Misión compartida ¿Unidos o hundidos?

Tengo la costumbre, o vicio, de empezar a leer el periódico por la contraportada y, cuando de libros se trata, lo mismo. Me urge saber qué se cuece en las páginas en las que voy a adentrarme, aunque sea en lectura diagonal.

Para compartir sobre mi libro “Misión compartida – ¿Unidos o Hundidos? – Laicos, monjes y pobres” también he elegido empezar por ese espacio, la contraportada del libro:

“De tres mundos aparentemente distantes –laicos, monjes y pobres- tratan las páginas de este libro. De tres vocaciones llamadas a reconocerse y complementarse desde la sencillez y la atención a los otros. De unir vidas y vocaciones que, en principio, pueden parecer alejadas, pero que están llamadas a encontrase y caminar juntas. Se hace necesario abrir los compartimentos estancos vocacionales, reducir la altura de la pirámide jerárquica y calzar humildes sandalias para adentrarnos juntos en el camino de la Unidad”.

Elegí estos tres “mundos” en los que vivo y aprendo desde hace ya muchos años: como laica en el mundo y en la Iglesia, vinculada a un monasterio de monjes contemplativos (Santa Mª de Huerta) y colaboradora de un hogar de acogida de gente que vivió en la calle (Hogar de Jesús Caminante). Tanto el monasterio como el hogar son bien conocidos en la Parroquia de Guadalupe.

Pero esta unidad que detecto desde la vida y proclamo desde las páginas del libro, es más extensa, compete a todos y desde todos los ámbitos en los que nos movamos: ecumenismo, diálogo interreligioso, acción social, etc. y mil veces etc.

“Suelo decir que, aunque el Espíritu vuela bajo, no nos quita el trabajo” y viendo cómo anda el mundo, tendremos que salir de “nuestros espacios de confort en donde nos sentimos calentitos y aislados de la realidad”. Situación irreal y peligrosa que nos hace olvidar que estamos tan estrechamente interrelacionados que lo que se mueve al otro extremo del mundo, nos repercute, sí o sí.

Una persona me preguntó si podría decir en una sola palabra de qué iba mi libro. Y contesté con toda rapidez: “UNIDAD”. Sí, unidos en la diversidad; unidos mirándonos y viviendo como complementarios y no como contrarios; unidos poniendo en común lo que cada uno es, lo que cada grupo aporta… viéndolo como riqueza a compartir; unidos, aún cuando las diferencias creen tensiones, volviendo siempre a lo que nos serena, nos sosiega; unidos en el silencio, si es que la palabra nos altera; unidos en la oración que nos mantenga mirando en la misma dirección: la de Jesús; unidos como hermanos, hijos todos del mismo Padre, aunque a veces nos tratemos como distintos, diferentes, extraños. Unidos “como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también sean Uno en nosotros…” (Jn 17, 20).

Mientras escribo para esta web recordé algo central en el carisma de la Parroquia de Guadalupe: “Comunidad de comunidades”, expresión que habla de unidad.

Por cierto, que con el conocido cuadernillo naranja de la Línea Directriz en la mano, he visto que este año “cumple” treinta años. Y como decía nuestro, entonces párroco y de nuevo ahora también, Fernando Artigas, “nuestro cuadernillo naranja, como  familiarmente le llamamos, es expresión de la Iglesia-Pueblo de Dios que nos transmitió el Vaticano II y a la que queremos seguir dando continuidad con fidelidad creativa”.

Esa fidelidad creativa, que no es otra cosa que la escucha atenta al Espíritu que nos va marcando el camino, es la que he querido expresar en mi libro hablando de laicos, monjes y pobres; la misma que tiene que ayudarnos a caminar hacia la Unidad en todo dentro de la Iglesia, abiertos al mundo, al ecumenismo, al diálogo interreligioso, etc.

Hagamos caso a lo que decía Martin Luther King (1929-1968): “Hemos de aprender a vivir juntos como hermanos; si no, vamos a morir todos como idiotas”.

Pongámonos en marcha para alcanzar esa unidad, y algún día podremos contestar a la pregunta que está en la portada del libro; no tanto con palabras, sino con hechos concretos.

Decía un monje, el hno. Christophe de Tibhirine (1950-1996): “Lo imposible se hace realidad cuando le deja paso la confianza”. Confiemos y la realidad de nuestra Iglesia y el mundo cambiarán.

