Como ya os adelantamos en el número anterior de la revista, desde la coordinadora de la Pastoral Juvenil, decidimos promover un “verano social”. Por ello, varios de nuestros jóvenes han emprendido un verano repleto de aventuras y de experiencias de voluntariado.

A continuación, Germán, del grupo Propuesta 3, nos relata su testimonio en Bilbao:

“Durante mi experiencia, estuve trabajando con niños en riesgo de exclusión social de algunos barrios de Bilbao, como “San Fran”. Trabajamos en Cáritas y en una de las parroquias de allí, San Antón. Todo el grupo íbamos con el mismo fin, y era ayudar a estos chavales a pasar un buen rato, ya que sus padres no podían permitírselo debido a su pésima situación. Eran personas venidas de diversas partes del mundo, siendo Asia, África o Latinoamérica de donde venían mayoritariamente, debido a que allí no podían ganarse la vida.

Mi experiencia en el campo de trabajo ha sido positiva y satisfactoria, por haber conocido (de primerísima mano) y ayudado a gente que vive en una situación peor que la mía. Estos días me han hecho ver lo difícil que es esta vida y, aún así, que aceptan dicha realidad y siguen viviendo la vida día a día, esperando que algún día no haya ningún problema, pudiendo ser parte de esta sociedad, tan comunitaria e injusta a la vez.

Por otro lado, trabajar con chavales (desde niños pequeños hasta adolescentes) fue una de las experiencias que se vivió con más emoción y en la que más se aprendió. Una de las cosas que muchos de los que fuimos allí aprendimos, es que siempre se puede sacar una sonrisa a la vida, estés viviendo en una tanto situación buena como mala, ya que siempre se ha dicho que la sonrisa es una de las mejores medicinas ante muchas situaciones, y esta es una de ellas.  En la sociedad en la que actualmente vivimos, estos niños no pueden permitirse ningún tipo de lujo, debido a que sus familias tienen muy pocos recursos, aparte de que, en numerosas ocasiones, son marginados por su cultura o su religión.

No solo los niños y sus familias son los que lo pasan mal, sino también aquellas personas que son drogadictas o prostitutas, ya que estas personas son bastante marginadas, y gracias a varias asociaciones dispersas por la ciudad pueden tener algo de comida o una cama (la inmensa mayoría vive en la calle). Tuvimos la suerte de conocer estas organizaciones y agradecerles todo el duro trabajo que hacen por ellos y cómo intentan sacarles adelante.

Tuve la suerte de poder compartir estos días con gente que tenía una mentalidad bastante similar a la mía, y era ayudar a estos niños a pasar unos días bonitos. Toda esta ayuda te hace sentir a gusto y bien, porque sabes que puedes apoyarte en ellos, sabiendo que van a estar ahí cuando sea necesario. Fuimos recibidos como si fuéramos, digamos, sus “héroes”, ya que sabían para qué íbamos, y no podían contener toda su satisfacción.”

Y, para terminar, tenemos el testimonio de María Prieto (IC1), que nos va a relatar su experiencia en Taizé:

“Este verano, seis personas de la Pastoral Juvenil nos hemos ido a pasar, vivir y sentir una semana a Taizé. Este es un pueblo ecuménico de encuentro internacional e intercultural (aunque principalmente cristiano), en Francia. Es realmente interesante el espacio de encuentro que se crea, tanto por el lugar físico en sí, que invita al silencio y a la reflexión, como por el intercambio de vivencias con personas de todo el mundo. Nosotros fuimos con un grupo de Acoger y Compartir, con el que nos sentimos muy a gusto.

Cada día teníamos tres oraciones (una antes de desayunar, otra después de comer y otra al terminar la cena). Estaban basadas en cánticos repetitivos, de los que cuatro de nosotros formábamos parte, porque nos apuntamos al coro. Otras dos de las chicas estuvieron en un taller de organización de actividades, y una de las tardes tuvimos una serie de juegos muy interesantes, gracias a ellas y a su equipo. Lo que más me gustaba de estas oraciones era el silencio que hacíamos de unos diez minutos. Me parecía impresionante cómo siendo tantos miles de personas, todos estuviéramos en el mismo estado de tranquilidad. Me resultaba muy fácil sentir a Dios en ese momento.

Por las mañanas teníamos reflexiones por grupos. Nosotros nos separamos de dos en dos y nos fuimos con gente diferente. En nuestro grupo nos llevamos muy bien desde el principio. Era muy interesante, porque no todos éramos católicos, y las conversaciones que salían todas eran muy en clave de escucha y respeto. Fue muy enriquecedor. Además, siempre acabábamos enseñándonos juegos unos a otros, contándonos cosas de nuestros respectivos países o aprendiendo frases en los distintos idiomas.

Por las tardes nos íbamos al lago, que era un lugar de silencio precioso. Era mi sitio favorito. Se podía ver a personas orando, escribiendo, dibujando, pensando, observando… Y por las noches, después de la oración, había un lugar donde se juntaba todo el mundo para cantar, tocar la guitarra y bailar, y se formaba un ambiente muy divertido.

Fue una experiencia genial, y todos volvimos a Madrid con ganas de convencer a los demás de nuestro grupo para ir todos, el verano que viene, de nuevo a Taizé.

Hasta aquí, algunas de las experiencias de nuestros jóvenes de la PJV. Muchas gracias por leernos.

German Perdiguero (P3), María Prieto (IC1) y Jaime Alonso (Comunidad PJV)

                                                        Verano PJV

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