Una de las experiencias más intensas y apasionantes que hemos vivido en Epheta en los últimos años ha sido el Camino de Santiago.

El Camino es un compendio de historia, de arte, de naturaleza, de misterio. Es un espacio de oración y disfrute de los sentidos. Es un entramado de silencios y vida atronadora. Es una escuela de superación, un romance de esfuerzo y sudor compartidos. Machaca los pies, pero agranda el corazón y ensancha el espíritu. El Camino es mágico.

Desde que surgiera la idea en Epheta hace algunos años de lanzarse al Camino de Santiago, al principio unos cuantos y al final casi todos nos hemos ido enganchando. La escasa disponibilidad de tiempo diseñó nuestra particular forma de hacerlo: unas pocas etapas cada año, apenas tres, en los días previos a la Pascua, para retomarlo al año siguiente con ilusión renovada en el punto donde lo dejamos el año anterior.

Y así, comenzó nuestra peregrinación en Astorga un Domingo de Ramos de 2013 bajo una intensa nevada y terminó en la Plaza del Obradoiro con un sol radiante, casi sofocante, el Martes Santo de 2017.

Por el camino, un sinfín de experiencias maravillosas, de anécdotas divertidas, de paisajes sobrecogedores y sendas intrincadas. Un rosario de lugares pintorescos, de recuerdos entrañables y peregrinos llegados de los lugares más insospechados que, invariablemente, te desean “¡Buen Camino!” en el idioma universal de la sonrisa. Un aluvión de vida compartida.

Porque el Camino permite conjugar un tiempo de caminar silencioso, reflexivo, introspectivo, en profunda oración, con otro de compartir, de acercarte al otro, de estrechar relaciones, de bullicioso festejar.

Zigzaguear entre los viñedos del Bierzo, desentrañar las frondosas fragas del bosque gallego, atravesar el grandioso Miño por su puente romano con la imponente estampa de Portomarín al otro lado, reponer fuerzas al pie de un cruceiro… Imposible olvidar el brutal ascenso desde los valles leoneses hasta la puerta de Galicia. El año siguiente nuestras valientes amazonas repitieron la etapa a caballo y nuestros “bicigrinos” pedalearon las tremendas rampas, por volver a vivir el regalo que supone para el peregrino la majestuosa llegada al Cebreiro. ¡Lugar mágico donde los haya!

El frío que pasamos en la misa del peregrino en el inmenso Monasterio de Samos, la peculiar Casa del Reloj de Molinaseca o la celebración de algunos cumpleaños en la pulpería de Melide, estarán ya siempre entre nuestros recuerdos especiales. Como las dentelladas que dejó una cerda en las alforjas de la bici de Rafa o los bocatas de pan “a la piedra” con que nos obsequió María en Arzúa. Pan artesanal, sin duda, aunque no tengamos claro el tipo de artesano que lo fabricaba…

Esta primavera pasada llegamos a Santiago y le dimos el abrazo ritual al apóstol, culminando así nuestra pequeña aventura. Pero el camino nos ha dejado tan buen sabor, un recuerdo tan especial, que hemos decidido recomenzarlo el año próximo. Además, sin paliativos. ¡A lo bestia, desde el principio! Saint-Jean-Pied-de-Port nos espera para atravesar los Pirineos camino de Roncesvalles. Camino a Santiago de nuevo.

Tal vez el apóstol Santiago nunca llegó a Galicia. Quizá sus reliquias no sean auténticas. ¡Qué importa! La tradición o la leyenda nos ha regalado Compostela. Un camino de las estrellas que merece la pena ser recorrido una y otra vez. Un camino donde hemos sido felices.

¡Nos vemos en el Camino!

Luisfer - Epheta

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