
Guadalupanos por el mundo
En esta ocasión nos desplazamos al frío norte de Europa, de la mano de Inés, David y Román.
Mi casa noruega
Somos Inés, David y nuestro hijo Román de 2 años recién cumplidos. Somos de la comunidad Tabish, y llegamos a Stavanger (Noruega) hace 2 meses y pico.
Recuerdo la cara de David cuando, algún día de finales del pasado mayo, vino hacia mí con unos papeles en los que su empresa daba una pequeña introducción para nuevos expatriados. No se me podrá olvidar ese gesto suyo, con los ojos brillando de impaciencia e ilusión, y la boca apretada, deseando compartir la noticia conmigo. Por fin, después de unos cuantos meses de espera e incertidumbre, estaba confirmado, nos íbamos a vivir fuera.
Concretamente a Stavanger, la cuarta ciudad de Noruega en cuanto a población (con 130.000 habitantes aproximadamente), al suroeste del país.
David llevaba ya tiempo con el come-come de irnos fuera, pero a mí siempre me había producido cierto rechazo… No sé, supongo que el miedo a salir de tu zona de confort. Y tiene gracia, porque ha sido ahora, ya teniendo a Román, cuando me he animado a emprender esta aventura. Digo que tiene gracia porque parece que con niños todo es más complicado, y en parte sí, en términos logísticos sobre todo, pero por otra parte, a raíz de ser mamá, he descubierto en mí una fuerza y una confianza de la que no era consciente.
Recuerdo también que desde que David me planteó seriamente la posibilidad de irnos, e hicimos ese pequeño “proceso de discernimiento”, hubo un momento en el que me dije a mí misma algo así como: “Bueno, igual no tengo que darle tantas vueltas. Después de todo, donde estén David y Román, estará mi casa.” Y así nos animamos a comenzar el proceso.
Como digo fueron varios meses, desde que David empezó a mover el tema en su empresa hasta que nos dieron la confirmación, y en ese tiempo intentaba no pensar mucho donde me estaba metiendo, sino vivir mi día a día lo más presente posible, pero reconozco que en muchos momentos me invadían las dudas sobre la decisión que habíamos tomado…
Finalmente, después un mes de agosto de bastantes gestiones, de vaciar nuestra casa de Madrid, despedir a nuestras familias y amigos, y yo pedir una excedencia en el trabajo, cogimos dos aviones y llegamos aquí, el 1 de septiembre.

Han pasado casi tres meses, y me parece que fue hace muchísimo más… Después del primer mes en el apartamento temporal, encontramos una casa que nos gustó mucho, al lado del puerto y cerca también de la oficina de David, y nos decidimos a alquilarla. Tuvieron que pasar un par de semanas más hasta que llegó nuestra mudanza de España. Esto fue curioso, porque cuando llegaron nuestras cosas tuve una sensación de alegría, pero también de extrañeza, porque en el fondo me di cuenta de que no necesitaba todas esas cosas tanto como pensaba.
Es raro lo de estar fuera. Durante el primer mes aquí miraba muchísimo el whatsapp, llamaba a la gente casi a diario… como para seguir conectada lo más posible a todos aquellos que aprecio y quiero, y después ha llegado un momento como que siento que tengo que tomar contacto con la realidad en la que ahora me encuentro, crear otros vínculos, ir tejiendo nuevas relaciones con la gente que me rodea; en nuestro nuevo barrio, en la nueva escuela de Román, con los otros expatriados que vamos poco a poco conociendo aquí…

Supongo que las relaciones con nuestros amigos de España y nuestras familias se irán “recolocando”, por decirlo de alguna forma… y esto por una parte me da pena, porque siento que ya no estoy allí, viviendo las cosas con la gente de primera mano, pero por otra creo que es una gran suerte, el tener gente allí que nos quiere y nos echa de menos, y a la vez ir creando una nueva red aquí, con gente y experiencias que nos enriquecen.
La vida aquí en Noruega es bastante tranquila y familiar. La gente no sale más tarde de las 4 del trabajo por lo general, por lo que tienen tiempo para dedicarles a sus hijos, a su casa… Esto es casi lo que más nos atrajo para decidirnos a venir, porque en Madrid a menudo teníamos la sensación de estar siempre liados, con planes y gente a la que ver, y que descuidábamos bastante el tiempo para cada uno de los dos, para la pareja, y para estar juntos los tres.
Y creo que también, al decidir venirnos, había un deseo por mi parte de abandonarme un poco a lo que la vida me quisiera traer, y dejar de controlar tanto todo… De dejarme hacer por Dios, e ir descubriendo poco a poco en qué puedo ser feliz aquí, en qué puedo ser útil a otros, cómo puedo colaborar a construir su reino en la tierra…
Siento que somos muy afortunados, y que el estar aquí es una experiencia que nos va a aportar muchas cosas y nos va a hacer crecer como personas y como familia.
También pienso a menudo desde que hemos llegado, desde que me he convertido en extranjera en otro país, en todos nuestros hermanos que emigran, pero por otros motivos bastante diferentes, porque huyen de la guerra, la pobreza o la persecución… Hermanos y hermanas que se ven forzados a abandonar sus hogares, sin saber si algún día volverán a esa tierra que les vio crecer, que se dejan la vida muchas veces en el mar, en un viaje con final incierto para ellos y ellas…
Le doy las gracias a Dios por la inmensa suerte que tengo, por el gran privilegio de no haber vivido en mi país de origen la guerra, y de haber podido decidir libremente el irnos a vivir a otro lugar, sabiendo que hay una familia, unos amigos y una comunidad cristiana que nos recibirán con los brazos abiertos cada vez que vayamos a Madrid.