Editorial

Octubre. Todo vuelve a comenzar. Estamos de lleno en un nuevo curso y nos parece que hace casi un siglo de nuestras vacaciones de verano…

Volvemos al trabajo, a clase, a entrenar con el equipo, a reunirnos con nuestro  grupo… Hay que ponerse en marcha y reanudar la tarea con espíritu renovado. Seguro que hemos recargado las pilas y vamos a poder con todo.

Es momento de reencuentro con los compañeros, con los alumnos, con los hermanos de comunidad… Y también es tiempo de acogida: de ese compañero nuevo, quizá venido de lejos, que se siente un poco solo o desorientado; de ese desconocido que se deja caer por la parroquia buscando algo que ponga un poco de luz en su vida o alguien con quien compartir su fe y su caminar; de ese vecino recién llegado al barrio al que nos encontramos por primera vez. Es tiempo de acoger con los brazos abiertos, de estrecharnos un poco, de disponer un nuevo sitio para un hermano más.

Es tiempo de emprender con decisión nuevos proyectos, marcarnos objetivos, afrontar retos más difíciles, ponernos metas más lejanas…

Y, hoy más que nunca, es tiempo para la esperanza. Para elegir la esperanza, porque Jesús está con nosotros.

ECO

(Equipo de COmunicación)

Nota: desde el ECO queremos daros las gracias por vuestras colaboraciones en este número de la revista, en las que nos compartís las intensas experiencias vividas este verano en muy diferentes lugares, ámbitos y situaciones. ¡Gracias por compartirlas, nos enriquecen a todos!

Elige la esperanza, Yo estoy contigo

Te has levantado temprano. No va a ser un buen día: en la empresa han hecho un ERE y hoy dirán quienes van a la calle…  En la ducha, un leve susurro interior, casi imperceptible:

“Elige la esperanza, Yo estoy contigo”.

En el metro, te encuentras al hijo de tu vecina -cosa extraña, no lleva la cabeza gacha y el móvil en la mano-, hoy tiene los ojos fijos en algún punto del infinito.  “Me acaban de denegar la beca que necesito para continuar mis estudios”. Miraste desde el andén al joven y percibiste una chispa de luz en sus ojos semejante a lo escuchado en la mañana:

“Elige la esperanza, Yo estoy contigo”.

Por la tarde tendrás que ir a ver si consigues adelantar la cita de Traumatología: tu anciana madre está en un dolor y tendrán que pasar cinco meses para que la vea un especialista. Te crispa la injusta situación… y de nuevo:

“Elige la esperanza, Yo estoy contigo”.

En los medios de comunicación las noticias activan el dolor, el miedo, la desesperanza: guerras, miles de refugiados e inmigrantes huyendo de su vida y amenazados con perderla; países democráticos sufriendo recortes y medidas que socaban los derechos que parecían inamovibles, como los que se especifican en la Declaración de Derechos Humanos; los grandes de la tierra inamovibles en sus posiciones adorando al dios Dinero; el pequeño planeta en el que vivimos mandando señales de agotamiento ante tantas heridas… Y recuerdas unas palabras del Papa Francisco hace unos meses: “La esperanza es silenciosa y humilde pero fuerte” (Homilía del Papa Francisco sobre la esperanza, 17 de marzo de 2016).

¡Qué complicado es vivir en esperanza! Pero es más complicado y muy peligroso vivir en la desesperanza. Hay que permanecer a la escucha del corazón, para no perderse en un mundo que no ayuda a esperar con esperanza confiada. Y solos no podemos. Por eso si estamos atentos y abiertos escucharemos.

A lo largo de la Historia de la humanidad se descubre un hilo conductor que acompaña la vida de los pueblos en medio de tantas atrocidades e injusticias: Yahvé, en el A.T. decía: “No temas, que contigo estoy yo; no receles, que yo soy tu Dios” (Is 41,10). Y Jesús lo dejó bien claro: “Estad seguros que yo estaré con vosotros día tras día, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

El mensaje es para toda la humanidad. Es una corriente de esperanza que convoca a no desfallecer, a confiar más allá de lo que se ve y se sufre tanto individual como colectivamente, sabiendo que otra forma de vivir es posible.

