Editorial

Estamos viviendo un tiempo muy difícil, muy duro. De enfermedad, de crisis, de confinamiento, de miedo incluso. Nos sentimos frágiles, vulnerables, asustados. Probablemente ni los más veteranos recuerdan una situación como la actual. Por momentos nos parece algo increíble, completamente inesperado, como un mal sueño, una pesadilla o una película de ciencia ficción.

La pandemia del coronavirus nos está poniendo a prueba en todos los sentidos. Cuando menos, hemos visto completamente alterada nuestra vida cotidiana, nuestro día a día; pero quizá alguno de nosotros incluso esté enfermo o haya perdido su trabajo, su negocio… A lo peor la enfermedad nos ha mostrado su rostro más brutal y hemos perdido a un ser querido, a un familiar o un amigo entrañable; tal vez a un hermano o hermana de comunidad. Entonces sí que nos sentimos tremendamente golpeados en lo más profundo de nuestro ser.

¿Qué podemos hacer ante tanto dolor, ante el sufrimiento que nos llega de continuo desde los hospitales o las residencias de mayores a través de la pantalla del televisor?

Este confinamiento a lo primero que nos obliga es a la corresponsabilidad. A sabernos piezas fundamentales de la solución. De todos nosotros depende poner nuestro grano de arena para conseguir vencer al virus. Pero nos exige algo más: que seamos pacientes, que tratemos de estar tranquilos y, sobre todo, que no nos dejemos vencer por el desánimo, que nunca perdamos la esperanza.

Es el momento de dar lo mejor de nosotros mismos para sostener el ánimo del que tenemos a nuestro lado. Tendremos que reinventarnos para buscar nuevas formas de ofrecer nuestro abrazo al otro; derrochemos imaginación, demos rienda suelta a nuestra creatividad para hacerle llegar nuestro cariño, nuestra solidaridad, de una manera diferente si es necesario. Sepamos ser cercanos en la distancia. El calor de nuestro abrazo puede estar en una llamada telefónica de aliento, en una videoconferencia divertida, en un whatsapp de ánimo o en un aplauso emocionado de gratitud y apoyo desde el balcón.

Hoy, cuando resulta más difícil, cuando parece más a contracorriente que nunca, tenemos que ser portadores de “buena nueva”. Ojalá sepamos hacer llegar al mundo, al menos a nuestro pequeño mundo cercano, un mensaje de esperanza, de confianza en que el Padre no nos envía una nueva plaga bíblica para castigarnos, y sí una oportunidad más de ser solidarios, cercanos y misericordiosos con el que tenemos al lado.

No dejemos nunca de acompañar y abrazar a nuestro hermano.

ECO

(Equipo de COmunicación)