Santo Domingo de la Calzada

Los cristianos somos gente curiosa. Adoramos a un Dios  que decimos que es Uno Solo, nos decimos seguidores de su Hijo, aquel que nos pidió que “fuéramos Uno como su Padre y Él son Uno”. Y no lo dijo así, de pasada, un día cualquiera. Aquella exhortación nos la dio precisamente en sus horas finales, en el que era el momento más crucial de su vida, cuando era ya consciente de que el sueño había terminado, de que no le quedaba mucho tiempo y que por lo tanto, apremiaba el dejarnos con los mensajes fundamentales de su magisterio.

El chabolismo es un fenómeno tan antiguo en Madrid como la propia ciudad. Desde los primeros años del siglo XX, en los albores del Madrid industrial, aparecen al mismo tiempo las chabolas: Vallehermoso, Hernani, Prosperidad, Elipa… La gente pobre del campo que empieza a llegar a Madrid en busca de un trabajo, de una vida para ellos y sus hijos. Y con ellos crecían también sus casas, construidas en una sola noche. En el Pozo del Tío Raimundo o en Palomeras, contaban los vecinos que si eras capaz, en los años sesenta, de construir la chabola (y cubrirla) en una sola noche, la policía ni te echaba ni te la tiraba abajo. Llegaban las familias a la tarde, extenuadas del viaje, y estaban ya de inmediato levantando su casa, con ladrillos, con cartones, con maderas. Los vecinos ayudaban, pocos soportaban la tensión de ver acercarse el amanecer y no haber  terminado aún.  El Bronx de Manoteras, Pitis, El Salobral, La Ventilla, Los Focos de San Blas, La Rosilla, La Celsa, Las Barranquillas, el Gallinero y la Cañada Real… Madrid, como toda gran metrópoli, cumplió con la norma que, por alguna extraña razón, hace que siempre, siempre, existan apenas a unos metros de los rascacielos y los barrios elegantes, decenas de miles de personas que tratan de sobrevivir en las condiciones más ínfimas posibles: barro, ratas, basura, droga, violencia, abandono… Río, Buenos Aires, Calcuta, Nairobi, Asunción, Johannesburgo… Según ONU Hábitat, más de la mitad de la población urbana de África vive en asentamientos irregulares; dicho de otro modo, en megaciudades de chabolas. En Latinoamérica, una de cada cinco personas, vive en una chabola, también según la ONU. Se calcula que sólo en el barrio de Casilino-900 viven más de 200.000 gitanos rumanos, compartiendo miseria y suciedad con personas procedentes de Latinoamérica, Ucrania o Polonia… apenas a pocos kilómetros del Vaticano.

“Padre, que sean Uno, como Tú y yo somos Uno”.

Interesante. Llevamos escuchando estas palabras, ¿cuánto? ¿Veinte siglos? Ser Uno. Si Yo soy Uno con Dios, si Dios es Uno conmigo, si Tú eres Uno con Dios y Dios es Uno contigo, entonces Tú y yo somos también Uno. Una sola cosa, una sola persona… No sabría cómo decirlo, no soy teólogo, se me escapan las sutilezas de tanto estudio y tanto dogma. Pero hay algo que sí entiendo: que Tú y Yo, hermano, somos Uno. Pero que veinte siglos de repetirnos lo mismo no han sido suficientes para que Tú sigas viviendo en la miseria de un barrio chabolista.

Todas las ONGs para el Desarrollo, todas las Agencias Gubernamentales y Multiestatales que se ocupan del fenómeno del chabolismo coinciden en señalar que, lejos de disminuir, el fenómeno de las chabolas, favelas, villas miseria… aumenta. Y aumenta cada vez más rápido. Y aumenta en función del rápido crecimiento de la desigualdad en todas las ciudades, en todos los países, en todos los continentes. Dentro de sólo treinta años, en 2050, el 70% de la población del planeta será urbana; ¿cuántos de ese 70% vivirán/viviremos en condiciones dignas y cuántos, no?

Los cristianos llevamos, pues, casi dos mil años repitiéndonos las palabras de Cristo (el Ungido, el Lleno de Gracia, El Profeta de Dios, El Purificado, el Universal, el Definitivo, el Único… sólo según algunas de las acepciones que he ido encontrándome). Países como Brasil, Argentina, España, Paraguay, Italia, Sudáfrica, o Kenia –con el 80% de su población-, se definen como cristianos. Unos más y otro menos, unos desde hace milenios, otros desde más recientemente, unos más o menos vertebrados alrededor de otras espiritualidades más ancestrales… pero todos nos decimos mayoritariamente cristianos. Es decir, muchos años, muchas personas, proclamando solemnemente “Padre, que sean Uno como Tú y Yo somos Uno”. ¿Y en todo ese tiempo, qué? ¿Somos Uno, nos sentimos Uno, frente a Desigualdad?

