Donde el Espíritu sopla

Guadalupanos por el mundo

En esta ocasión acompañamos a Pilar Arizmendi hasta Mozambique, desde donde comparte con nosotros su vida allí.

Donde el Espíritu sopla

Todo empezó por un mail del colegio profesional del que formo parte, de esos que suelen ir directamente a la carpeta de eliminados; ofrecían un curso de cooperación con posibilidad de una experiencia en terreno de seis meses. Estaba impartido por una ONG que desarrolla su actividad en el ámbito de ingeniería y tecnología en países del Sur, sobre todo en la lucha por los derechos humanos al acceso al agua y al saneamiento.

Tras un empujón de mi comunidad guadalupana, de mis amigos, de mis compañeros de trabajo, algún que otro “estás loca” y algún que otro trago difícil de asimilar hice caso a esa inquietud que no me dejaba tranquila en casa. Lo primero fue realizar el curso. Aún me resuenan palabras como: derechos humanos, empoderamiento, mujer, igualdad de oportunidades, sostenibilidad, interculturalidad. Estos días me abrieron los ojos a una realidad que no conocía y me llamaron a vivir esa teoría en terreno. Nunca había tenido una experiencia muy larga en estas partes del mundo y mi vida asentada en Madrid poco daba para imaginarlo, pero después de terminado el curso, aquí que me vine: ¡a Mozambique!

Ya aterrizada en Maputo me recogió un compañero de la ONG que me llevó a la Vila que es mi casa hasta ahora, Manhiça. Esta se encuentra a 80 km de la capital, en el sur de Mozambique, y tiene cerca de 60.000 habitantes. Lo primero que me llamó la atención al llegar fue ver la publicidad de una empresa de telecomunicaciones allá donde mirara: en las casas, en los puentes, en las tiendas, en los bares. Después, la cantidad de gente, gente por todos lados: caminando por los arcenes, cruzando la carretera, mujeres con fardos enormes en la cabeza o con niños atados a la espalda, chicos vendiendo crédito para internet, niños vendiendo refrescos, cacahuetes o anacardos. También me sorprendió su forma de ser: muy tranquilos, sonrientes, acogedores.

Nada más llegar, mis nuevos compañeros me dieron la bienvenida, me acompañaron a por mi tarjeta de móvil y a mi casa, sencilla, con agua corriente, luz, ¡hasta nevera y fogón eléctrico! Allí conocí a mi compañera de piso, de ONG y de aventuras durante este tiempo: otra voluntaria española que ya llevaba aquí algunos meses.

Al día siguiente empezó mi nuevo trabajo. Desde la sede de la ONG en España ya me habían orientado sobre lo que serían estos meses: haría un informe, apoyaría técnicamente al equipo local en lo que hiciera falta, acompañaría las actividades del proyecto que estaba a punto de terminar y del nuevo que aún no había comenzado. En dos aspectos me insistieron mucho: vocación de servicio y paciencia. Con esto en mente, llegué a la sede del sector de aguas de Manhiça, donde compartíamos una mesa de 1,5 metros de diámetro para trabajar 7 personas (literalmente, codo con codo). Y en nada comenzaron las preguntas sobre Word, Excel, Google maps… cosas que nosotros damos por hecho, pero que para ellos supone un mundo.

El primer mes pasó lento, descubriendo poco a poco (más como turista) la gente, la cultura y las tradiciones, el ocio, la música, la comida… Sin embargo, a partir del segundo mes ya había entrado en una rutina que me fue abriendo los ojos a lo que antes me pasaba desapercibido. Quiero compartir con vosotros tres aspectos para resumir algunos aprendizajes que ya son parte de mí.

