“Bienaventurados los misericordiosos”. Bajo este lema, impulsados por el Espíritu, miles de jóvenes de todo el mundo hemos dejado atrás nuestro sofá para vivir en este mes de julio de 2016 la Jornada Mundial de la Juventud en Polonia. La Iglesia católica nos convoca nuevamente para compartir una intensa experiencia de fe y encuentro con Jesús, que se organiza cada dos o tres años desde que la instaurara san Juan Pablo II en 1985.

Este año ha sido el turno de Cracovia, ciudad del mismo San Juan Pablo II y Santa Faustina, santos patrones de la jornada, que se ha desarrollado del 26 al 31 de julio. El formato seguido los últimos años es siempre el mismo: los primeros días, llegada y acogida de peregrinos y misa de apertura, los siguientes, catequesis de los obispos, visitas culturales por la ciudad y festival de la juventud (conciertos, encuentros…) y los platos fuertes: recibimiento del Santo Padre (jueves), Via Crucis (viernes), peregrinación, vigilia de adoración con el papa y noche al aire libre (sábado) y misa de envío presidida por el papa y obispos (domingo). Los días previos a la jornada, este año del 20 al 25 de julio, se celebran en las diócesis del país de acogida un encuentro a nivel local con las distintas comunidades para aprender sus costumbres y mezclarse con ellos.

Días en las diócesis

Nuestro grupo estaba formado por 36 chicos y chicas, ex-alumnos del colegio Sagrada Familia y jóvenes de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, ambos en Madrid, de entre 17 y 36 años. Casi ninguno habíamos participado en jornadas previas y apenas nos conocíamos los unos a los otros, pero ya sentíamos que algo más grande nos había juntado allí. Completamente abiertos a lo que Dios nos tenía preparado en Polonia, comenzamos nuestra aventura el 20 de julio en Bielawa, localidad de 30.000 habitantes, a 317 km de Cracovia, orgullosa de estar rodeada por las montañas más antiguas del mundo. Allí nos esperaban 20 voluntarios con unas sonrisas deslumbrantes y los brazos abiertos.

Enseguida nos dieron un almuerzo típico y tuvimos el privilegio de ser recibidos por el alcalde del pueblo en la sala de gobierno del ayuntamiento. Nos sorprendió su cálida acogida y la manera tan cercana con que nos contó su experiencia de fe. Después fuimos repartidos en las familias que nos acogerían aquellos días en Bielawa. Muchas de ellas solo hablaban polaco -por cierto, uno de los idiomas más difíciles del mundo- y, sin embargo, el idioma universal de la sonrisa, las cuatro palabras que aprendimos en polaco y un poco de ayuda del traductor de Google serían nuestros mejores aliados. Esa misma tarde, tras celebrar una misa internacional con los habitantes del pueblo, muy emocionados por tenernos allí, conocimos a nuestros compañeros de viaje en Bielawa: un grupo de Baréin, dos de Argentina, uno de Buenos Aires y otro de Tucson, Arizona. Recuerdo con mucha alegría el “combate” amistoso de canciones a la salida de la iglesia con los voluntarios y peregrinos, cómo se unía el final de una canción con el comienzo de otra en distinto idioma sin dejar espacio de tiempo.

Durante el resto de días, nos tenían organizadas una gran variedad de actividades culturales: visitar una ciudad subterránea, una fortaleza, un santuario, un lago… Pero también un concierto de góspel, danzas típicas polacas (nunca olvidaremos la polonesa) y muchos momentos de compartir juntos y de vivir la Eucaristía. El sentimiento de familia entre peregrinos, voluntarios y familias permanece, aun cuando separan kilómetros. Nos sentimos inmensamente agradecidos al Padre por todo el trabajo que hubo detrás de estos días de las diócesis, por el cariño recibido y su vocación de acogida. Sin duda, podríamos resumir esta primera parte del viaje como una muestra de misericordia, pues este pequeña ciudad nos grabó en el corazón cómo poner en práctica las obras de misericordia (dando de comer al hambriento, de beber al sediento, vistiendo al desnudo, dando posada al peregrino, visitando a enfermos, enseñando al que no sabe, dando consejo, perdonando, corrigiendo, consolando, sufriendo nuestros defectos, rezando por nosotros….).

