Terminar con la pobreza, mucho más que un sueño

Hablar de erradicar la pobreza en el mundo es algo más que deseo o utopía, es una cuestión de Derechos Humanos. La falta de cumplimiento, su vulneración, el hacer caso omiso de ellos por parte de las personas y los Estados incide en que más de 800 millones de personas en el mundo vivan con graves dificultades de acceso a alimentos, agua potable y saneamientos adecuados.

Cuando nos hablan de pobreza a escala mundial o al nivel de la situación de pobreza en nuestro país o nuestra ciudad, las cifras nos proporcionan datos medibles y reales de una realidad impersonal y anónima, que cobra valor cuando vemos imágenes en telediarios y documentales o nos cuentan testimonios reales de personas concretas.

Los datos, los números, incluso las imágenes, conviven para la mayoría de personas que tenemos un acceso normalizado a los derechos fundamentales,  a una prudente y cómoda distancia de nuestros cotidianos de forma que podamos seguir con lo nuestro, con nuestros compromisos, con las tareas, incluso con las causas justas en las que participemos y gastemos nuestro tiempo. Pero quizás sirven poco para conmovernos de verdad.

En estos días, se celebra el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza en el mundo, un día al año para enfocar nuestra atención en un problema global y común. Un día en el que cientos de redes y plataformas ocupadas y preocupadas por aliviar, combatir y denunciar este escándalo de pobreza y exclusión social, siguen haciendo todo lo posible por sacudir las conciencias individuales y colectivas, ciudadanas y estructurales, movilizando recursos, mensajes, iniciativas que trasciendan a un día concreto.

Pero, ¿qué más puede significar este día? ¿Sobre qué necesitamos tomar conciencia para que erradicar la pobreza sea algo más cercano a nuestras vidas?

En primer lugar, es imprescindible que nos desacostumbremos a convivir con la pobreza como si fuera algo normal, algo que tiene que ser porque siempre ha sido así, algo natural por haber nacido en un determinado lugar o en un grupo humano pobre y excluido.

La pobreza no es algo inherente al ser humano sino la consecuencia de un estilo de vida, de prioridades, de modelos de pensamiento que construyen sociedades donde los Derechos Humanos no se garantizan para todas las personas por igual. La pobreza no es solamente una cuestión económica, es un fenómeno multidimensional que comprende la falta tanto de ingresos como de las capacidades y condiciones básicas para vivir con dignidad. Con frecuencia es consecuencia de la vulneración de derechos.

Las personas que viven en la pobreza tropiezan con enormes obstáculos, de índole física, económica, cultural y social, para ejercer sus derechos. En consecuencia, sufren muchas privaciones que se relacionan entre sí y se refuerzan mutuamente —como las condiciones de trabajo peligrosas, la insalubridad de la vivienda, la falta de alimentos nutritivos, el acceso desigual a la justicia, la falta de poder político y el limitado acceso a la atención de salud—, que les impiden el ejercicio real y efectivo del conjunto de los Derechos Humanos y las libertades fundamentales y perpetúan su pobreza.

En segundo lugar, es necesario que aprendamos a cultivar nuestros sentidos para percibir la realidad del mundo y de las personas no solo desde nuestro epicentro personal y colectivo, sino desde otros muchos y diferentes epicentros que pueden ayudarnos a sintonizar con otras necesidades y perspectivas. Aprender a mirar con los ojos de Dios la pobreza y el dolor nos dispone a vivir con la sensibilidad de la ternura y la misericordia, que se aleja del juicio y el estigma que condena a los demás al otro lado de cualquiera de las fronteras que delimitan nuestras inseguridades, miedos y contradicciones. Es la sensibilidad del cuidado al otro, de la escucha y la acogida como una forma de tocar, respirar, existir.

De esta forma, desde esta perspectiva, brotará en cada uno y en cada una la compasión transgresora capaz de indignarse ante las injusticias y el sufrimiento de los otros, y seguiremos tomando partido por las personas que han dejado de ser cifras y números, para pasar a ocupar un lugar en nuestro corazón.

“Cada cristiano y cada comunidad estamos llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad. Esto nos obliga a cambiar, a salir a las periferias para acompañar a los excluidos, y a desarrollar iniciativas innovadoras que pongan de manifiesto que es posible organizar la actividad económica de acuerdo con modelos alternativos a los egoístas e individualistas” (Instrucción Pastoral Iglesia, servidora de los pobres, ISP 35).

Eva San Martín, Comunidad Shekiná.