Un verano a la luz del Espíritu…

Sin saber muy bien porqué, en julio estaba camino a Salónica, una ciudad al norte de Grecia. Los primeros días fueron un absoluto caos viendo distintas ONGs y proyectos locos, coherentes, descabellados… Durante esos días conocí a muchísimos voluntarios que valen su peso en oro. Entregados por la causa, auténticos luchadores. Lo malo de esos días es la cantidad de energía que invertía cada día en cuestiones tan simples como dónde voy a dormir o qué voy a hacer mañana. Sentía que estaba dividiendo mis fuerzas en vez de concentrarlas en lo realmente importante.

Aún no sé muy bien cómo, pero dejando fluir las cosas todo se encauzó.

Acabé llegando al campo de Kalochori-Illiadis por un sinfín de casualidades. Tenía algo que atraía. Sin duda era un autentico paraíso, dentro del infierno. El campo abrió en mayo de 2016, para acoger a parte de los refugiados desplazados de Eidomeni. Desde el inicio, una voluntaria independiente, Diane, decidió que iba a dedicar todas sus fuerzas y dinero en hacer la vida de los habitantes de ese campo un poquito más feliz. Colaborando estrechamente con los militares, a día de hoy siguen empleando cada gota de sudor en conseguir este fin. Desde ese día dejé de conocer tantos voluntarios y empecé a conocer refugiados.

Kalochori-Illiadis es un campo pequeño, de unas 500 personas. Todos sus habitantes son kurdos, de la antigua Kurdistán al norte de Siria. Son una minoría muy reprimida. Les impiden hablar kurdo por las calles y en el colegio, lo que provocan que muchos lo dejen (esto explica porque muy pocos hablan inglés). Odian al gobierno sirio, a los árabes, y están muy entregados por la causa apoyando al ejército rebelde.

El campo consiste en un gran almacén donde están la mayoría de las jaimas. Había 117 y cada una estaba ocupada por una familia, más o menos. El día a día ahí es aburridísimo para ellos. Están hartos de la rutina, sobre todo los mayores. Para los niños al final es como un campamento y con sus risas y juegos consiguen dar algo de alegría al campo. Los baños eran como los que montan en los festivales de música, esas cabinas sin cadena que condensan el olor de toda la jornada. La comida era como la de los aviones. Te hace ilusión comerla una vez, puede que dos, pero llevan cuatro meses alimentándose de lo mismo, y recordemos que no es ni su comida ni los sabores a los que están acostumbrados.

Durante las tres semanas que estuve en el campo ejercí dos “tipos” de voluntariado distintos. La primera mitad de mi estancia la dediqué a estar con la gente. Es una cultura cuyo sentido de la acogida supera mi entendimiento. Te abren la puerta de sus jaimas, sus hogares, en cuanto te ven pasar cerca. Sacan comida, preparan té e intentan comunicarse con su inglés casi nulo. Te ofrecen su mejor pan mientras ellos se toman el del día anterior, o los niños te ofrecen su único zumo de naranja, que les chifla. Avergüenza aceptarlo, así como rechazarlo a la décima insistencia.

Durante ese tiempo me di cuenta que mi misión ahí era acompañar. Daba la sensación que entre ellos estaban tan hartos de compartir miserias que no había nadie dispuesto a escuchar. Una y otra vez oí historias de la guerra, de familiares heridos o fallecidos, vídeos de desfiles militares, el rencor hacia los árabes, historias de explotación, injusticia, huida y desesperanza. Era duro, muy duro. Simplemente podía estar ahí, con el corazón y los brazos abiertos.

Durante la segunda mitad del viaje fui “ascendiendo”. Ya conocía a la gente, en qué jaima había más de 7 personas (por lo que se consideraba familia numerosa), quiénes estaban embarazadas, tenían problemas médicos… Por eso acabé encargándome de las distribuciones. Ya fuesen donaciones de terceros o cosas compradas por Diane, yo me encargaba de repartirlo jaima a jaima. Por lo que me encargaba de “satisfacer” las necesidades más materiales. Durante ese tiempo era mucho más fácil sentirse útil, una lucha eterna y sin sentido, ya que la propia presencia es reconfortante.