Para quienes queremos seguir los pasos de Jesús la esperanza se convierte en signo visible de la fe que nos impulsa. Si la desesperanza nos inunda… haz una parada e investiga qué está sucediendo. Como Iglesia, pasa lo mismo: si sólo vemos problemas, si el miedo atenaza dentro de las instituciones, los grupos, las comunidades… haced una parada y humildemente ponernos a la escucha de lo que Jesús nos dice hoy para seguir caminando, compartiendo y exportando al mundo: “Elige la esperanza, Yo estoy contigo”.

Si escuchaste ese susurro interior no queda más remedio, por coherencia, que dar un paso, dos o diez mil hacia el otro, diciéndole: “Elegí la esperanza, yo estoy contigo”. Ese “yo” con minúscula, frágil, humano y herido está bien sedimentado en el “Yo” con mayúscula, en Jesús.

Podrás decir al otro que elegiste la esperanza porque ya tienes la experiencia de que Él está con todos. Así, juntos, podremos avanzar silenciosamente, con mucha humildad pero con la contundencia de quienes esperan alegremente esperanzados.

Mari Paz López Santos

Reflexión sobre el lema para el curso 2016-17 de la Parroquia de Guadalupe

JMJ. Cracovia 2016

Bienaventurados los misericordiosos”. Bajo este lema, impulsados por el Espíritu, miles de jóvenes de todo el mundo hemos dejado atrás nuestro sofá para vivir en este mes de julio de 2016 la Jornada Mundial de la Juventud en Polonia. La Iglesia católica nos convoca nuevamente para compartir una intensa experiencia de fe y encuentro con Jesús, que se organiza cada dos o tres años desde que la instaurara san Juan Pablo II en 1985.

Este año ha sido el turno de Cracovia, ciudad del mismo San Juan Pablo II y Santa Faustina, santos patrones de la jornada, que se ha desarrollado del 26 al 31 de julio. El formato seguido los últimos años es siempre el mismo: los primeros días, llegada y acogida de peregrinos y misa de apertura, los siguientes, catequesis de los obispos, visitas culturales por la ciudad y festival de la juventud (conciertos, encuentros…) y los platos fuertes: recibimiento del Santo Padre (jueves), Via Crucis (viernes), peregrinación, vigilia de adoración con el papa y noche al aire libre (sábado) y misa de envío presidida por el papa y obispos (domingo). Los días previos a la jornada, este año del 20 al 25 de julio, se celebran en las diócesis del país de acogida un encuentro a nivel local con las distintas comunidades para aprender sus costumbres y mezclarse con ellos.

Días en las diócesis

Nuestro grupo estaba formado por 36 chicos y chicas, ex-alumnos del colegio Sagrada Familia y jóvenes de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, ambos en Madrid, de entre 17 y 36 años. Casi ninguno habíamos participado en jornadas previas y apenas nos conocíamos los unos a los otros, pero ya sentíamos que algo más grande nos había juntado allí. Completamente abiertos a lo que Dios nos tenía preparado en Polonia, comenzamos nuestra aventura el 20 de julio en Bielawa, localidad de 30.000 habitantes, a 317 km de Cracovia, orgullosa de estar rodeada por las montañas más antiguas del mundo. Allí nos esperaban 20 voluntarios con unas sonrisas deslumbrantes y los brazos abiertos.

