Aunque no hicimos nuestra entrada a lomos de un burro ni coreados por estruendosos hosannas, nuestra llegada a las faldas del embalse del Atazar no esperó a la impuntualidad propia de esta iglesia en forma de sombrero que es tan nuestra, y el autobús serpenteó hasta las puertas de la casa a las 20:30 del viernes 8 de abril. Tras unos juegos introductorios – aún pareciera que hubiéramos viajado en el tiempo a una era pre-pandémica -, la cena y el reparto de habitaciones tejieron un primer contacto con la realidad de la Pascua. De igual modo que Jesús necesitó adaptarse a su entrada a Jerusalén, también nosotras dedicamos una oración de bienvenida para descalzarnos a la entrada de la Pascua, y dejar en el descansillo los zapatos llenos de prisa cosmopolita. Incluso para aquellos que aún no se habían atrevido a descalzarse, el juego de quitar el zapato iba a hacer su magia, sustituyendo el acelerado ritmo madrileño por la prisa del que corre sin pretender llegar a ningún sitio. Josué y Juan Rodríguez protagonizaron una batalla épica en el juego del zapato, un David contra Goliat al que iban a seguir juegos entre hermanos, amigos, y aquellos que, tras dos años de pandemia, habían sido hasta el momento casi completos desconocidos.
El sábado se inauguró con un cielo manchado de amanecer que en pocas horas parecería reluciente al lado de los exoditos. Estos, en un intento de recordar el lado lúdico – que el propio Jesús reivindicaba al afirmar «dejad que los niños se acerquen a mí» – de la Pascua, participaron en una yincana sucia por tribus. Desde galletas resbaladizas, hasta harinas sospechosamente sólidas y guerras de pintura donde el ataque resultó ser la mejor defensa, pasando por quiz bíblico y barro, mucho barro, todo recordaba, desde lo divertido y la carcajada, el camino a Jerusalén de Jesús y el propio de cada uno, de cada una. Al finalizar la yincana, las distintas tribus irían llegando y siendo recibidas por las que ya habían entrado con anterioridad. Aún manchados de pintura, los exoditos se distribuyeron, una vez más por tribus, a lo largo de un prado desde el que se divisaba parte del embalse entre las colinas, como un telón que se abría para dar paso a una obra teatral. En círculos, y recordando los pasos de Jesús, los GPS comenzaron lavando las manos de los más veteranos, los cuales se encargaron de hacer lo propio con los más pequeños, y así sucesivamente, en una cadena que simbolizaba la misma acogida que buscamos en Éxodo, una cascada en la que el papel de abrazar e integrar, el papel de servicio, recaiga en todos los miembros de las tribus.
Una vez terminada la comida, los exoditos recordaron el momento de Getsemaní en la capilla, con la lectura y el visionado de un extracto de una película para que pudieran conocer de una forma más visual cómo fue el momento que vivió Jesús, y poder relacionarlo con sus propios Getsemaníes, con sus propias dudas y su propia soledad. Cada uno elaboró con palitos e hilo su propia cruz que simbolizaba aquello que deseaba dejar morir en el Vía Crucis, esa mochila que ya no le merecía la pena cargar en el camino. Este mismo Vía Crucis comenzaría caída la tarde, y conduciría a los exoditos por diversas estaciones en las que conocer la senda que atravesaron no solo el propio Jesús, sino todos aquellos que lo querían y lo vieron sufrir. De esta forma, una de las estaciones consistió en pedir a los exoditos que enunciaran en voz alta el nombre de sus madres y recordar así el sufrimiento de María. En momentos de introspección individual , como aquel en el que reflexionaron sobre sus caídas, y otros de reflexión colectiva, como ese otro en que compartieron sus cruces con una pareja, cargando recíprocamente las que habían elaborado en el Getsemaní, los y las exoditas se acercaron a los caminos que hoy recorren miles de personas en el mundo, no siempre tan lejos y no siempre hace tanto tiempo, sino, en ocasiones, al otro lado de la mesa, en el asiento de enfrente del vagón. El Vía Crucis finalizaría con la adoración a la cruz en la capilla, adoración marcada por un vaivén entre música y silencio ensordecedor. La cena que siguió, ambientada en el momento en que Jesús acababa de marcharse, se desarrolló en silencio, con una luz baja y un clima de respeto.
