Mi bautismo de fuego

“El agua nos purifica, nos limpia, nos prepara; pero el fuego arde, nos quema, nos consume. Si uno no muere, si no arde en llamas, no podrá renacer. Esa es la ley.”

                                                                                     Pablo D’Ors. Biografía de la Luz.

Me llamo Teresa Martín, nací en Madrid hace 54 años en el seno de una familia que ahora se llamaría “disfuncional” a lo que añadiría el calificativo de, cuanto menos, excéntrica.

  Crecí bajo la influencia de una mezcla de espiritistas, echadores de cartas, sacerdotes desencantados, obligada a la lectura de textos sobre fenómenos paranormales, y misa de domingo en la que mi madre “deleitaba” a todos los asistentes cantando con voz grave y a todo pulmón. No era consciente de las miradas asesinas del coro, pero yo sí , y ello me provocaba vergüenza y culpa por enfadarme con ella. Mi momento maravilloso eran los cinco minutos al acabar la misa en la que me quedaba en silencio en el banco.  Silencio dentro de mí y fuera de mi. Si no hubiera sido por ese tiempo, habría aborrecido ir a misa. 

En esa mezcolanza crecí, y contra todo pronóstico, me decanté por la lectura apasionada del Antiguo Testamento más que por historias de ovnis y fantasmas. Renunciaba a los recreos del colegio por leer mi adorado libro de Historia Sagrada. No asistía a un colegio religioso, por lo que las lecturas bíblicas me aterrorizaban al no entenderlas. Para mí la existencia de Dios era la mayor certeza de mi vida, aunque ese Dios me sobrecogía el alma. 

De los doce a catorce años asistí a un colegio religioso. La experiencia fue nefasta. Las monjas nos trataban mal;  entre ellas se trataban mal. De repente, toda mi idealización de vivir en una comunidad religiosa se vino abajo. Pero el Espíritu siempre hace de GPS y me llevó a un campamento de Misioneros Mundo Nuevo en Silos. No me lo podía creer. Fe vivida con alegría y canciones en medio de la naturaleza. Música y naturaleza, siempre me han llevado a Dios por el camino rápido. Me conectan con Él en nanosegundos.

A los diecisiete años me fui a estudiar bachillerato a Estados Unidos. Ahí descubrí a Jesús de Nazaret. Lo descubrí en las enseñanzas de cuatro horas que duraba la misa dominical de distintas iglesias protestantes, y lo descubrí en acción a través de distintas personas que lo vivían como el centro de su vida,  con una fe comprometida, ayudando al prójimo como los mejores samaritanos que haya conocido. Esa experiencia me marcó. Todo cambió y  Dios pasó de ser un Dios que impregnaba toda mi vida y al que rendía un temor reverente, a Jesús: Jesús que me deja libre, que está ahí cuando acudo a Él, que no me ahoga con su existencia y me hace feliz y a la vez me impulsa a hacer felices a otros.

A la vuelta a España descubro con pesar que mi familia vive bajo la influencia de un chamán, que decide sus vidas y al que se consulta cualquier decisión. Y siendo hija de mis padres, para mí no había opción. Estudié derecho contra mi deseo vocacional de estudiar psicología, me incorporé con dolor al despacho de mis padres y me vi obligada a seguir los dictados autoritarios del chamán, que impregnaba sus consejos de una falsa espiritualidad y amenazas de que, de no hacerle caso, caerían sobre tu cabeza plagas peores que las de Egipto. No obstante, nunca dejé de asistir a la iglesia, me casé, mis tres hijas se bautizaron, hicieron sus primeras comuniones y asistíamos a misa con regularidad. De nuevo, mis mejores momentos eran cuando podía entrar en un templo fuera de misa. En silencio. Estar ahí. Sin más. Replegada en mi interior. Bajo la atenta mirada del Padre.

Fueron años muy duros, de árido desierto. La convivencia laboral con mis padres era fuente perpetua de sufrimiento. Lo peor para mí era que había perdido mi conexión espiritual. Nada tenía sentido. En ese momento de mi vida, por inspiración del Espíritu, retomé el contacto con mi amiga Mercedes, mi hermana espiritual. Empezamos a acudir a un centro budista. El silencio, la meditación, las enseñanzas, me devolvieron las ganas de vivir. Estuve muchos años asistiendo al centro. Jamás encontré problema alguno para seguir considerándome cristiana. Fue fácil adaptar sus enseñanzas a mi tradición religiosa; si hablaban de Buda yo pensaba en Jesús, si era sobre Tara, yo pensaba en Madre María. 

La influencia que ha tenido el budismo en mi vida ha sido inmensa. Me rescató de un pozo de depresión, me dio fuerzas para salir del influjo del chamán, y hasta me dio una nueva profesión. Después de 27 años como sufriente abogada, reorienté mi vida a enseñar meditación cristiana ayudándome de cuencos tibetanos en un colegio religioso. Doy clases a profesores, familias y niños.

El budismo me ha acercado al cristianismo con la fuerza del convencimiento profundo. Me ha ayudado a entender todo aquello que por mi falta de una formación cristiana adecuada me atemorizaba. Cuanto más acudía a las enseñanzas budistas, más me acercaba a Jesús, al Espíritu Santo. Como dice el maestro budista  Thich Nhat Hanh:

“ Con la energía de la plena conciencia podemos ver profundamente. Y con el Espíritu Santo, también. El ser consciente es la energía del Buda. El Espíritu Santo es la energía de Dios. Ambas energías tienen la capacidad de hacer que estemos presentes, plenamente vivos, que comprendamos y amemos profundamente”

En el año 2019 inicié una búsqueda desesperada de una iglesia donde esta “hereje” pudiera encajar. Mis relaciones eclesiales habían sido con sectores de la iglesia muy tradicionales que no cuadraban con quien soy.  

Una serie de “causalidades” orquestadas por el Espíritu, me llevaron a un retiro de silencio  con Los Amigos del Desierto, fundado por el  claretiano Pablo D’Ors. Me cambió la visión. Descubrí que la Iglesia es variadísima, y en ella cabemos todos. Rogué al Espíritu; me llevó a Guadalupe. Yo sólo pedía una iglesia abierta y me dio a mi familia de la comunidad cristiana a la que pertenezco: Ruah.

Me alegro muchísimo no haberme confirmado antes. Doy gracias a Dios por el camino recorrido. Ahora es el momento en el que estoy plenamente convencida que la Iglesia es mi hogar. Agradezco infinitamente a Josué, a David, y a Diego la extraordinaria formación. Ellos, y mis compañeros confirmandos, han sido un regalo de Dios. Voy a echar de menos nuestras reuniones, en las que entraba adormecida, y salía con el alma despierta. 

Recuerdo con emoción el día de mi boda. Sabía que no sólo me comprometía con mi marido, que lo hacía con Dios también. El 11 de junio de 2022, sentí que me casaba de nuevo en mi Pentecostés. Fui bautizada con el fuego del Espíritu Santo, deseando arder de amor a Dios por siempre. Dios, mi fuente; Jesús, mi camino; Espíritu Santo, la energía de los dos obrando en mi vida. Amén.

Teresa Martín. Comunidad Ruah.