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Sábado, sobre las 20:30 de la noche. Mayo ya entró de lleno y disfrutamos del sol, el calor, el invierno ya se marchó hace un tiempo. Y hoy, ¿qué hacemos? Pues me han invitado a acercarme a la Parroquia de Guadalupe, esa puntiaguda… que parece un sombrero mexicano. ¿Un sábado? ¿Por la tarde? ¿A una parroquia? ¿¿A qué?? Pues para reunirnos en comunidad, para orar y cantar, para celebrar en comunidad y abrirnos en comunidad al Espíritu Santo, para dejar que susurre, sople y nos mueva.

Y así fue, el pasado 14 de mayo celebramos en comunidad nuestra Vigilia de Pentecostés. Una vigilia que fue preparada con cariño por las comunidades “jóvenes” de Pastoral de Adultos: Iguazú, Ruahtalí y Tabish. Una vigilia que nos invitaba a dejarnos llevar por el Espíritu Santo y Enredarnos por la Misericordia, como nos ha venido guiando el lema parroquial de este año. Enredarnos y descubrir los rostros de la misericordia a nuestro alrededor.

Y allá que fuimos y allí que estuvimos. Orando, danzando y cantando. Junto con nuestros hermanos del grupo Ixicis, que vinieron desde Málaga, Huelva y otras partes de España para animar nuestra celebración y orar con sus cantos. Para hacernos vibrar y que nos pudiéramos mover al ritmo del Espíritu, y dejarnos llevar por él a vivir la misericordia, cerca y lejos.

Una Vigilia que este año vivimos en tres momentos diferentes, para poder acercarnos a ese misterio que es la Misericordia, misterio que hoy en día se antoja casi una locura y algo radical. Una Vigilia que intentaba que abriéramos puertas y ventanas, igual que el Espíritu vino a abrir las puertas porque los discípulos estaban encerrados por miedo a los judíos… Qué casualidad que nos toca vivir tiempos de miedo y de cerrar: puertas, vidas, fronteras, países, corazones…

Empezamos haciéndonos conscientes que la Misericordia está cerca, a nuestro alcance. En nuestro día a día, en la gente que nos rodea. Y así, en clave de oración personal, tomar conciencia de qué me impide o me aleja de esa gente que me rodea, que cuestiones no me dejan experimentar esa misericordia.

Y de ahí, pasamos a experimentar en nuestras carnes lo que sucede cuando en nuestras familias y comunidades no vivimos desde ese Espíritu, desde la misericordia… cómo surgen tensiones, tiranteces. Y sí, lo experimentamos… ¡porque nos unimos todos como en una gran cuerda y empezamos a tirar, a “jalar”, a llevarnos las cosas a nuestro terreno. Para posteriormente experimentar qué sucede cuando bailamos y vibramos juntos al ritmo del Espíritu. Fue precioso ver a todo el templo bailando una danza contemplativa, guiados por el Espíritu… pequeños, jóvenes, mayores y muy mayores!!!

Continuamos mirando esa necesidad del mundo de Misericordia, quizás más lejana, pero que también nos mueve y nos conmueve, que nos llama a actuar. Para terminar cantando juntos e invocando a ese Espíritu que nos une, que lleva moviendo a tantos hermanos desde hace tiempo y a la congregación de misioneros que nos anima. Ese Espíritu que nos sigue animando cada día a escuchar su susurro y dejarnos mover por él, hacia los hermanos, a cambiar el mundo que nos rodea

¡¡Feliz Pentecostés!!

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