Pero la estancia en sí era dura. Mucha carga emocional, trabajo físico (y más al encargarse de la mercancía), poco sueño… Considero fundamental que esta experiencia sea acompañada. Había alguna organización encargada de dar apoyo a los voluntarios. Yo tuve a mis dos compañeras de piso, auténticos ángeles caídos del cielo. Nuestras noches eran terapias de grupo de recuperar lo vivido e intentar crecer con ello.

Y finalmente el viaje terminó. Durante mi retiro para asentar lo vivido me topé con una frase que parecía escrita para mí: «Me marchaba con una sensación de pérdida, incluso con pena, pero al mismo tiempo había algo en aquella partida de consciente huida» (Viajes con Heródoto, Kapuściński).

He aprendido muchísimas cosas en este viaje y quería concluir con dos últimas reflexiones.

En primer lugar, ¿qué me ha movido a viajar ahí? Por irónico que parezca es una pregunta que tuve que responder a posteriori. He escuchado motivos de lo más variados, ya que era una pregunta frecuente cuando la conversación se tornaba más profunda. Cuando me la formularon mi respuesta fue: justicia. Gracias a la lotería natural de la vida, he gozado de todas las oportunidades, privilegios, caprichos que pueda imaginar. Creo que lo mínimo que puedo hacer es invertir mi tiempo, mi verano, mis fuerzas en aquellos que han sido menos agraciados por esta lotería.

Y la otra pregunta, cuya respuesta sigo hallando sería: ¿Y ahora qué? Quiero que esta experiencia no se quede en una simple aventura, sino que de verdad transforme, que no se la lleve el viento. Quiero seguir luchando por su causa, desde mi día a día, desde mis posibilidades. De momento tengo que ser testigo de todo lo observado denunciar las injusticias, remover conciencias… El siguiente paso ya se andará.

Pablo Palomo

Conoce a Oziel, un poco más

¿Dónde naciste y cómo fue tu infancia?

Nací en la Ciudad de México en marzo de 1985, en esa enorme ciudad tuve la dicha de vivir en uno de sus grandes pulmones, una de las zonas donde aún hay bosque. Ese entorno favorecía una vida muy parecida a la de provincia donde cada tarde los juegos con mis primos y vecinos estuvieron enmarcados por una naturaleza privilegiada que se prestaba para correr, “explorar”, trepar arboles, esconderse en ellos, molestar animales y salir corriendo antes que se enfurecieran, etc. Lo que por otra parte no favorecía la responsabilidad académica, pues quién iba querer sentarse a hacer deberes teniendo todo ese mundo de posibilidades recreativas a la puerta de casa. Así, no puedo decirmás sino que tuve una infancia afortunada, la que mejoró cuando tenía 8 años con el nacimiento de mi hermano, uno de los seres que más conozco y amo hasta la fecha.

¿Desde cuándo conoces a los Misioneros del Espíritu Santo? ¿Cuándo y por qué quisiste ser uno de ellos?

Conocí a los M.Sp.S. en el templo de San Felipe de Jesús (en el centro de la ciudad de México, a poco más de una hora de recorrido desde la casa de mis padres) hace 13 años, llegue ahí con una búsqueda ya iniciada. El tema de Dios ya iba resultando de los que sentía que tenía que resolver con urgencia, así que todo lo que aportaba a la causa era muy bueno. Y en San Felipe me encontré con unos sacerdotes muy mayores que escuchaban con atención a las personas y ayudaban a orientar la vida con una perspectiva que superaba una moral de cumplimiento.

Eso me impactó mucho, lo que me hizo ir cada vez con más frecuencia. Por el mismo tiempo tuve oportunidad de ir a una misión en Semana Santa a una región indígena en México en la que el encuentro con la gente sencilla marco mi vida para siempre.  Con esas experiencias y el camino que iba viviendo en la Iglesia, me hacían pensar cada vez de manera más seria: “creo que lo mío es esto de ser misionero”. Con ello me decidí a platicarle a uno de aquellos sacerdotes lo que estaba experimentando, lo que dio pie a iniciar un proceso de discernimiento planteado en términos muy sencillos: “conócenos, déjanos conocerte y vemos que pasa”… y pasó que aquí sigo, y con una experiencia de Dios mucho más viva que la del inicio y con muchas ganas de compartirla.

¿Dónde estabas y qué hacías el año pasado por estas fechas?

