RAZONES PARA REZAR POR LA PAZ
Hay mil acontecimientos que a diario nos recuerdan nuestra fragilidad y nuestra vulnerabilidad física, psíquica, moral y espiritual. A pesar de ello, somos unos auténticos especialistas en camuflar esto, en autoengañarnos. Usando lenguaje Ignaciano, nos cuesta mucho reconocernos criaturas necesitadas del amor del Creador.
En nuestra cultura esto no vende mucho. De una u otra manera, se nos transmite el modelo del hombre autosuficiente, capaz de lo imposible. Seguimos pensando que la ciencia y la técnica lo arreglarán todo, que no hay problema que, a la larga, no seamos capaces de solventar. En este sentido, casi todo el mundo acaba siendo creyente en un paraíso intramundano, en una humanidad capaz de redimirse y salvarse a sí misma.
Y si la cuestión la situamos en el terreno comprometidísimo de la pregunta por el sentido de la vida, y la dimensión moral de nuestra existencia, a la menor distracción aparecen las sombras del relativismo y del nihilismo. Incluso nosotros, creyentes, en no pocas ocasiones honramos aquello de “comamos y bebamos, que mañana moriremos” (cf. 1 Cor 15,32; Is 22,13).
Algunas palabras, que diversos bandos se lanzan mutuamente como si fueran granadas de mano, se están adueñando del patio: inmanentismo, espiritualismo, egocentrismo, egoísmo, hedonismo, narcisismo, materialismo, economicismo, …
La realidad, que es tozuda, no deja de recordarnos que estos planteamientos nos llevan al precipicio existencial que se manifiesta en conductas que atentan contra el ser humano y contra el medio ambiente. Dicho en castizo, que nos lo estamos cargando todo. Y no contentos con esto, ¡pobre de aquél que ose denunciarlo! Peor que ser leproso en la Edad Media. ¡Ay de aquel que se atreva a desafiar el dogmatismo actual, el relativismo postmoderno o la vacuidad transmoderna!
Los pobres son los que pagan el pato de lo anterior: molestos para unos, armas arrojadizas para otros, …
La guerra de Ucrania nos ha recordado todo esto. Permítaseme mencionar algunas cuestiones a favor de mi tesis:
- Cuando Putin masacró Grozni, Alepo y Homs, nadie movió un dedo.
- Mientras todo esto pasaba, el mundo “civilizado”, seguía haciendo negocios con Rusia.
- Lo de democratizar Ucrania tampoco ha ocupado demasiado espacio en nuestras mentes y oraciones.
- No digamos ya cuando las barbaries, o los negocios que surgen o son causa de las mismas, nos benefician a los países ricos.
- No pocos creyentes hemos olvidado la intrínseca conexión entre el Dios de Jesucristo y la defensa y promoción de los derechos humanos.
- No pocos no creyentes muchas veces ven en la idea de Dios el primer enemigo de esos derechos.
- ¿Qué habría pasado si lo de Ucrania hubiera sido en el África subsahariana? ¿Se acuerdan de Rwanda, Sudán, Darfur, …? Por favor, párense a pensar en los interés económicos y geoestratégicos, de unos y otros, en el conflicto de Ucrania, y deduzcan lo que realmente les importa el horror que está sufriendo la población ucraniana.
- ¿Por qué nos hemos volcado con los refugiados de Ucrania, y no con los de otros conflictos? ¿Será que ser blanco, europeo y cristiano da un plus de dignidad y valor al hecho de ser hijo de Dios? Si todos somos hijos de Dios, todos merecemos la misma solidaridad.
Podría seguir la lista, pero como el espacio del artículo es limitado, lo resumiré diciendo que tenemos una crisis antropológica y teológica más que seria. Nos falta humildad en el sentido que le daba Sta. Teresa a este término: “Humildad es andar en verdad”. Y, sin verdad, ¿qué somos? ¿qué podemos esperar?
Aquí surge la motivación de por qué rezamos el 11 de mayo por la paz, y por qué debemos seguir haciéndolo: porque necesitamos que Dios nos salve, que Dios nos libre de la peor de las idolatrías, la de convertir en Creador a los que sólo son criaturas, que, de esa forma, se incapacitan para construir el Reino de Dios y su Justicia (cf. Mt 6,33).
Necesitamos rezar para que Dios nos devuelva la capacidad de vernos a nosotros mismos y al mundo con sus ojos, de escuchar con sus oídos, de amarnos con su amor.
Necesitamos rezar pues la guerra, como han repetido de diversas maneras los papas de Pio XII a Francisco, es el fracaso de la humanidad. El fracaso de las realidades que, de diversas formas, tratan de ordenar las relaciones humanas y la consecución del bien común: la religión, la economía y la política.
Necesitamos rezar para encontrarnos con el Dios vivo y verdadero que se nos desvela en los pobres, en las víctimas de la historia, y que se nos revela en el Cristo de las bienaventuranzas, sembrador y constructor de fraternidad.
Necesitamos rezar para hacer realidad las palabras de S. Pablo VI en Populorum progressio 42: “Es un humanismo pleno el que hay que promover. ¿Qué quiere decir esto sino el desarrollo integral de todo hombre y de todos los hombres? Un humanismo cerrado, impenetrable a los valores del espíritu y a Dios, que es la fuente de ellos, podría aparentemente triunfar. Ciertamente, el hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero al fin y al cabo, sin Dios no puede menos de organizarla contra el hombre. El humanismo exclusivo es un humanismo inhumano. No hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre al Absoluto en el reconocimiento de una vocación que da la idea verdadera de la vida humana. Lejos de ser norma última de los valores, el hombre no se realiza a sí mismo si no es superándose. Según la tan acertada expresión de Pascal: «el hombre supera infinitamente al hombre».” Lo dijo S. Oscar A. Romero: “La oración es la cumbre del desarrollo humano. El hombre no vale por lo que tiene, sino por lo que es. Y el hombre es cuando se encara con Dios y comprende qué maravillas ha hecho Dios con él. Dios ha creado un ser inteligente, capaz de amar, libre”.
Necesitamos rezar para ser Iglesia, comunidad congregada por el amor de Dios, llamada a convocar a toda la humanidad a este proyecto de vida plena y salvación escatológica.
Necesitamos rezar como expresión de autenticidad cristiana que nos capacita para proclamar la Buena Nueva a todas las naciones.
Necesitamos rezar para tomar conciencia de los signos de los tiempos, para ponernos a la escucha de lo que Dios clama a sus hijos en cada acontecimiento, para ser capaces de una lectura creyente de la realidad.
Necesitamos rezar para que nuestra dimensión profética, que nos habilita para poder denunciar lo que dificulta o niega los planes de Dios y anunciar su voluntad, sea signo de nuestra caridad.
Necesitamos rezar para desnudar las mentiras del mundo, para poder anunciar a Jesucristo, camino, verdad y vida.
Ya dijo Jesús que ciertos demonios sólo se vencen con oración y, la guerra, ¿no es un demonio?
Ignacio Mª Fernández de Torres. Consiliario Justicia y Paz – Madrid