El primero, el saludo. En Mozambique, todo encuentro comienza por un bom dia, boa tarde o boa noite. Después se puede estar, por lo menos, diez minutos simplemente preguntando qué tal está, cómo fue el fin de semana, comentar el tiempo y, finalmente, desear un buen trabajo para el día. Oye, se vive de verdad el día con gran alegría. Da igual que sea tu vecino, la vendedora del mercado, la dependienta de una tienda o tu compañero de trabajo. Entonces entiendes porqué tiene tanto negocio la compañía de telecomunicaciones. Son gente que disfruta de compartir, de saber de la familia, de la vida, de acompañar y de acoger. Además, les encanta transmitir a los visitantes su tradición: darte a probar algún fruto de la tierra (como la maphilua), enseñarte alguna palabra en shangana, la lengua local, como por ejemplo kanimambo (“gracias”) o que lleves una capulana contigo (las telas tradicionales estampadas que llevan las mujeres a modo de falda, para llevar a sus bebés o cubrirse del sol).

El segundo, un día en el campo. Saliendo de la Vila se adentra uno en el Distrito de Manhiça, foco del proyecto de la ONG. Su población es rural y dispersa y la economía está basada en la agricultura de subsistencia. El huerto familiar, donde se siembra maíz, plátano, cacahuete, piña, batata, mandioca, es la machamba. En medio, casi siempre, se encuentra una mujer con una azada trabajando la tierra, a veces llevando consigo su bebé colocado con una capulana en la espalda. No dejo de admirar su fortaleza. Las familias viven en casas de ladrillos o cañas, con techo de chapas de metal o caña. Según nos alejamos de la carretera principal deja de haber energía, agua corriente o sanitarios, y en su lugar hay fuentes con bombas manuales o pozos familiares y letrinas tradicionales o simplemente, arbustos. Las escuelas no tienen los sanitarios adecuados para los niños, en alguna el punto de agua más cercano se encuentra a kilómetros y a veces las infraestructuras se hacen escasas y las sombras de los árboles se convierten en aulas. Estas visitas al campo me ayudan a volver a lo pequeño y a dar sentido al trabajo realizado en la oficina cada día, descubriendo la importancia de contar con ellos para que el proyecto sea sostenible, cosas que los compañeros locales dan por hecho y a nosotros nos parece un mundo.

El tercero, el parto. Lo típico que vas a casa de una amiga a tomar algo y te encuentras una mujer de parto en medio de la calle. Tal cual nos ocurrió una noche cualquiera en una calle cualquiera. Una joven de unos 20 años esperaba su tercer hijo y se encaminaba al hospital acompañada por algunas mujeres de su familia. Las ayudamos a trasladarla como pudimos, pero cada poco tiempo se paraba en mitad de la calle por el dolor. Corrimos para pedir ayuda al hospital, pero nadie se movió para asistirla. Lo que en España parecería impensable y se pararía el mundo por acercarla, allí es algo habitual. Y en mitad de la noche, sobre una capulana, alumbrada por un móvil, presenciamos el milagro de la vida. Dio a luz a una menina, ambas sanas y perfectas. Con poca prisa llegó la enfermera para cortar el cordón y llevárselas al hospital. No sabría cómo explicar las emociones que sentí, entre rabia por tener que nacer en esas condiciones y alegría por ver la vida en estado puro. Esta experiencia fue para mí la Navidad. Jesús naciendo de nuevo en Manhiça.

Pilar con una familia de Mozambique

Para terminar, quiero contaros una anécdota que me ocurrió casi al llegar y que me abrió completamente la mente. Me preguntó una compañera de trabajo qué cuál era mi iglesia. Y, claro, yo contesté que Nuestra Señora de Guadalupe. Ella se echó a reír. “Aquí hay muchas iglesias: la católica, la adventista, la metodista, presbiteriana, baptista, la universal, testigos de Jehová…” Mmmm, sí, soy de la iglesia católica. “Entonces tú rezas. Como yo”.

Y aquí sigo, unos meses más, compartiendo saludos, tés, naturaleza, vida, aprendiendo mucho, pero, sobre todo, muy muy agradecida al Espíritu por haber soplado hacia aquí.

 

Pilar Arizmendi.