Hace un año estaba en la Ciudad de México, en Iztapalapa, una de las zonas con fama de tener concentrados buena parte de los conflictos urbanos de una ciudad de tal magnitud, de modo que desde que llegue pensé que al menos alguna vez me iban a asaltar o algo por el estilo. Sin embargo eso nunca pasó, y estas fechas caminaba con gozo por esas calles sorprendido todavía por el modo de haber celebrado con ellos mi pertenencia para siempre a los MSpS, lo cual nunca terminé de agradecer.

Además estaba comenzando mi último año de formación básica en la congregación, elaborando mi proyecto de tesis y esas cosas con las que hay que cumplir.

 

¿Que es lo que más te ha sorprendido de la Parroquia de Guadalupe de Madrid?

La vida de sus comunidades y que se siente una fe cálida con una identidad clara, de la que al elegir la esperanza (lema de este año) espero surjan frutos muy buenos. Por otra parte, que hay bastante trabajo (risas).

 

Elige la esperanza. Berit

Este curso hasta tenemos canción del lema. Está compuesta e interpretada por Berit.

Aquí tenéis la letra y el enlace para poder escucharla.

No te caigas, no abandones, ama al otro, da tus dones.
No te aflijas, no te rindas, a tu lado tú me tienes.
Sé mis manos, sé mi boca para dar aliento y fe.
Sé mis pies para acercarte al que es tu hermano, al pobre ve.
No tengas miedo, yo estoy contigo.
Elige la esperanza: ¡estoy contigo!
No tengas dudas, elige la esperanza. ¡Eso te pido! ¡Eso te pido!
Sólo confía. Elige la esperanza: ¡estoy contigo!
Tú eres mi obra, eres mis brazos, arranca lo injusto, devuelve esperanza.
Yo estoy contigo, todos los días. Necesito tu fuerza, necesito tu vida.
No tengas miedo, yo estoy contigo.
Elige la esperanza: ¡estoy contigo!
No tengas dudas, elige la esperanza. ¡Eso te pido! ¡Eso te pido!
Sólo confía.
No tengo miedo, tú estás conmigo.
Elijo la esperanza: ¡estás conmigo!
No tengo dudas, elijo la esperanza. ¡Eso te digo! ¡Eso te digo!
Sólo confío. Elijo la esperanza: ¡tú estás conmigo!

 

Dignidad y Solidaridad

Tras este  paréntesis veraniego, continuamos informándoos brevemente de los nuevos proyectos donde hemos destinado vuestras aportaciones.

AMIGOS POR CHALLA (Bolivia).- Está localizado en el altiplano boliviano, en el departamento de Cochabamba, entre 3500 y 5000 m de altura.

Un grupo de personas (todas ellas mujeres) que, a partir de una misión con los Hermanos de San Juan de Dios, entran en contacto con una serie de comunidades del Ayllu de Aransaya (concretamente, Challa Grande, Challa Arriba e Incuyo), donde viven entre 500 y 1000 personas. Los núcleos de Incuyo son sólo accesibles a pie o llama. Personas muy pobres, en condiciones de vida muy precarias, con enormes problemas de desatención médica, educativa, específica de las mujeres, auto-empleo, etc…

A partir de una persona que vive en Challa Grande, la Hermana Graciela Varga, se han ido articulando proyectos posteriores a la misión médica con los Hermanos de San Juan de Dios: aulas multifuncionales, autobús escolar, atención médica y psicológica, dotación de medicamentos especiales, dotación de una ambulancia todo terreno, proyectos sanitarios (agua, letrinas secas), de autoempleo (máquinas de tejer, participación en la construcción del edificio principal) y de fortalecimiento de las instituciones propias de las comunidades del Ayllú.

Es el segundo año que colaboramos con ellos.

Nuestra aportación es 3.500 € para seguir adelante con el acondicionamiento y puesta en marcha de las aulas del piso de arriba en el edificio que ya se construyó hace un par de años, junto a la casa de la Hermana Gabriela, y que presta servicio como consultorio médico, escuela y taller para las mujeres que tejen.

TIERRA FÉRTIL (Costa Rica).- Nueva aportación englobada dentro del Proyecto Tierra Fértil coordinado por nuestro Mispi Nacho Herrera.

Durante el mes de julio solicitó ayuda para la matrícula de tres tutores voluntarios para que se formen en el área de específica de Habilidades para la vida, que es la opción pedagógica utilizada en Tierra Fértil que permite lograr un mejor asesoramiento y actuación profesional con los niños  que se atienden en los talleres.