Enseguida nos dieron un almuerzo típico y tuvimos el privilegio de ser recibidos por el alcalde del pueblo en la sala de gobierno del ayuntamiento. Nos sorprendió su cálida acogida y la manera tan cercana con que nos contó su experiencia de fe. Después fuimos repartidos en las familias que nos acogerían aquellos días en Bielawa. Muchas de ellas solo hablaban polaco -por cierto, uno de los idiomas más difíciles del mundo- y, sin embargo, el idioma universal de la sonrisa, las cuatro palabras que aprendimos en polaco y un poco de ayuda del traductor de Google serían nuestros mejores aliados. Esa misma tarde, tras celebrar una misa internacional con los habitantes del pueblo, muy emocionados por tenernos allí, conocimos a nuestros compañeros de viaje en Bielawa: un grupo de Baréin, dos de Argentina, uno de Buenos Aires y otro de Tucson, Arizona. Recuerdo con mucha alegría el “combate” amistoso de canciones a la salida de la iglesia con los voluntarios y peregrinos, cómo se unía el final de una canción con el comienzo de otra en distinto idioma sin dejar espacio de tiempo.

Durante el resto de días, nos tenían organizadas una gran variedad de actividades culturales: visitar una ciudad subterránea, una fortaleza, un santuario, un lago… Pero también un concierto de góspel, danzas típicas polacas (nunca olvidaremos la polonesa) y muchos momentos de compartir juntos y de vivir la Eucaristía. El sentimiento de familia entre peregrinos, voluntarios y familias permanece, aun cuando separan kilómetros. Nos sentimos inmensamente agradecidos al Padre por todo el trabajo que hubo detrás de estos días de las diócesis, por el cariño recibido y su vocación de acogida. Sin duda, podríamos resumir esta primera parte del viaje como una muestra de misericordia, pues este pequeña ciudad nos grabó en el corazón cómo poner en práctica las obras de misericordia (dando de comer al hambriento, de beber al sediento, vistiendo al desnudo, dando posada al peregrino, visitando a enfermos, enseñando al que no sabe, dando consejo, perdonando, corrigiendo, consolando, sufriendo nuestros defectos, rezando por nosotros….).

Solo Jesús logra algo así

Dejamos Bielawa para partir hacia la segunda parte de nuestra aventura. Era de noche cuando llegamos a Chrzanów (pronunciado Shárnof en polañol), a 47 km de Cracovia. Esta sería nuestra residencia durante los días oficiales de la JMJ. A diferencia de Bielawa, solo dos voluntarias ataviadas con su polo azul y unos cuantos parroquianos de todas las edades nos esperaban para darnos la bienvenida. En seguida nos invitaron a cenar, nos equiparon con la mochila del peregrino y nos repartieron en familias. De nuevo nos sentimos desbordados por la misericordia; este barrio humilde de Chrzanów nos dio todo lo que tenía y también lo que no tenía.

Desde allí, llegar a Cracovia era un desafío (hora y media en un tren a rebosar de peregrinos de todas las nacionalidades) pero también una oportunidad compartir canciones, experiencias, idiomas, incluso ideas políticas tan solo iniciando la conversación con una sonrisa y un “¡qué camiseta tan bonita!”. De la estación principal de Cracovia al parque Blonia, donde se desarrollaban los actos principales, quedaban aun 3 km a pie. Si algo nos llevamos como aprendizaje también es que no todo en esta vida es fácil y que para conseguir nuestras metas hay que luchar duro.

Cracovia quedaba inundada cada día de los colores amarillo, rojo y azul de las mochilas, ponchos y diademas de los peregrinos, y adornada por banderas de todos los colores y formas. En el recinto de Blonia solo podría describir la sensación como sobrecogimiento, emoción, Iglesia universal… Mirando al horizonte se descubrían cientos de banderas y, a lo lejos, el altar y el Cristo de la Misericordia. Solo algo tan grande como Jesús podría reunir a más de 2 millones de jóvenes que, en silencio, escuchaban, oraban, adoraban, compartían. Y así, sentados en una bolsa de basura sobre el barro, con la radio en la frecuencia de español, recibimos al papa Francisco. Esperábamos impacientes escuchar el mensaje que tenía preparado con tanto cariño para los jóvenes. Su forma de dirigirse a nosotros nos recordó a un tierno abuelo que quiere transmitir su sabiduría a sus nietos. Y, como siempre, sus palabras fueron directas, sin rodeos, plantándonos delante de nuestras vidas, del mensaje de Jesús y de las realidades del mundo actual, sin dejarnos indiferentes.