Mari Paz López Santos

“Misión Compartida, ¿Unidos o Hundidos? Laicos, monjes y pobres”

Mari Paz López Santos  www.pazsantos.com

 

Ejercicios PA 2017

Durante el mes de marzo, se han celebrado tres tandas de los Ejercicios Espirituales que se preparan cada año en Guadalupe. Este año, en sintonía con el lema parroquial, se ha trabajado la Esperanza. Durante un fin de semana, nos hemos reunido con miembros de las nuestras y de otras comunidades de Guadalupe para compartir, orar, reflexionar, proponer y, en definitiva, volver a casa con ideas para hacer un mundo mejor.

El entorno no puede ser más agradable. La casa de retiro del Cristo de El Pardo, en el Monte de El Pardo, está lo suficientemente aislado de nuestra vida cotidiana como para hacer un alto en el camino, rodearse de silencio y establecer ese contacto con nuestro interior que tantas veces necesitamos. La casa está regentada por monjes capuchinos, de la familia franciscana, y tiene un montón de rincones tanto interiores como exteriores donde perderse. También, como no, tiene un montón de grandes ubicaciones donde encontrarse con los demás. Y todo con un paisaje que parece difícil de encontrar a tan pocos kilómetros de la ciudad.

A lo largo de un fin de semana hemos intentado conjugar la apuesta por la Esperanza que nos propone el lema de la parroquia con nuestra vida de cristianos de a pie, que viven en el mundo real. Hemos recordado que las primeras comunidades cristianas eran comunidades marginales, no por estar escondidas, sino porque no compartían muchos de los valores vigentes en la sociedad de su época y, a pesar de ello, tenían la valentía suficiente para enfrentarla e intentar cambiar el mundo. Intentaban no asimilarse al sistema, pero no huyendo de él, sino tratando de transformarlo. De la misma forma, los cristianos, hoy, tenemos el deber de intentar hacer un mundo mejor.

Para conseguir esto, lo primero que había que hacer era observar el mundo. Primero con una charla de motivación impartida por nuestros “Mispis”, luego con un rato de reflexión personal, después con una reunión en grupos pequeños acompañada de una dinámica y, finalmente, con una reunión plenaria, estuvimos buscando en el mundo y en nuestro interior, signos de desesperanza. Hechos que nos hacen perder la esperanza en que ese mundo mejor que soñamos es posible, cosas que nos hacen dudar de si realmente merece la pena hacer el esfuerzo de intentarlo. Después hemos reflexionado sobre cómo es el ser humano contemporáneo, cómo se relaciona con la sociedad y cómo uno y otro pueden retroalimentar su desesperanza.

La sociedad y el hombre contemporáneo, a causa de las crisis económicas, políticas, sociales, etc. reflejan una persona light, sin metas, espectador pasivo, insolidario, individualista, indiferente, sin convicción, hedonista y narcisista, falto de alegría, sin espiritualidad, cosas, todas ellas, que le han podido llevar a esa falta de esperanza, a la des-esperanza.

¿Suena todo muy negativo y pesimista? ¡Tranquilidad! Que ahora viene lo bueno.

La siguiente reflexión partía de unos textos del Evangelio de Jesús. En ellos, se hacía referencia a realidades que podríamos calificar en sí mismas de desesperanzadoras, pero en las que se abre una puerta a la Esperanza. Y por esa puerta, ¡entra la luz!

Hemos aprendido que la Esperanza es un don de Dios, que no se trata de pelear racionalmente por ser una persona esperanzada. Él te regala la esperanza, y en tu mano está aceptarla y hacerla vida o rechazarla. Elegir la Esperanza no es seleccionarla, sino acogerla y estar abierto a que forme parte de tu vida. A la luz de la Palabra, hemos comprobado cómo Dios va dando muestras de esperanza a una humanidad que camina desesperanzada.

Pero ahí no queda todo. La Esperanza no vale sólo para que nosotros nos sintamos a gusto. Se planteaba una pregunta importante: nuestra esperanza de hoy, nuestras expectativas de futuro ¿en qué medida y manera dependen de los demás? ¿cómo incide la situación de las demás personas sobre mis esperanzas? Y, yendo más allá, ¿puede un cristiano alcanzar la felicidad en solitario?

Esto nos ha permitido explorar cómo vivimos la Esperanza en un gran abanico de ubicaciones. Desde el entorno más cercano, que es la familia, al trabajo, a la sociedad y, por supuesto, al mundo, que es nuestra casa común.