Nuestra aportación es 750 € euros para su formación.

HOGAR SAN JOSE (Bolivia).- Está situado en la localidad de Warnes, a unos 20 km de Santa Cruz. Atienden a toda la población del Gran Santa Cruz, unos 2 millones de habitantes.

El Hogar San José es el fruto del esfuerzo de un grupo de personas que en torno al Hermano Alirio Henao, un ex-religioso colombiano que lleva muchísimos años en Santa Cruz. Su foco son los chicos y chicas con discapacidades psíquicas y físicas. Todos los que actualmente viven en el Hogar han sido abandonados por sus familias, muchos de ellos son dejados en la misma puerta del Hogar, otros incluso se les ha llegado a encontrar en vertederos. Pese a recibir ayudas del Gobierno Autónomo de Santa Cruz, se encuentran siempre en déficit (alrededor de unos 2500-3000 euros al mes), por lo que no es infrecuente ver anuncios en prensa local solicitando ayuda a la gente de allá. Todo el dinero que llega se utiliza, bien en aulas, bien en becas para los chicos más adelantados que están estudiando oficios, bien en terapias (fisioterapeutas, logopedas, etc…). Tienen algunos voluntarios, pero las necesidades son aún más.

Es el primer año que colaboramos con este proyecto.

Nuestra aportación es 4.000 € que irán destinados a un año de atención médica  y de enfermería así como para terapias específicas de habilitación física.

HACIA UN MODELO DE SALUD INTEGRAL COMUNITARIA GUASTATOYA EL PROGRESO (Guatemala).- Guastatoya es cabeza departamental del Progreso; se encuentra a 73 km de la ciudad de Guatemala. La situación económica de la mayoría de la población  es de un nivel de pobreza y exclusión social realmente alarmantes. En el gobierno impera la corrupción y la impunidad.

Una de las grandes carencias es el sistema sanitario, sin recursos y personal especializado para atender a la población. Las medicinas son muy costosas.

La parroquia Santo Cristo de Esquipulas donde está nuestro Mispi Baltasar, a través de la Comisión Social-Solidaria y la Clínica Parroquial, presentan un proyecto integral de gestión de ambientes más sanos y saludables que promuevan un desarrollo social, cultural, de género y el acrecentar los valores, trabajando en los  ámbitos sanitarios, educativos, sociales y económicos.

Es el primer año que colaboramos con este proyecto.

Nuestra aportación es 5.000 € para la adquisición de equipos médicos para la Clínica Parroquial.

“Mucha gente pequeña, haciendo cosas pequeñas,

pueden cambiar el mundo”

Cambiar la mirada

Cuando se te ofrece la posibilidad de salir de tu zona de confort, un torbellino de emociones te recorre de arriba a abajo. La ilusión, el miedo, las ganas, los nervios se apoderan de ti. Y si en ese momento tienes el valor, y estas lo suficientemente loco, dices que sí; y te sorprendes, pero te sientes bien porque sabes que algo grande está a punto de revolver tu vida para siempre. Y como en toda aventura una buena preparación es imprescindible, por eso pasamos dos fines de semana conociendo, disfrutando, compartiendo y orando, en definitiva, poniendo el corazón a punto para empezar a caminar.

Hoy, sentadas en nuestras casas, podemos decir que Perú nos ha cambiado la mirada. Perú nos ha regalado personas con nombres e historias; nos ha abierto sus puertas y nos ha acogido con los brazos abiertos, como si llevase mucho tiempo esperando nuestra llegada. Y es que cuando te sientes en casa estando tan lejos de ella sabes que algo se ha transformado.

Sin lugar a dudas podemos afirmar y reafirmar que es nuestro corazón el que se ha transformado: se ha ensanchado porque ha conocido el amor, la alegría y los sueños; se ha agrietado porque ha vivido el dolor, la injusticia y el sufrimiento; y ha cambiado su forma porque ha mirado diferente.

Ahora es el momento de llevar todo lo vivido a la rutina, de cambiar nuestras prisas por unos ritmos más peruanos, traer una vida de acogida, de poner rostros y nombres a los olvidados, y de seguir Creciendo Juntos.

Isabel Barbeito / Lucía Arancibia