La última noche culminó la Jornada bajo las estrellas del Campus Misericordiae. La llegada tampoco fue fácil: 12 km de peregrinación bajo el sol, la calle de acceso cortada por seguridad, la zona que se nos había asignado completa, varias horas de espera para los packs de comida… Y, sin embargo aprendimos a ser más familia ante las dificultades, a compartir y a saber agradecer lo que teníamos. Inolvidable velada donde miles de jóvenes, arrodillados y en silencio, adoraban a Jesús Eucaristía.

Con la bendición final, tras la misa de envío, emprendimos nuestro viaje de vuelta a casa. Volvemos sintiéndonos miembros de una gran familia, hijos del mismo Padre. Las fronteras no han tenido razón de ser; la alegría e ilusión de los miles de jóvenes en Cracovia las han derribado. Hemos latido al ritmo del Espíritu y llenado nuestros corazones del Agua Viva y estamos profundamente agradecidos por haber vivido esta experiencia.

Pero también volvemos llenos de deberes, pues aún resuena en nuestra cabeza la pregunta que nos hizo Francisco: “¿Cómo queremos volver a nuestros hogares, al encuentro con nosotros mismos, después de esta JMJ?”.

Las respuestas -sinceras, íntimas y personales- pueden ser sencillas, más o menos comprometidas, sin duda impregnadas de cuestionamientos. Nacen de estos quince días en los que hemos experimentado en nuestra piel la misericordia del Padre, junto con la invitación del papa a ser agentes del amor de Dios en nuestras vidas. ¿A qué nos sentimos llamados? A derribar fronteras y construir puentes que fortalezcan la solidaridad y fraternidad global, ser coherentes con la llamada pacífica de Jesús poniéndonos al servicio del prójimo tanto en nuestras oraciones como en obras. No vamos a jubilarnos de la vida antes de tiempo, vamos a tirar nuestro sofá (metáfora de las comodidades que adormecen el alma), poner nuestras energías en salir al encuentro con los demás, representando una iglesia joven, enérgica y misericordiosa. Volvemos a nuestros hogares cargados de Espíritu y profundamente tocados por esta experiencia, con el deseo vivo de crear Reino como ingenieros de la misericordia, dejando huellas de amor tras nuestros pasos. Estamos convencidos de poder conseguirlo, pues, como dijo Francisco: “cuando Jesús toca el corazón de un joven, este es capaz de grandes y admirables acciones”.

Un verano a la luz del Espíritu…

Sin saber muy bien porqué, en julio estaba camino a Salónica, una ciudad al norte de Grecia. Los primeros días fueron un absoluto caos viendo distintas ONGs y proyectos locos, coherentes, descabellados… Durante esos días conocí a muchísimos voluntarios que valen su peso en oro. Entregados por la causa, auténticos luchadores. Lo malo de esos días es la cantidad de energía que invertía cada día en cuestiones tan simples como dónde voy a dormir o qué voy a hacer mañana. Sentía que estaba dividiendo mis fuerzas en vez de concentrarlas en lo realmente importante.

Aún no sé muy bien cómo, pero dejando fluir las cosas todo se encauzó.

Acabé llegando al campo de Kalochori-Illiadis por un sinfín de casualidades. Tenía algo que atraía. Sin duda era un autentico paraíso, dentro del infierno. El campo abrió en mayo de 2016, para acoger a parte de los refugiados desplazados de Eidomeni. Desde el inicio, una voluntaria independiente, Diane, decidió que iba a dedicar todas sus fuerzas y dinero en hacer la vida de los habitantes de ese campo un poquito más feliz. Colaborando estrechamente con los militares, a día de hoy siguen empleando cada gota de sudor en conseguir este fin. Desde ese día dejé de conocer tantos voluntarios y empecé a conocer refugiados.