Solo Jesús logra algo así

Dejamos Bielawa para partir hacia la segunda parte de nuestra aventura. Era de noche cuando llegamos a Chrzanów (pronunciado Shárnof en polañol), a 47 km de Cracovia. Esta sería nuestra residencia durante los días oficiales de la JMJ. A diferencia de Bielawa, solo dos voluntarias ataviadas con su polo azul y unos cuantos parroquianos de todas las edades nos esperaban para darnos la bienvenida. En seguida nos invitaron a cenar, nos equiparon con la mochila del peregrino y nos repartieron en familias. De nuevo nos sentimos desbordados por la misericordia; este barrio humilde de Chrzanów nos dio todo lo que tenía y también lo que no tenía.

Desde allí, llegar a Cracovia era un desafío (hora y media en un tren a rebosar de peregrinos de todas las nacionalidades) pero también una oportunidad compartir canciones, experiencias, idiomas, incluso ideas políticas tan solo iniciando la conversación con una sonrisa y un “¡qué camiseta tan bonita!”. De la estación principal de Cracovia al parque Blonia, donde se desarrollaban los actos principales, quedaban aun 3 km a pie. Si algo nos llevamos como aprendizaje también es que no todo en esta vida es fácil y que para conseguir nuestras metas hay que luchar duro.

Cracovia quedaba inundada cada día de los colores amarillo, rojo y azul de las mochilas, ponchos y diademas de los peregrinos, y adornada por banderas de todos los colores y formas. En el recinto de Blonia solo podría describir la sensación como sobrecogimiento, emoción, Iglesia universal… Mirando al horizonte se descubrían cientos de banderas y, a lo lejos, el altar y el Cristo de la Misericordia. Solo algo tan grande como Jesús podría reunir a más de 2 millones de jóvenes que, en silencio, escuchaban, oraban, adoraban, compartían. Y así, sentados en una bolsa de basura sobre el barro, con la radio en la frecuencia de español, recibimos al papa Francisco. Esperábamos impacientes escuchar el mensaje que tenía preparado con tanto cariño para los jóvenes. Su forma de dirigirse a nosotros nos recordó a un tierno abuelo que quiere transmitir su sabiduría a sus nietos. Y, como siempre, sus palabras fueron directas, sin rodeos, plantándonos delante de nuestras vidas, del mensaje de Jesús y de las realidades del mundo actual, sin dejarnos indiferentes.

La última noche culminó la Jornada bajo las estrellas del Campus Misericordiae. La llegada tampoco fue fácil: 12 km de peregrinación bajo el sol, la calle de acceso cortada por seguridad, la zona que se nos había asignado completa, varias horas de espera para los packs de comida… Y, sin embargo aprendimos a ser más familia ante las dificultades, a compartir y a saber agradecer lo que teníamos. Inolvidable velada donde miles de jóvenes, arrodillados y en silencio, adoraban a Jesús Eucaristía.

Con la bendición final, tras la misa de envío, emprendimos nuestro viaje de vuelta a casa. Volvemos sintiéndonos miembros de una gran familia, hijos del mismo Padre. Las fronteras no han tenido razón de ser; la alegría e ilusión de los miles de jóvenes en Cracovia las han derribado. Hemos latido al ritmo del Espíritu y llenado nuestros corazones del Agua Viva y estamos profundamente agradecidos por haber vivido esta experiencia.

Pero también volvemos llenos de deberes, pues aún resuena en nuestra cabeza la pregunta que nos hizo Francisco: “¿Cómo queremos volver a nuestros hogares, al encuentro con nosotros mismos, después de esta JMJ?”.

Las respuestas -sinceras, íntimas y personales- pueden ser sencillas, más o menos comprometidas, sin duda impregnadas de cuestionamientos. Nacen de estos quince días en los que hemos experimentado en nuestra piel la misericordia del Padre, junto con la invitación del papa a ser agentes del amor de Dios en nuestras vidas. ¿A qué nos sentimos llamados? A derribar fronteras y construir puentes que fortalezcan la solidaridad y fraternidad global, ser coherentes con la llamada pacífica de Jesús poniéndonos al servicio del prójimo tanto en nuestras oraciones como en obras. No vamos a jubilarnos de la vida antes de tiempo, vamos a tirar nuestro sofá (metáfora de las comodidades que adormecen el alma), poner nuestras energías en salir al encuentro con los demás, representando una iglesia joven, enérgica y misericordiosa. Volvemos a nuestros hogares cargados de Espíritu y profundamente tocados por esta experiencia, con el deseo vivo de crear Reino como ingenieros de la misericordia, dejando huellas de amor tras nuestros pasos. Estamos convencidos de poder conseguirlo, pues, como dijo Francisco: “cuando Jesús toca el corazón de un joven, este es capaz de grandes y admirables acciones”.

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