Para terminar con buen sabor de boca, estuvimos buscando motivos para la Esperanza. ¿Qué despierta en mí la Esperanza hoy? ¿Cómo comunicamos al mundo la Esperanza cristiana? ¿Pueden ver los demás en nosotros signos de Esperanza? ¿Nuestra fe genera Esperanza? Todo lo reflexionado lo pusimos en común y buscamos el contrapunto con los signos de desesperanza de la primera charla.

El hombre tiene capacidad para vivir desde la Esperanza, a través de signos de solidaridad, de voluntariado, de compromiso con los pobres y con la construcción de una sociedad más justa e igualitaria, a través del esfuerzo por transmitir valores de amor y esperanza cristiana, a través de la familia y la comunidad, con humildad, misericordia, alegría y positividad. En definitiva, siendo reflejo de Cristo Resucitado.

Como colofón, el último plenario consistió en una bonita eucaristía, en la que pudimos romper, literalmente, la desesperanza y dar paso a la Esperanza. Como siempre en Guadalupe, aplausos, abrazos, y, sobre todo, deberes para la semana. Aunque esta vez me temo que dan para toda una vida…

Como veis, un fin de semana muy completo, en el que hay tiempo para pensar, para orar, para compartir, para comer, para pasear… incluso tiempo para cantar. ¡Animaos a venir el año que viene!

 

Mª Eugenia Vázquez Álvarez              Javier Hernán
Lumbre                                                    Desvelados

Cuaresma, tiempo de Encuentro

Este año, en Misa de ocho, hemos entendido la Cuaresma como un tiempo privilegiado de encuentro: encuentro con cada uno de nosotros,  Dios Padre y con los hermanos.  Vale la pena tomarse un tiempo cada día, o al menos cada semana y poder orar con la Palabra, y disfrutar de esos encuentros que en muchas ocasiones pueden sorprendernos.

Cada domingo la liturgia nos ha ofrecido unos textos que ayudan a preparar y disfrutar de cada encuentro viviéndolo de la mano de Jesús, desde lo que somos, desde cada situación personal, y que nos ayudan a llegar más conscientemente a la Pascua. 

Hemos utilizado un signo durante los 5 domingos, a través del cual hemos ido llenando de color la cruz de Jesús, añadiendo cada domingo, lo que más necesitábamos poner en sus manos para ir caminando cada vez más auténticamente hacia la Pascua.

El primer domingo, empezamos acompañando a Jesús en el desierto, enfrentándonos al silencio y teníamos la oportunidad de volver a pasar por la mente y por el corazón algunos momentos de debilidad, de fragilidad, quizá de infidelidad, y aprender poniéndolos en manos de Jesús, a superarlos. Se nos presentaba la oportunidad de decidir, por dónde queríamos caminar.

El segundo domingo subimos a lo más alto y se nos invitó a rememorar esos encuentros profundos con Dios Padre, momentos en los que quizá nos hemos sentido junto con Jesús, Hijos Amados de Dios con todo lo que llevamos en nuestras maletas, y se nos invitaba a dejar en la cruz aquello que más nos pesa.

El tercer domingo descasamos en el pozo de Jacob, y allí junto con la mujer samaritana, descubrimos que estamos necesitados de caminar nuestro día a día con Jesús, y que hay muchas necesidades que sólo desde Él podemos entender y saciar, y le compartíamos dejando en la cruz, aquellas cosas que nos producen sed y que sólo Él puede saciar.  

Siguiendo el camino de la Cuaresma, acompañando a Jesús, nos encontramos con las necesidades de los hermanos que nos rodean y las cegueras de nuestro mundo y las  nuestras propias, y Jesús una vez más nos da clave para poder abrir los ojos y ver más allá de nuestras limitaciones y prejuicios, y dejábamos en la cruz aquellas cosas que no estábamos viendo, o no queríamos ver, por distintos motivos, pero que intuíamos o sabíamos que ahí están.

Y el último domingo, casi al final del camino, nos encontramos al lado de Marta y María cuando muere  su hermano Lázaro y Jesús nos plantea una pregunta que quizá nos sorprenda y más en este momento, después de haber compartido tantos momentos juntos; nos mira a lo más profundo de nuestro corazón, y quizá recuerda los momentos más felices y también los más duros del camino, todas esas confidencias que nos hemos hecho y nos pregunta a cada uno de nosotros de forma sencilla: “¿crees en mí?”, y dejábamos en la cruz nuestras creencias más profundas.

Vale la pena, tomarse un rato, sentarse con Jesús y recordar este camino y cada “encuentro” que hemos tenido y volver a confiárselo a Jesús.

¡Feliz Semana Santa!

Equipo de liturgia de misa de 8 (ELMO).