Como suele pasar, no conseguimos sentarnos todos juntos. La falta de luz nos ha separado y nos obliga a mezclarnos con la gente que llena el templo. Lo primero que percibimos es que estamos rodeados de familias enteras, jóvenes y mayores, gente de toda la vida que hacía tiempo que no nos veíamos, y caras nuevas que completan el círculo en torno al presbiterio. Hacemos mucho ruido, tal vez demasiado, fruto del entusiasmo de los distintos grupos que se reconocen más por su posición que por su rostro; a pesar del ambiente festivo, comenta una de nosotras:
“entramos en la oscuridad y me hace pensar en lo que tal vez sintieron los apóstoles, esa sensación de vacío, inquietud, frío”.
Ya más tranquilos, la liturgia en torno al fuego, nos devuelve el calor y la claridad perdidas. Sin duda, es uno de los momentos importantes de la noche. Tras descubrir la fraternidad el jueves, afrontar nuestra limitación el viernes, recuperamos la esperanza y los colores del mundo gracias a la luz que proviene de un único cirio. Jesús de Nazaret se hace presente y nos invita a compartir la luz de su experiencia con los demás, con los que tenemos más cerca.
Comienzan las lecturas por orden cronológico. El Antiguo Testamento muestra a un Dios lejano, justiciero, que marca diferencias entre los pueblos. Parece un relato actual donde la humanidad no acaba de creerse que la dirección adecuada es la eliminación de las fronteras y la construcción de un futuro común en la Tierra. El relato del Evangelio y el testimonio de nuestros jóvenes con un credo actualizado, nos invitan a la esperanza de que acontecimientos como los vividos en Palestina, Siria o México; la violencia de género o el tráfico de personas, no se sigan produciendo.

Se nos olvidaba: la homilía es cosa de Manolo. Todavía no le conocemos mucho, pero el comentario general es claro: nos transmite la alegría de la Resurrección con entusiasmo, sencillez y ternura. Habla desde el corazón y eso nos gusta porque nos gusta lo auténtico. Mientras tanto, el coro ha conseguido que cantemos y sintamos que es una fiesta abierta a todos los allí reunidos y que, una vez más, hacemos la comunidad de comunidades.
El rito del agua es otro motor de alegría y así llegamos a la Eucaristía, partirnos y repartirnos para los demás para que no solo la luz y la palabra, sino también la vida llegue a todos, y sobre todo, a los más necesitados en cada momento.
Al finalizar, el templo se vacía. Todavía podemos oír el salmo de todos los años, recordándonos que resucitó y que estamos llamados a seguirle en su camino. Nos vamos yendo a tomar algo, la famosa patata, saludando a casi todos con la certeza de la luz recuperada. La vigilia se acaba, pero la invitación a transformar el mundo nos la llevamos cada uno en nuestro interior para hacerla realidad todos los días.
¡ Feliz Pascua !