Kalochori-Illiadis es un campo pequeño, de unas 500 personas. Todos sus habitantes son kurdos, de la antigua Kurdistán al norte de Siria. Son una minoría muy reprimida. Les impiden hablar kurdo por las calles y en el colegio, lo que provocan que muchos lo dejen (esto explica porque muy pocos hablan inglés). Odian al gobierno sirio, a los árabes, y están muy entregados por la causa apoyando al ejército rebelde.

El campo consiste en un gran almacén donde están la mayoría de las jaimas. Había 117 y cada una estaba ocupada por una familia, más o menos. El día a día ahí es aburridísimo para ellos. Están hartos de la rutina, sobre todo los mayores. Para los niños al final es como un campamento y con sus risas y juegos consiguen dar algo de alegría al campo. Los baños eran como los que montan en los festivales de música, esas cabinas sin cadena que condensan el olor de toda la jornada. La comida era como la de los aviones. Te hace ilusión comerla una vez, puede que dos, pero llevan cuatro meses alimentándose de lo mismo, y recordemos que no es ni su comida ni los sabores a los que están acostumbrados.

Durante las tres semanas que estuve en el campo ejercí dos “tipos” de voluntariado distintos. La primera mitad de mi estancia la dediqué a estar con la gente. Es una cultura cuyo sentido de la acogida supera mi entendimiento. Te abren la puerta de sus jaimas, sus hogares, en cuanto te ven pasar cerca. Sacan comida, preparan té e intentan comunicarse con su inglés casi nulo. Te ofrecen su mejor pan mientras ellos se toman el del día anterior, o los niños te ofrecen su único zumo de naranja, que les chifla. Avergüenza aceptarlo, así como rechazarlo a la décima insistencia.

Durante ese tiempo me di cuenta que mi misión ahí era acompañar. Daba la sensación que entre ellos estaban tan hartos de compartir miserias que no había nadie dispuesto a escuchar. Una y otra vez oí historias de la guerra, de familiares heridos o fallecidos, vídeos de desfiles militares, el rencor hacia los árabes, historias de explotación, injusticia, huida y desesperanza. Era duro, muy duro. Simplemente podía estar ahí, con el corazón y los brazos abiertos.

Durante la segunda mitad del viaje fui “ascendiendo”. Ya conocía a la gente, en qué jaima había más de 7 personas (por lo que se consideraba familia numerosa), quiénes estaban embarazadas, tenían problemas médicos… Por eso acabé encargándome de las distribuciones. Ya fuesen donaciones de terceros o cosas compradas por Diane, yo me encargaba de repartirlo jaima a jaima. Por lo que me encargaba de “satisfacer” las necesidades más materiales. Durante ese tiempo era mucho más fácil sentirse útil, una lucha eterna y sin sentido, ya que la propia presencia es reconfortante.

Pero la estancia en sí era dura. Mucha carga emocional, trabajo físico (y más al encargarse de la mercancía), poco sueño… Considero fundamental que esta experiencia sea acompañada. Había alguna organización encargada de dar apoyo a los voluntarios. Yo tuve a mis dos compañeras de piso, auténticos ángeles caídos del cielo. Nuestras noches eran terapias de grupo de recuperar lo vivido e intentar crecer con ello.

Y finalmente el viaje terminó. Durante mi retiro para asentar lo vivido me topé con una frase que parecía escrita para mí: “Me marchaba con una sensación de pérdida, incluso con pena, pero al mismo tiempo había algo en aquella partida de consciente huida” (Viajes con Heródoto, Kapuściński).

He aprendido muchísimas cosas en este viaje y quería concluir con dos últimas reflexiones.

En primer lugar, ¿qué me ha movido a viajar ahí? Por irónico que parezca es una pregunta que tuve que responder a posteriori. He escuchado motivos de lo más variados, ya que era una pregunta frecuente cuando la conversación se tornaba más profunda. Cuando me la formularon mi respuesta fue: justicia. Gracias a la lotería natural de la vida, he gozado de todas las oportunidades, privilegios, caprichos que pueda imaginar. Creo que lo mínimo que puedo hacer es invertir mi tiempo, mi verano, mis fuerzas en aquellos que han sido menos agraciados por esta lotería.

