8 de marzo. Por Isabel Gómez Acebo

El mundo occidental ha cambiado, entre otras cosas, porque ha admitido la igualdad de las mujeres en la sociedad. Ha costado muchas lágrimas y censuras contra las pioneras y, aunque todavía quedan sectores de la sociedad que la ven con malos ojos, han ido cayendo todos los que se oponían. Pero lo más asombroso es que la Iglesia Católica, que tiene por norma la defensa de los sectores más desfavorecidos, se muestre reacia a admitir a las mujeres en los órganos de poder. Con ello pierde prestigio y no puede defender la palabra de los más débiles porque le dicen sus oponentes que antes de dar consejos, arregle su casa.

Estamos de acuerdo en que nuestro credo nació en una sociedad patriarcal que le negaba derechos a las mujeres a pesar de que Pablo afirmara en Gálatas 3,28 que la Iglesia de Cristo no podía haber diferencias entre hombres y mujeres. Nuestro credo se vio contaminado por el entorno en el que se desarrolló y es comprensible, pero hoy el ambiente es a favor de la igualdad femenina y la Iglesia no cambia…

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Isabel Gómez Acebo, teóloga