
La primera vez que escuché hablar de este sínodo se empezaba invitando a mirar el logo. Las reflexiones que evoca esta imagen definen bastante bien lo que han sido estos meses: diferentes sensibilidades hablando, aportando y escuchándose para compartir vivencias y el sueño de una Iglesia en camino.
En el logo vemos una Iglesia diversa encabezada por las personas más pequeñas, probablemente inocentes, soñadoras… Las imágenes reflejan diferentes culturas, edades, situaciones vitales; las figuras eclesiales se encuentran en medio, ni delante ni detrás, alejándose de las visiones más tradicionales: deben dirigir o deben pastorear, son uno más en este grupo que camina junto.
Todas estas personas quedan protegidas por un árbol, el Espíritu, el viento, un abrazo, una paloma… Interpretaciones, he escuchado muchas; pero todas implican una vivencia de la Ruah. Una joven de Guadalupe, en la jornada que celebramos en torno al sínodo, llamaba la atención sobre el perfil de todas las personas del logo, este borde es del mismo color que aquello que nos inspira, nos iguala a todos y a todas.
Creo que esto es el sínodo y que así lo hemos vivido quienes nos hemos animado a participar en esta invitación que hace Francisco; invitación que resulta un punto de inflexión en las nuevas formas de entender la Iglesia. De alguna manera se recupera todo el trabajo que ya se realizó en los años 70 en torno al Concilio Vaticano II.
Muchas comunidades de Guadalupe han participado y han enviado sus aportaciones a la diócesis de Madrid; de esta manera nos hacemos partícipes de la Iglesia que somos y de la Iglesia que queremos.
Tuve la suerte de estar presente en el diálogo que se generó en la PJV. Participaron cerca de 20 jóvenes y también se acercaron algunos adultos que contribuyeron en este espacio de encuentro al que nos invitan desde el Vaticano. En esa sesión salieron inquietudes de todo tipo; no obstante, si tuviese que resumirlo, diría que se pide una Iglesia de Evangelio.
Desde la PJV se hace una mirada crítica sobre una Iglesia que muchas veces se queda anticuada, que es paternalista, que excluye sensibilidades femeninas y del colectivo LGTBIQ+; incomoda una Iglesia encasillada en unas tendencias políticas, en unos valores que quedan lejos de las inquietudes que nos mueven en la vida; también se reconoce una Iglesia dinámica, que sólo puede avanzar si nos hacemos cargo, si aportamos, impulsados por la Ruah, nuestro granito de arena.

En este grupo sinodal salieron muchas peticiones, sueños, concreciones, la gran mayoría apoyándose en una mayor libertad evangélica, esa que genera vida y que se basa en los valores del Evangelio: amor, respeto, servicio, humildad, sencillez, coherencia.
Creo que lo que más destaco de los diálogos que he presenciado en torno al sínodo es que éste nos importa, que tenemos algo que decir, que sentimos la Iglesia como nuestra y que este tipo de propuestas hace que nos sintamos parte de algo vivo.
El Papa Francisco compara la Iglesia con un poliedro: donde cada cara puede ser diferente, tienen distancias diferentes con el centro, no hay uniformidad, hay aristas, incluso caras opuestas, pero todas ellas forman parte de un mismo cuerpo, de un mismo sólido. Insiste el Papa en la diferencia de un poliedro con una esfera, exclamando que el Espíritu Santo no crea uniformidad. La Iglesia no debe ser uniforme ni debe pretender que todos sus miembros sean iguales entre sí, debe buscar la unidad en la diversidad; porque queda claro que sin diversidad no hay encuentro; que cada vivencia aporta, porque Dios nos llama a cada una y a cada uno por nuestro nombre, en nuestros lenguajes.
No quiero dejar de poner en valor el trabajo que se está realizando es verdaderamente indicativo que para preparar el documento de trabajo del sínodo, no sean unos pocos lo que deciden qué preocupa hoy en la Iglesia, si no que tantos fieles se hayan embarcado en esta consulta que busca es ese “caminar juntos”. oda aportación es importante, no se requiere una representación mínima ni cumplir unos requisitos: una muestra de que la lógica de Dios es otra.
Este mes se ha publicado el primer documento oficial en el que se habla del sínodo, sin apellidos, lo cual es una prueba de que esta nueva forma de caminar de la Iglesia ha venido para quedarse: el sínodo ya es de todas y todos, no sólo de los obispos, ya no.
Para terminar, quiero recoger lo que dice Francisco: “Las palabras clave del Sínodo son tres: comunión, participación y misión”. Una invitación a participar de esta Iglesia Sinodal, a sentirse parte de algo que nos transciende a cada creyente, a compartirlo en este contexto de fraternidad universal y a hacerlo vida;a sabernos enviadas y enviados a construir Reino.
Miri Pons

Me alegro muchísimo no haberme confirmado antes. Doy gracias a Dios por el camino recorrido. Ahora es el momento en el que estoy plenamente convencida que la Iglesia es mi hogar. Agradezco infinitamente a Josué, a David, y a Diego la extraordinaria formación. Ellos, y mis compañeros confirmandos, han sido un regalo de Dios. Voy a echar de menos nuestras reuniones, en las que entraba adormecida, y salía con el alma despierta. 






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Aunque no hicimos nuestra entrada a lomos de un burro ni coreados por estruendosos hosannas, nuestra llegada a las faldas del embalse del Atazar no esperó a la impuntualidad propia de esta iglesia en forma de sombrero que es tan nuestra, y el autobús serpenteó hasta las puertas de la casa a las 20:30 del viernes 8 de abril. Tras unos juegos introductorios – aún pareciera que hubiéramos viajado en el tiempo a una era pre-pandémica -, la cena y el reparto de habitaciones tejieron un primer contacto con la realidad de la Pascua. De igual modo que Jesús necesitó adaptarse a su entrada a Jerusalén, también nosotras dedicamos una oración de bienvenida para descalzarnos a la entrada de la Pascua, y dejar en el descansillo los zapatos llenos de prisa cosmopolita. Incluso para aquellos que aún no se habían atrevido a descalzarse, el juego de quitar el zapato iba a hacer su magia, sustituyendo el acelerado ritmo madrileño por la prisa del que corre sin pretender llegar a ningún sitio. Josué y Juan Rodríguez protagonizaron una batalla épica en el juego del zapato, un David contra Goliat al que iban a seguir juegos entre hermanos, amigos, y aquellos que, tras dos años de pandemia, habían sido hasta el momento casi completos desconocidos.
Una vez terminada la comida, los 
La Pascua se cerraría el lunes con una oración en la que cada
Hace dos meses, en abril, tuve la oportunidad de asistir a la Pascua de la Pastoral Juvenil Vocacional (PJV) en el Atazar. Siendo alguien que no llevaba ni tres meses en la parroquia, llegué a la Pascua sin saber muy bien qué esperar. Conocía a mi grupo, a mi APJ y a alguno de los mayores, pero del resto de las personas que fueron sabía el nombre de alguno y poco más. En mi favor diré que no era la única, ya que en los dos últimos años no se había podido realizar esta salida, por lo que varios de nosotros no sabíamos quiénes eran algunas de las personas con las que íbamos a pasar los próximos cuatro días. Por ello me sorprendió enormemente el sentimiento de unión y de previo conocimiento mutuo hubo nada más llegar al lugar. A pesar de la diferencia de edad entre los más pequeños y los mayores, se formó un grupo muy variopinto y alegre. Personalmente, algunos de los momentos más divertidos y que fomentaron el sentimiento de pertenencia fueron las comidas, especialmente con el juego de los Hombres Lobo, el cual dio un toque de competición y de humor a esos días. Se formaba un ambiente muy animado en el que veías a todo el mundo compartiendo experiencias o pensamientos con la persona que tenía al lado como si la conociera de toda la vida. El sentimiento de acogida y aceptación como una más que experimenté fue algo precioso y que agradecí muchísimo.

Supongo que al ser mi primera Pascua y convivencia siempre tendrá un significado especial para mí. Pero también es cierto que después de dos años con el COVID-19 en los que no se había podido celebrar la Semana Santa de una manera relativamente normal, esta salida ha tenido un significado especial para todos. De verdad, espero vivir más de estas Pascuas y con la misma ilusión con la que he pasado la primera.