El domingo surgió de entre la niebla como sin querer, con un halo de tristeza y silencio en la oración en el mirador; esa oración recalcó el sacrificio de Jesús y buscó que todos sintiésemos empatía con la desolación que habrían vivido sus amigos y amigas, que ese día era la nuestra, y que nos acompañaba en los duelos que cada uno vivía en su vida, en los grandes y los pequeños. Los exoditos, aún envueltos en un ambiente de ausencia, contaron con una oportunidad de visitar seis dunas en el desierto, dispuestas en la capilla y acompañadas de seis textos diferentes que pretendían ayudar a la reflexión.
En memoria de un camino que no siempre fue puramente espiritual, sino que se concretó en uno material, tuvo lugar el camino de Emaús esa tarde, una caminata a través del monte que los exoditos completaron acompañados de un compañero/a con la que no tuvieran una relación especialmente estrecha, y con quienes compartieron sus cruces, y los frutos que dejarían crecer una vez tuvieran la capacidad de abandonar aquellas.
Esa noche, los exoditos fueron guiados por sus líderes hasta la hoguera alrededor de la cual se celebró la Eucaristía, que culminó en el canto, la celebración y el baile tras la vigilia, con la resurrección de Jesús rememorada en cada una de las partes preparadas por las tribus. La misma alegría incontenible que llenaría a los discípulos y discípulas de Jesús al saber del destino de este, llenó la noche, a la que no faltó un concurso de talentos que reveló algunos de los dones ocultos de los exoditos, que demostraron ser magos, bailarines, cantantes e imitadores de los GPS de primera categoría. El jurado se decantó por los participantes más benjamines.
La Pascua se cerraría el lunes con una oración en la que cada exodito entregaría un pequeño fuego a una persona a la que agradecer los días vividos en la Pascua. El autobús inició la vuelta al mediodía – Rolando y tres cocineros a la altura agitando la mano desde el muelle en señal de despedida. Un autobús lleno – esperamos – de muchas personas con ganas de llevar la resurrección a lo más cotidiano, a lo más colectivo, a lo más humano. ¿Para qué si no es nuestra fe? – nos preguntamos.
Irene Cebrián Arancibia
Hace dos meses, en abril, tuve la oportunidad de asistir a la Pascua de la Pastoral Juvenil Vocacional (PJV) en el Atazar. Siendo alguien que no llevaba ni tres meses en la parroquia, llegué a la Pascua sin saber muy bien qué esperar. Conocía a mi grupo, a mi APJ y a alguno de los mayores, pero del resto de las personas que fueron sabía el nombre de alguno y poco más. En mi favor diré que no era la única, ya que en los dos últimos años no se había podido realizar esta salida, por lo que varios de nosotros no sabíamos quiénes eran algunas de las personas con las que íbamos a pasar los próximos cuatro días. Por ello me sorprendió enormemente el sentimiento de unión y de previo conocimiento mutuo hubo nada más llegar al lugar. A pesar de la diferencia de edad entre los más pequeños y los mayores, se formó un grupo muy variopinto y alegre. Personalmente, algunos de los momentos más divertidos y que fomentaron el sentimiento de pertenencia fueron las comidas, especialmente con el juego de los Hombres Lobo, el cual dio un toque de competición y de humor a esos días. Se formaba un ambiente muy animado en el que veías a todo el mundo compartiendo experiencias o pensamientos con la persona que tenía al lado como si la conociera de toda la vida. El sentimiento de acogida y aceptación como una más que experimenté fue algo precioso y que agradecí muchísimo.

Supongo que al ser mi primera Pascua y convivencia siempre tendrá un significado especial para mí. Pero también es cierto que después de dos años con el COVID-19 en los que no se había podido celebrar la Semana Santa de una manera relativamente normal, esta salida ha tenido un significado especial para todos. De verdad, espero vivir más de estas Pascuas y con la misma ilusión con la que he pasado la primera.