Comunidad Epheta

Esta gente de la foto es la Comunidad Epheta. Si contáis detenidamente veréis que ahora somos 17 miembros y miembras, pero hemos llegado a ser 20 o 22. Bueno, en realidad, hay más ephetianos por el mundo, pero ellos no lo saben.

Epheta significa “ábrete” en arameo, y aparece en el Evangelio en boca de Jesús para liberar, discretamente, a una persona tartamuda y sorda, lejos del espectáculo milagroso que esperaba presenciar la multitud.

De la misma manera, podríamos decir que nuestra comunidad es ese espacio donde aprendemos a escuchar y compartir la vida con pausa, al margen del ruido y las prisas de nuestro día a día, gracias al Espíritu que nos mueve desde el interior de cada una.

Bueno, lo de compartir la vida es fundamental en Epheta, ahora, lo de que sea con pausa, pensándolo más despacio, ya es otro cantar. La vida tiene su propio ritmo y eso es una cosa que en nuestra comunidad tenemos muy interiorizado. Hay que dejarla fluir y adaptarnos a la música que nos vaya marcando, aunque a veces nos cambie el compás y demos un traspié. Para eso estamos en comunidad, para que los que en ese momento han “pillao” mejor el baile, nos ayuden a recuperar de nuevo el paso.

Somos el resultado de una red de amistades tejidas durante muchos años y eso nos hace fuertes en lo afectivo. Hemos compartido mucha vida, buenos y duros momentos, y no dejamos de aprender cómo aceptar al otro y cómo cuidarlo, aunque no siempre sea fácil. Eso es muy importante y más ahora que nos acercamos a unas edades “maravillosas” en las que, además de necesitar gafas, nos va a hacer falta incorporar otras herramientas, entre las que destacan la  paciencia y la sabiduría para convivir: ¿quién nos va a aguantar mejor que un hermano de comunidad que ya se está poniendo igual de insoportable que nosotros mismos?

A pesar de la acumulación de experiencias que no de años, las ephetianas (alternaremos femenino y masculino, tal y como hemos aprendido en nuestros cursos intensivos de feminismo), como las cazadoras-recolectoras, tendemos a involucrarnos en aquellos ámbitos donde nos movemos; trashumantes y despiertas, somos malas espectadoras. Es verdad que el único proyecto que compartimos la práctica totalidad de nosotros es Guadalupe, pero la variedad de compromisos individuales o colectivos, dentro y fuera de la Parroquia, nos enriquecen.

Somos una comunidad que, como otras muchas, se dispersa cuando se centra demasiado en sí misma y se pone en movimiento cuando toma contacto con la realidad.

Hablando de movimiento, una de las tradiciones más bonitas que mantenemos es la del Camino de Santiago. Este año será la octava edición y el modelo está ampliamente aceptado por todos o casi todos: 3 días de caminata con un efecto entre milagroso y preocupante, pues solemos volver con unos cuantos kilos de más. Incomprensible después de tanto ejercicio. Debe ser que tenemos que reducir las pausas que decíamos antes o nuestra curiosidad por los productos y tradiciones populares.

 En lo que se refiere a nuestra espiritualidad compartida, estamos en búsqueda, respetando siempre la diversidad de sensibilidades y, sobre todo, las dudas que a unas detienen y a otras espolean para seguir adelante. Guadalupe ha sido y es el marco (sin alusiones a ningún “mispi”, en particular) de nuestra libre elección por el seguimiento de un Jesús de Nazareth que no deja de interrogarnos desde la sencillez y claridad de su mensaje. Con el tiempo, a ese marco le hemos ido añadiendo otros referentes que suman y no restan, y que merece la pena mencionar: el silencio, la naturaleza, la contagiosa experiencia de nuestras hermanas de Suesa, el acercamiento a situaciones de dolor o injusticia.

No muy lejos de la espiritualidad, otra mirada que transforma la realidad y de la que nos servimos para contemplar la vida, es el sentido del humor. Nos gusta la fiesta, quizá en exceso, somos ruidosos, escandalosas, nos gusta cantar, aunque ya no afinamos como antes, incluso bailar, y contar chistes malos, aunque nuestros hij@s puedan sentirse un tanto avergonzad@s por todo ello.

No en vano, somos una mezcla explosiva, casi como el arca de Noé, pues contamos con varias exóticas “parejas”: dos fotógrafos, uno nipón y otro patrono de su barrio; una argentina de Córdoba y una de Córdoba que no es argentina; dos de Jaén, Jaén; un “gato” y un manchego, dos maestras, dos abogad@s, dos jubilad@s, dos arquitect@s, dos parad@s que no paran, un cardiólogo y un vendedor que no son pareja, pero que suman dos. En fin: un “guirigay” como la vida misma. Pero esto no acaba aquí. Nuestra comunidad  sigue creciendo, fundamentalmente en número de nietos. Tener un nieto está de moda en Epheta. Y ellos y ellas nos recuerdan que la vida continúa y que lo mejor está por venir.