer mes en el apartamento temporal, encontramos una casa que nos gustó mucho, al lado del puerto y cerca también de la oficina de David, y nos decidimos a alquilarla. Tuvieron que pasar un par de semanas más hasta que llegó nuestra mudanza de España. Esto fue curioso, porque cuando llegaron nuestras cosas tuve una sensación de alegría, pero también de extrañeza, porque en el fondo me di cuenta de que no necesitaba todas esas cosas tanto como pensaba.

Es raro lo de estar fuera. Durante el primer mes aquí miraba muchísimo el whatsapp, llamaba a la gente casi a diario… como para seguir conectada lo más posible a todos aquellos que aprecio y quiero, y después ha llegado un momento como que siento que tengo que tomar contacto con la realidad en la que ahora me encuentro, crear otros vínculos, ir tejiendo nuevas relaciones con la gente que me rodea; en nuestro nuevo barrio, en la nueva escuela de Román, con los otros expatriados que vamos poco a poco conociendo aquí…

Supongo que las relaciones con nuestros amigos de España y nuestras familias se irán “recolocando”, por decirlo de alguna forma… y esto por una parte me da pena, porque siento que ya no estoy allí, viviendo las cosas con la gente de primera mano, pero por otra creo que es una gran suerte, el tener gente allí que nos quiere y nos echa de menos, y a la vez ir creando una nueva red aquí, con gente y experiencias que nos enriquecen.

La vida aquí en Noruega es bastante tranquila y familiar. La gente no sale más tarde de las 4 del trabajo por lo general, por lo que tienen tiempo para dedicarles a sus hijos, a su casa… Esto es casi lo que más nos atrajo para decidirnos a venir, porque en Madrid a menudo teníamos la sensación de estar siempre liados, con planes y gente a la que ver, y que descuidábamos bastante el tiempo para cada uno de los dos, para la pareja, y para estar juntos los tres.

Y creo que también, al decidir venirnos, había un deseo por mi parte de abandonarme un poco a lo que la vida me quisiera traer, y dejar de controlar tanto todo… De dejarme hacer por Dios, e ir descubriendo poco a poco en qué puedo ser feliz aquí, en qué puedo ser útil a otros, cómo puedo colaborar a construir su reino en la tierra…

Siento que somos muy afortunados, y que el estar aquí es una experiencia que nos va a aportar muchas cosas y nos va a hacer crecer como personas y como familia.

También pienso a menudo desde que hemos llegado, desde que me he convertido en extranjera en otro país,  en todos nuestros hermanos que emigran, pero por otros motivos bastante diferentes, porque huyen de la guerra, la pobreza o la persecución… Hermanos y hermanas que se ven forzados a abandonar sus hogares, sin saber si algún día volverán a esa tierra que les vio crecer, que se dejan la vida muchas veces en el mar, en un viaje con final incierto para ellos y ellas…

Le doy las gracias a Dios por la inmensa suerte que tengo, por el gran privilegio de no haber vivido en mi país de origen la guerra, y de haber podido decidir libremente el irnos a vivir a otro lugar, sabiendo que hay una familia, unos amigos y una comunidad cristiana que nos recibirán con los brazos abiertos cada vez que vayamos a Madrid.