La Desigualdad crea pobres. Jesús contrapone la Unidad a la Pobreza. La Unidad contra el Capitalismo Salvaje y Desbocado de finales del siglo XX y principios del XXI. Si en realidad fuéramos todos Uno…

Sois muchos los que a lo largo de los años, llevados por un sincero compromiso, habéis tenido ocasión de conocer lugares como Los Olivos, el Pozo, la Celsa, la Ventilla o las Barranquillas. Plan Urbanístico tras Plan Urbanístico, el Ayuntamiento de turno, las constructoras, las promotoras de negocios, las instituciones financieras de turno, han ido eliminando todos aquellos núcleos para transformarlos en nuevos barrios de viviendas para clase media, o clases más que medias (Los Olivos es ahora parte de La Moraleja). ¿Quiere decir que Madrid ha erradicado, o se encuentra en proceso de erradicar, el chabolismo? Por supuesto que no. Década tras década, seguirán apareciendo nombres nuevos, ubicaciones cada vez mayores, probablemente extendiéndose, como en el caso de la Cañada Real, a lo largo de varios términos municipales. Pero eso desde luego no quiere decir, en modo alguno, que el chabolismo se encuentre en recesión. Ni en Madrid, ni en Europa, ni en ningún lugar del mundo. Y con el chabolismo, la droga.

Cuando cerraron la Celsa o Pan Bendito, no tardó mucho en empezar a escucharse de Las Barranquillas, de la Rosilla, de las llamadas kundas, aquellos viajes suicidas a por droga, al nuevo poblado donde se habían instalado los entonces clanes. Clanes que se transforman, o  son directamente sustituidos por otros más jóvenes y ambiciosos, pero que nunca dejarán de estar ahí. El año 2016 se estimaban en 12.000 dosis diarias de droga, las que se venden en la Cañada Real y el Gallinero.

Los barrios chabolistas concentran no sólo la miseria originaria de las familias que siguen llegando a las grandes ciudades a vivir de aquello de lo que a éstas les sobra (basura, residuos, papel, cobre, …); sino que en los últimos cincuenta años se han convertido en verdaderos mega-espacios de compra y venta de muerte, de verdadero infierno, enfermedad y desolación.

Desaparecerá la Cañada y desaparecerá el Gallinero. Harán casas y nuevas urbanizaciones. Y surgirán nuevos barrios chabolistas. Tal vez algo más allá de los límites urbanos, tal vez no, tal vez dentro de la misma ciudad, como ya sucede en las megalópolis latinoamericanas. Existen ya asentamientos de familias rumanas en Legazpi, en Chamartín… aprovechando descampados que aún no han sido urbanizados, o como en el caso del Gallinero, espacios muertos entre vías rápidas o autopistas -cuyo cruce no es extraño que produzca decenas de muertes al año-.

Cabe preguntarse si, dos mil años después de que Jesús pronunciara aquellas palabras urgentes y necesarias de su última hora, los cristianos somos, o al menos queremos ser, realmente Uno.

La Cañada es un espacio silencioso. Por las mañanas, un domingo al mes, algunos hermanos de nuestra comunidad parroquial toman sus coches y, en un muy breve trayecto, aparcan frente a Santo Domingo de la Calzada, la parroquia que desde los años sesenta se ha convertido en lo que verdaderamente significa ser “Casa de Dios”. Abrazo, acogida, lugar de descanso, lugar de sanación, de recuperación de la Dignidad. Lugar de Unidad.

No, este artículo no pretende que nadie se sienta culpable de nada. El mundo en que vivimos se mueve en torno a claves y mecanismos complejos y en muchos casos, difíciles de cambiar. Pero también es cierto que este artículo no se ha escrito tampoco con la intención de exculparnos  a ninguno, a mí, el que lo escribe, el primero. Ser Uno como Tú y Yo somos Uno es, en lugares como Santo Domingo de la Calzada, no sólo una frase que se pronuncia en solemnidades cada cierto tiempo, es la Realidad abierta al Amor Infinito de Dios. En La Cañada, en el Gallinero, como a lo largo de tantos años en otros infiernos apenas a unos metros de nuestras casas, han sido también miles las personas que sí creyeron lo que Jesús nos viene diciendo a lo largo de la Historia desde aquella la que fue su Última Cena.

No es pues sólo una cuestión de culparse, sino de pensar con vocación crítica, de esperar con la seguridad de que Dios está de nuestro lado, y de que no podemos servir a dos señores al mismo tiempo.

La Cañada, como hace años Palomeras, La Celsa o Los Olivos, es lugar de muerte, pero sobre todo, es Signo Real de Cristo Resucitado.

El lugar donde muchos trabajan para ser Uno con los que allí viven y mueren.

Carlos Santa María

Grupo de Acción Social

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