Vigilia de Pentecostés

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Los dones del Espíritu Santo para 2018:

Te pedimos el don de creer cada día que es posible reconstruir la humanidad desde las claves de la dignidad, la igualdad y el respeto de los derechos humanos. Y obrar en consecuencia.

Te pedimos el don de vivir en nuestro centro, en esa zona de nuestro más profundo ser que solo a ti pertenece y por la nos descubrimos hijos e hijas amados por ti.

Te pedimos el don de explicar el evangelio no de manera verbal, sino el  que nace en las entrañas y se expresa a través del lenguaje corporal y de una palabra elocuente, valiente y audaz.

Te pedimos el don de ser misericordia, que nos convierta en iconos de tu Abbá y que es mucho más que hacer obras de caridad.

Te pedimos el don de vivir intensamente el momento presente,  con sus luces y sombras, su alegría y su dolor, y de acogerlo como una bendición.

Te pedimos el don de superar nuestros miedos desde la confianza para no quedarnos paralizados por ellos.

Te pedimos el don de reconocer que nacimiento y muerte son las dos caras de una misma moneda: la vida. Una que surge en el espacio y en el tiempo y la otra que trasciende y se eterniza.

Extracto de Evangelii Gaudium (no 20-24) del papa Francisco:

La intimidad de la Iglesia con Jesús es una intimidad itinerante, y la comunión esencialmente se configura como comunión misionera Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie. La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan.

Primerear: es tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vivir un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia…

Como consecuencia, la Iglesia sabrá involucrarse.  La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo…

Luego, la comunidad evangelizadora se dispone a acompañar . Acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico. La evangelización tiene mucho de paciencia, y evita maltratar límites.

Fiel al don del Señor, también sabe fructificar. La comunidad evangelizadora siempre está atenta a los frutos, porque el Señor la quiere fecunda. El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora.

Por último, la comunidad evangelizadora gozosa siempre sabe festejar. Celebra y festeja cada pequeña victoria, cada paso adelante en la evangelización. La evangelización gozosa se vuelve belleza en la liturgia en medio de la exigencia diaria de extender el bien. La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso.