Este año, en Misa de ocho, hemos entendido la Cuaresma como un tiempo privilegiado de encuentro: encuentro con cada uno de nosotros,  Dios Padre y con los hermanos.  Vale la pena tomarse un tiempo cada día, o al menos cada semana y poder orar con la Palabra, y disfrutar de esos encuentros que en muchas ocasiones pueden sorprendernos.

Cada domingo la liturgia nos ha ofrecido unos textos que ayudan a preparar y disfrutar de cada encuentro viviéndolo de la mano de Jesús, desde lo que somos, desde cada situación personal, y que nos ayudan a llegar más conscientemente a la Pascua. 

Hemos utilizado un signo durante los 5 domingos, a través del cual hemos ido llenando de color la cruz de Jesús, añadiendo cada domingo, lo que más necesitábamos poner en sus manos para ir caminando cada vez más auténticamente hacia la Pascua.

El primer domingo, empezamos acompañando a Jesús en el desierto, enfrentándonos al silencio y teníamos la oportunidad de volver a pasar por la mente y por el corazón algunos momentos de debilidad, de fragilidad, quizá de infidelidad, y aprender poniéndolos en manos de Jesús, a superarlos. Se nos presentaba la oportunidad de decidir, por dónde queríamos caminar.

El segundo domingo subimos a lo más alto y se nos invitó a rememorar esos encuentros profundos con Dios Padre, momentos en los que quizá nos hemos sentido junto con Jesús, Hijos Amados de Dios con todo lo que llevamos en nuestras maletas, y se nos invitaba a dejar en la cruz aquello que más nos pesa.

El tercer domingo descasamos en el pozo de Jacob, y allí junto con la mujer samaritana, descubrimos que estamos necesitados de caminar nuestro día a día con Jesús, y que hay muchas necesidades que sólo desde Él podemos entender y saciar, y le compartíamos dejando en la cruz, aquellas cosas que nos producen sed y que sólo Él puede saciar.  

Siguiendo el camino de la Cuaresma, acompañando a Jesús, nos encontramos con las necesidades de los hermanos que nos rodean y las cegueras de nuestro mundo y las  nuestras propias, y Jesús una vez más nos da clave para poder abrir los ojos y ver más allá de nuestras limitaciones y prejuicios, y dejábamos en la cruz aquellas cosas que no estábamos viendo, o no queríamos ver, por distintos motivos, pero que intuíamos o sabíamos que ahí están.

Y el último domingo, casi al final del camino, nos encontramos al lado de Marta y María cuando muere  su hermano Lázaro y Jesús nos plantea una pregunta que quizá nos sorprenda y más en este momento, después de haber compartido tantos momentos juntos; nos mira a lo más profundo de nuestro corazón, y quizá recuerda los momentos más felices y también los más duros del camino, todas esas confidencias que nos hemos hecho y nos pregunta a cada uno de nosotros de forma sencilla: “¿crees en mí?”, y dejábamos en la cruz nuestras creencias más profundas.

Vale la pena, tomarse un rato, sentarse con Jesús y recordar este camino y cada “encuentro” que hemos tenido y volver a confiárselo a Jesús.

¡Feliz Semana Santa!

Equipo de liturgia de misa de 8 (ELMO).

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