Y la otra pregunta, cuya respuesta sigo hallando sería: ¿Y ahora qué? Quiero que esta experiencia no se quede en una simple aventura, sino que de verdad transforme, que no se la lleve el viento. Quiero seguir luchando por su causa, desde mi día a día, desde mis posibilidades. De momento tengo que ser testigo de todo lo observado denunciar las injusticias, remover conciencias… El siguiente paso ya se andará.

Pablo Palomo

Conoce a Oziel, un poco más

¿Dónde naciste y cómo fue tu infancia?

Nací en la Ciudad de México en marzo de 1985, en esa enorme ciudad tuve la dicha de vivir en uno de sus grandes pulmones, una de las zonas donde aún hay bosque. Ese entorno favorecía una vida muy parecida a la de provincia donde cada tarde los juegos con mis primos y vecinos estuvieron enmarcados por una naturaleza privilegiada que se prestaba para correr, “explorar”, trepar arboles, esconderse en ellos, molestar animales y salir corriendo antes que se enfurecieran, etc. Lo que por otra parte no favorecía la responsabilidad académica, pues quién iba querer sentarse a hacer deberes teniendo todo ese mundo de posibilidades recreativas a la puerta de casa. Así, no puedo decirmás sino que tuve una infancia afortunada, la que mejoró cuando tenía 8 años con el nacimiento de mi hermano, uno de los seres que más conozco y amo hasta la fecha.

¿Desde cuándo conoces a los Misioneros del Espíritu Santo? ¿Cuándo y por qué quisiste ser uno de ellos?

Conocí a los M.Sp.S. en el templo de San Felipe de Jesús (en el centro de la ciudad de México, a poco más de una hora de recorrido desde la casa de mis padres) hace 13 años, llegue ahí con una búsqueda ya iniciada. El tema de Dios ya iba resultando de los que sentía que tenía que resolver con urgencia, así que todo lo que aportaba a la causa era muy bueno. Y en San Felipe me encontré con unos sacerdotes muy mayores que escuchaban con atención a las personas y ayudaban a orientar la vida con una perspectiva que superaba una moral de cumplimiento.

Eso me impactó mucho, lo que me hizo ir cada vez con más frecuencia. Por el mismo tiempo tuve oportunidad de ir a una misión en Semana Santa a una región indígena en México en la que el encuentro con la gente sencilla marco mi vida para siempre.  Con esas experiencias y el camino que iba viviendo en la Iglesia, me hacían pensar cada vez de manera más seria: “creo que lo mío es esto de ser misionero”. Con ello me decidí a platicarle a uno de aquellos sacerdotes lo que estaba experimentando, lo que dio pie a iniciar un proceso de discernimiento planteado en términos muy sencillos: “conócenos, déjanos conocerte y vemos que pasa”… y pasó que aquí sigo, y con una experiencia de Dios mucho más viva que la del inicio y con muchas ganas de compartirla.

¿Dónde estabas y qué hacías el año pasado por estas fechas?

Hace un año estaba en la Ciudad de México, en Iztapalapa, una de las zonas con fama de tener concentrados buena parte de los conflictos urbanos de una ciudad de tal magnitud, de modo que desde que llegue pensé que al menos alguna vez me iban a asaltar o algo por el estilo. Sin embargo eso nunca pasó, y estas fechas caminaba con gozo por esas calles sorprendido todavía por el modo de haber celebrado con ellos mi pertenencia para siempre a los MSpS, lo cual nunca terminé de agradecer.

Además estaba comenzando mi último año de formación básica en la congregación, elaborando mi proyecto de tesis y esas cosas con las que hay que cumplir.

 

¿Que es lo que más te ha sorprendido de la Parroquia de Guadalupe de Madrid?

La vida de sus comunidades y que se siente una fe cálida con una identidad clara, de la que al elegir la esperanza (lema de este año) espero surjan frutos muy buenos. Por otra parte, que hay bastante trabajo (risas).